¡Oh mujeres! ¡Oh hombres, que teneis en mucho al bello sexo! No deis, por Dios, oidos á la historia que el posadero refirió en desprecio vuestro, con el objeto de hacer recaer sobre vosotras la infamia y el vilipendio, por más que una lengua tan viperina no pueda mancillaros ni aumentar vuestra estimacion, y sea achaque antiguo en el vulgo ignorante el de atreverse á todo y complacerse en hablar de lo que menos entiende. Pasad este canto por alto; pues no por eso quedará truncada esta historia, ni será menos clara mi narracion. Habiendo hallado el cuento del posadero en los escritos de Turpin, lo he colocado tambien en mi obra; pero sin malevolencia ni dañada intencion. Podeis estar persuadidas de que os amo, no solo por habéroslo expresado así mi lengua, que jamás ha sido avara en cantar vuestras alabanzas, sino por haberos dado repetidas pruebas de mi afecto, demostrándoos que ni soy ni puedo ser más que vuestro. Pasad, pues, si quereis tres ó cuatro páginas sin leer una sola línea: el que se aventure á recorrer su contenido, debe darle el mismo crédito que si se tratara de una ficcion ó una insensatez.
Pero volviendo á coger el hilo de mi discurso, os diré que, en cuanto el hostalero vió que todos estaban dispuestos á escucharle, y despues de haber tomado asiento enfrente del caballero, empezó su historia en estos términos:
—Astolfo, rey de los Lombardos, á quien su hermano cedió la corona para vestir el hábito religioso, fué tan bello y apuesto en su juventud, que pocos mortales llegaron á igualarle. Con dificultad hubieran podido reproducir en el lienzo sus admirables facciones el célebre Zeuxis ó el mismo Apeles, ú otro pintor más eminente que estos, si es que ha existido. Todos convenian en que era hermoso y gentil, pero el jóven lo creia así más que nadie. No le envanecia tanto la superioridad en que, por razon de su elevada dignidad, se encontraba con respecto á los magnates de su reino, ni ser el monarca más poderoso de cuantos en aquella region existian, ni tener á su disposicion considerables riquezas y numerosos ejércitos, como la celebridad que alcanzaba en todo el mundo por su donaire y gentileza. Siempre que oia encomiar sus atractivos, sentia el mismo placer que disfrutamos cuando ensalzan la cosa que más amamos.
»Entre los varios magnates de su corte, distinguia particularmente con su afecto á un caballero romano llamado Fausto Latino, ante el cual se alababa con frecuencia de la perfeccion de su rostro ó de sus manos. Preguntándole un dia si habia visto en su vida un hombre de formas tan esbeltas y proporcionadas como las suyas, oyó una respuesta contraria á la que esperaba.
—«Segun lo que veo, respondió Fausto, y lo que oigo repetir por todas partes, tu belleza tiene pocos rivales en el mundo, y aun estos pocos los reduzco yo á uno. Este es un hermano mio, llamado Jocondo. Si se exceptúa mi hermano, no dudo que dejes á todos atrás en punto á belleza; pero estoy persuadido de que él te iguala y quizás te aventaja en hermosura.»
»Al Rey se le hacia difícil creer que existiera quien le arrebatase la palma de la belleza, por lo cual manifestó los más vivos deseos de conocer al jóven á quien tanto le encomiaban. Sus repetidas instancias arrancaron á Fausto la promesa de hacer venir á la corte á su hermano, á pesar de que le costaria un ímprobo trabajo obligarle á acceder; porque Jocondo era un hombre que jamás habia salido de Roma, donde gozaba de una existencia tranquila y sin afanes, disfrutando de los bienes que la suerte le concediera, y sin haber hecho el menor esfuerzo para aumentar ó disminuir el patrimonio que le dejó en herencia su padre: así es, que un viaje á Pavía le pareceria mucho más largo que á otros ir al Tana[27]. Pero la mayor dificultad consistiria en poderlo separar de su mujer, á la que profesaba un amor tan entrañable, que no tenia más voluntad que la suya. A pesar de todos estos obstáculos, dijo Fausto que por obedecer á su Rey, marcharia á Roma y haria más de lo que le fuera posible en este asunto. El monarca unió á sus ruegos tantos ofrecimientos y regalos, que no hubo medio de resistir á sus deseos.
»Emprendió Fausto la marcha, y á los pocos dias se encontró en Roma y en el hogar paterno. Fueron tantos los ruegos y las súplicas que dirigió á su hermano, que al fin logró hacerle consentir en acudir al llamamiento del Rey. Consiguió además, á pesar de ser bastante difícil, que su cuñada no se opusiera á sus intentos, haciéndole ver las ventajas que de ello reportaria y el agradecimiento eterno á que le quedaria obligado. Fijó Jocondo el dia de la partida, y entre tanto se proveyó de caballos y criados, y se mandó hacer trajes magníficos, suponiendo con razon que el adorno da mayor realce á la belleza. La mujer no se apartaba un momento de su lado, llorando dia y noche, y diciéndole que no sabria cómo soportar aquella ausencia sin que le costara la vida, cuando al pensar en ella solamente sentia que el dolor le arrancaba el corazon.—«No llores, vida mia, le decia su esposo», y mientras tanto derramaba él un copioso llanto.—«Ojalá me sea tan próspero el viaje, como es cierto que no tardaré dos meses en volver á tu lado; pues aunque el Rey me cediese la mitad de sus estados, no consentiria en prolongar mi ausencia ni un solo dia más de dicho término.»
»La afligida esposa no se consolaba, á pesar de tales seguridades, diciéndole que el plazo era demasiado largo, y que si al regresar no la encontraba muerta, solo podria atribuirlo á un gran milagro del Cielo. Tan grande era el dolor que dia y noche la atormentaba, que se resistia á tomar toda clase de alimento, y ni siquiera podia conciliar el sueño; llegando á tal extremo, que Jocondo, movido á compasion, se arrepentia ya de haber accedido tan fácilmente á los deseos de su hermano. Quitóse ella un collar del cual pendia una cruz guarnecida de piedras preciosas, que contenia reliquias santas recogidas en muchos sitios por un peregrino bohemio. Al regresar este peregrino de Jerusalen, aquejado de una violenta enfermedad, recibió franca hospitalidad en casa del padre de la dama; y habiendo muerto en ella, dejó á su huésped heredero de la misma cruz que entonces recibia Jocondo de mano de su esposa; la cual le suplicó que la llevara siempre colgada al cuello, cual constante recuerdo y prenda de su amor.
»Aceptó el esposo con agrado aquel presente, aun cuando no tenia necesidad de él para no olvidar á su adorada compañera; pues ni el tiempo, ni la ausencia, ni la próspera ó adversa fortuna podrian borrar de su corazon el recuerdo eterno é indestructible que de ella conservaria mientras existiera y aun despues de la muerte. Durante la noche que precedió á la mañana fijada para la partida de Jocondo, no parecia sino que su esposa iba á quedar muerta en sus brazos ante la idea de verse sin él. El sueño huyó de sus párpados, y una hora antes de despuntar el dia, le dió su esposo el último adios. Montó á caballo y se puso en camino, dejando todavía á su mujer en el lecho.