»Aun no habia andado dos millas, cuando se acordó de la cruz que, por un olvido deplorable, habia dejado debajo de la almohada, donde la colocó al entregársela su esposa.—«¡Necio de mí! exclamaba. ¿Cómo hallaré una disculpa aceptable, para que mi mujer no vaya á creer que agradezco tan poco su inmenso amor?»—Ninguna de las excusas que buscaba en su imaginacion le parecian buenas ni aceptables: así es que se decidió á buscar la cruz olvidada, prefiriendo recogerla por sí mismo á mandar un criado ú otra persona menos interesada. Se detuvo, y dijo á su hermano:—«Sigue andando más despacio hácia Baccano, y espérame en la primera hostería que allí encuentres; porque yo he de volver forzosamente á Roma, aunque regresaré tan pronto, que espero alcanzarte en el camino. Nadie sino yo puede desempeñar la comision que me obliga á retroceder; pero no temas, que pronto seré contigo. Adiós.»—Al decir estas palabras, volvió riendas y se alejó á galope, sin permitir que le acompañara ninguno de sus criados.

»Cuando pasó nuevamente el rio, el Sol empezaba ya á disipar las sombras de la noche. Apeóse á la puerta de su casa, entró en ella, se dirigió á su lecho, y encontró en él á su mujer profundamente dormida. Descorrió del todo las cortinas sin decir una palabra, y se ofreció á su vista lo que menos esperaba: vió á su casta y fiel esposa dormida en brazos de un jóven, á quien conoció al momento; pues era un mancebo de su servidumbre, de linaje oscuro, y á quien habia criado en su casa. Si Jocondo quedó atónito y desesperado, no hay para qué decirlo: vale más suponerlo y prestar crédito al relato de otros, que verse obligado á saber por experiencia propia lo que con gran dolor de su corazon supo el engañado marido. Impelido por la cólera, tuvo intencion de sacar la espada y atravesar con ella á entrambos; pero el amor que aun sentia hácia su mujer se lo impidió bien á pesar suyo. Este mismo insensato amor (¡hasta tal extremo le tenia avasallado!) no le permitió tampoco despertarla, por ahorrarle la vergüenza de verse sorprendida por él en tan grave falta. Salió de la estancia tan silenciosamente como pudo, bajó las escaleras, montó de nuevo á caballo, y desgarrando los hijares del animal con el acicate, del mismo modo que él tenia desgarrado el corazon por el aguijon de los celos, alcanzó á su hermano antes que este hubiese llegado á la posada.

»Observaron al momento sus compañeros de viaje la alteracion de sus facciones, y conocieron que su corazon estaba oprimido por la tristeza; pero ninguno de ellos podia suponer aproximadamente la causa que la producia, ni mucho menos penetrar su secreto. Creian que se habia separado de ellos para ir á Roma, cuando donde habia ido era á Corneto[28]. Sospechaban, es cierto, que amor era el motivo de su mal; pero nadie imaginaba de qué modo tan cruel lo era. Suponia Fausto que la afliccion de su hermano procedia de haber dejado sola á su mujer, cuando, por el contrario, lo que más irritaba y ponia fuera de sí á Jocondo, era haberla encontrado demasiado acompañada. El infeliz, con el entrecejo fruncido y contraidos los lábios, no levantaba los ojos del suelo, mientras Fausto procuraba por todos los medios posibles consolarle; mas de poco le servian, por lo mismo que ignoraba la causa de su pena. De esta ignorancia resultaba, que ponia en su herida un bálsamo enteramente contrario; pues recordándole su mujer, no hacia otra cosa que aumentar su dolor, cuanto más se esforzaba en calmarlo.

»Jocondo no disfrutaba el menor reposo ni de dia ni de noche: su apetito huyó con el sueño, y su rostro, tan bello hasta entonces, experimentó tal mudanza, que no parecia el mismo. Parecia que los ojos se le habian hundido en el cerebro; que la nariz habia crecido en su descarnado semblante, quedándole ya tan poco de su pasada belleza, que en vano hubiera pretendido sostener el paralelo con la hermosura del Rey. Su dolor incesante le causó una fiebre tan molesta, que se vió obligado á detenerse algun tiempo en las orillas del Arbia y del Arno, desvaneciéndose allí los últimos restos de su belleza, cual se marchita una rosa privada de la luz del sol.

»Aun cuando Fausto se lamentaba del estado á que veia reducido á su hermano, se lamentaba mucho más de ser mirado como un impostor por aquel príncipe á quien en tan alto grado le alabara. Habíale prometido presentarle el hombre más gentil de cuántos existian, y ya no podia hacerle ver sino al más feo de todos: sin embargo, continuando su camino, lo llevó consigo hasta que llegaron á Pavía. Como no queria que el Rey le viese de improviso, exponiéndose á que le tachara de insensato, le advirtió por medio de una carta, que su hermano acababa de llegar con pocas esperanzas de vida, y que una pena cruel, acompañada de una fiebre devoradora, habian marchitado de tal modo sus facciones, que estaba desconocido.

»La llegada de Jocondo causó al Rey el mismo regocijo que la del amigo más querido; pues nada habia deseado en su vida tanto como conocerle. Regocijóse interiormente al ver que le era inferior en belleza, si bien conocia, que, á no ser por la enfermedad que le aquejaba, le seria superior, ó por lo menos igual. Le alojó en su mismo palacio, donde le visitaba diariamente, informándose á cada hora de su estado, y procuró rodearle de las mayores comodidades y ofrecerle toda clase de honores y consideraciones. Jocondo languidecia de dia en dia, pues el doloroso recuerdo de su criminal mujer, le roia incesantemente el corazon; y ni las fiestas, ni los juegos, ni la música, disminuian en lo más mínimo su acerba pena.

»Ocupaba un departamento situado en el piso superior del edificio, y antes de llegar á él habia un salon antiguo. Como le incomodaba toda distraccion y toda compañía, solia pasearse enteramente solo por dicha estancia, añadiendo continuamente nuevo peso á los abrumadores pensamientos que oprimian su corazon; y sin embargo, ¡quién lo creyera! encontró en aquel salon el remedio de su profunda herida. En uno de los ángulos de la estancia en que mayor oscuridad reinaba, porque casi nunca se abrian las ventanas, observó que el tabique no se unia bien al muro, y daba paso á un rayo de luz. Miró Jocondo por aquella rendija, y vió lo que pareceria increible á cualquiera que lo oyese referir; pero él no lo oyó decir á nadie, sino que lo vió, y á pesar de esto no podia dar crédito á sus ojos.

»Desde su extraño observatorio, descubrió por completo el retrete más secreto y más suntuoso de las habitaciones de la Reina, donde nadie podia penetrar excepto las personas de su mayor intimidad. Examinó atentamente lo que allí pasaba, y vió á la Reina abrazada estrechamente con un enano, el cual habia sido tan diestro, que consiguió dominarla y hacerse dueño de su corazon. Jocondo permaneció un largo rato atónito, estupefacto, y creyendo ser presa de un engañoso sueño; mas cuando vió que el sueño no era tal, sino una evidente realidad, no tuvo más remedio que dar crédito á sus ojos.—«¿Es posible, exclamó, que se someta de tal modo á un ser deforme y despreciable esa dama, cuyo marido es el rey más poderoso, más gentil y más amable del mundo? ¡Oh lascivia!»

»Acordóse entonces de su mujer, á quien maldecia sin cesar por haberla sorprendido concediendo sus favores á un criado jóven; y al compararla con la Reina, no pudo menos de excusar algun tanto su falta, por creer que esta no procedia enteramente de su voluntad, sino de la inclinacion de su sexo, que no puede contentarse con un solo hombre y si todas tenian alguna mancha que ocultar, á lo menos la suya no habia elegido un mónstruo.

»Al dia siguiente, volvió á la misma hora y al mismo sitio, y vió de nuevo á la Reina y al enano haciendo al Rey idéntico ultraje. Por espacio de muchos dias se repitió la fiesta; y sin embargo, la princesa, con gran sorpresa de Jocondo, se lamentaba siempre del poco amor del enano. Un dia, entre otros, observó que la Reina, turbada, impaciente y melancólica, habia mandado llamar dos veces por una de sus doncellas al enano, el cual no se presentaba. Ordenó por tercera vez que le llamaran, y la doncella entonces le dijo:—«Señora, está jugando, y por no perder un sueldo, se niega el muy bribon á acudir á vuestro llamamiento.»