»La jóven se encogió de hombros, y por toda respuesta le dijo que habia llegado demasiado tarde. El Griego empezó á llorar y á lamentarse, aunque á la verdad, con algun fingimiento.
—«¿Quieres dejarme morir así? le dijo: estréchame á lo menos entre tus brazos, y permite que desahogue en tu seno esta pena que me atormenta. ¡Seria tan dulce para mí la muerte si pudiera pasar á tu lado todos los instantes que faltan hasta tu partida!»
»La jóven, compadeciéndose de su afliccion, le respondió:
—«Puedes creer que no lo deseo menos que tú; pero no encuentro sitio ni ocasion oportuna aquí, donde nos observa tanta gente.»
»El Griego replicó:
—«Estoy seguro de que si me amaras tan solo la tercera parte de lo que yo te amo, hallarias esta misma noche la ocasion de que pudiéramos solazarnos un poco.»
—«¿Y cómo conseguirlo, repuso Flameta, si duermo todas las noches entre los dos caballeros, prodigándome cada uno alternativamente sus caricias, y teniéndome siempre alguno de ellos entre sus brazos?»
—«Ese inconveniente no debe tener importancia para tí, contestó el Griego; pues demasiado sabrias evitarlo y aun escaparte furtivamente de su lado, si quisieras, como querrás sin duda en cuanto te conmueva mi profundo dolor.»
»Flameta permaneció algunos momentos pensativa, y despues dijo al mancebo, que fuese á buscarla cuando presumiera que todos dormian en la posada, informándole minuciosamente de lo que debia hacer, tanto al reunirse con ella, como al retirarse. Siguiendo el Griego sus instrucciones, en cuanto conoció que todos estaban entregados al sueño, se dirigió á la puerta del cuarto de su amada, la empujó cuidadosamente, y se adelantó muy despacio y caminando con suma cautela. Movia los piés con toda precaucion, haciéndose firme en el de detrás, y adelantando el otro como si temiera tropezar en el vidrio ó fuera pisando huevos: con los brazos extendidos del mismo modo fué vacilando hasta dar con el lecho, en el cual se metió de cabeza con el mayor silencio por el sitio donde los otros tenian los piés. Fué deslizándose suavemente por las piernas de Flameta, que estaba echada boca arriba, y así que llegó á la altura de su rostro, la abrazó estrechamente, y permaneció con ella hasta que empezó á despuntar la aurora, gustando ansioso toda la noche de las voluptuosas delicias de su ardiente amor.