»Tanto el Rey como Jocondo habian notado aquella amorosa lucha; pero engañados por un comun error, creyó cada cual que su compañero habia sido el afortunado. Cuando el Griego hubo satisfecho sus lascivos deseos, volvió á salir del mismo modo que habia entrado, y como empezara el Sol á lanzar sus fulgurantes rayos desde el horizonte, saltó Flameta del lecho, é hizo entrar á los criados. Astolfo se dirigió á su compañero, diciéndole en tono de broma:
—«Amigo, mucho has debido caminar esta noche: tiempo es ya de que descanses, puesto que no has parado un momento.»
»Jocondo le respondió en el mismo tono:
—«¡Buena es esa! me estás diciendo lo mismo que yo iba á decirte: tú eres el que debe descansar, porque has estado cazando hasta la llegada del dia.»
—«Tambien yo hubiera deseado correr un poco, replicó el Rey, si me hubieses prestado el caballo, hasta dejar satisfecho el deseo.»
»Jocondo respondió:
—«Soy tu vasallo, y por lo tanto puedes hacer y deshacer conmigo toda clase de pactos: de consiguiente, si no te convenia observar nuestras mútuas condiciones, bastaba que me dijeras francamente: «Déjala estar».
»Tanto replicó el uno y tanto añadió el otro, que la cuestion iba agriándose por momentos. Sus palabras eran cada vez más insultantes, porque cada cual temia ser burlado por el compañero: llamaron á Flameta (que no estaba muy lejos, temerosa de que se descubriera su trama), á fin de que aclarara en presencia de ambos lo que uno y otro parecian ocultarse con sus negativas.
—«Dime, le dijo el Rey con mirada severa, y no temas que ninguno de los dos te hagamos daño alguno: ¿quién ha sido el dichoso que ha pasado toda la noche en tus brazos, sin permitir que nadie participara del mismo placer?»
»Entrambos esperaban ansiosos la respuesta, creyendo cada cual que iba á dejar al otro por embustero, cuando Flameta, temiendo por su vida al verse descubierta, se arrojó á sus plantas pidiéndoles perdon, y confesando que arrastrada por la pasion que sentia hácia su primer amante, y subyugada por la compasion que le inspiraba un corazon atormentado que habia sufrido mucho por ella, incurrió en la noche anterior en la falta, ocasion de su querella, y prosiguió refiriéndoles con todos sus detalles el ardid de que se habia valido, para que ambos creyeran que su compañero era el dichoso.