Estando un dia el Sarraceno entregado á sus tristes pensamientos, como solia estarlo la mayor parte del tiempo, vió venir por en medio de una florida pradera á una doncella de hermoso rostro, acompañada por un monje de luenga barba: seguíales un corcel de gran talla, cargado con un bulto cubierto con un paño negro. Fácilmente habreis conocido quiénes eran la dama, el monje y lo que conducia el caballo: era Isabel, que llevaba consigo los restos de su idolatrado Zerbino. La dejé avanzando por el camino de Provenza, sirviéndole de guia y compañero el anciano venerable, que la habia persuadido á consagrar á Dios el resto de su casta vida.

Aun cuando el rostro de Isabel estaba á la sazon pálido é impregnado de melancólica tristeza, y sus cabellos desordenados; á pesar de que no cesaban de escaparse profundos suspiros de su acongojado pecho, y sus ojos estaban convertidos en dos fuentes, y se conocian en toda su persona las huellas de su dolor y sufrimiento, estas mismas circunstancias realzaban de tal modo su belleza, que el Amor y las Gracias no hubieran esquivado recrearse en ella.

En cuanto el Sarraceno vió aparecer aquella dama tan bella, sepultó en lo más recóndito de su mente el propósito de maldecir y odiar eternamente á la hermosa mitad del género humano, que es el mejor adorno del mundo, y le pareció Isabel la doncella más digna, en quien debia poner su segundo amor, borrando totalmente el recuerdo del primero, del mismo modo que un clavo saca otro clavo. Salió á su encuentro, y con el acento más dulce y el más halagüeño semblante de que supo revestirse, le hizo algunas preguntas referentes á su persona. Ella satisfizo su curiosidad ingénuamente, manifestándole que estaba determinada á dejar el mundo y sus insensatas vanidades, para atraerse la bendicion del Eterno por medio de prácticas piadosas. El orgulloso pagano, que no creia en Dios y menospreciaba toda ley y toda religion, prorumpió en una risa burlona; calificó de erróneo y poco meditado el proyecto de la jóven, y le dijo que su designio era tan censurable como el del avaro que sepulta sus riquezas, sin obtener de ellas la menor utilidad y sin provecho para los demás hombres; añadiendo, por último, que los encierros se habian hecho para los leones, los osos y las serpientes, y no para las cosas bellas é inofensivas.

El monje, que no perdia una sola de las palabras del Sarraceno, ni se separaba de la incauta jóven para acudir siempre en su socorro, apartándola del tortuoso camino del mal, como no se aparta del timon el experto navegante, quiso entonces ofrecer á entrambos en suntuosa y espléndida mesa el más delicioso manjar espiritual; pero Rodomonte, que nació con mal gusto, no bien lo hubo probado cuando lo halló desagradable; y al ver que en vano procuraba interrumpir al monje sin lograr imponerle silencio, rompió el freno á su paciencia, y se arrojó sobre él enfurecido. Mas como podria pecar de difuso si continuara hablando, daré fin aquí á mi canto, por temor de que me suceda lo mismo que le sucedió al monje por hablar demasiado.


CANTO XXIX.

Isabel se hace cortar la cabeza por no satisfacer los lúbricos deseos del Pagano; el cual, advertido de su error, procura en vano aplacar su doliente espíritu.—Construye un puente en el que se apodera de los despojos de cuantos lo atraviesan.—Lucha con Orlando y caen ambos al rio.—Maravillosos hechos del Paladin.

¡Oh imaginacion calenturienta y mudable del hombre, cuán grande es tu inconstancia! ¡Con qué facilidad variamos de designios, sobre todo si son hijos de un amoroso despecho! No hace mucho, ví al Sarraceno tan profundamente irritado contra las mujeres y tan exajerado en su ódio, que llegué á figurarme, no solo que fuera inextinguible, sino que jamás llegaria á entibiarse. ¡Oh sexo encantador! Es tanto lo que me han ofendido los indebidos ultrajes que ese impío os ha prodigado, que no he de perdonarle su temeridad hasta demostrarle, por su mal, el grosero error en que ha incurrido. Con mi pluma y mi papel, haré de modo que todos convengan en que le hubiera sido más conveniente no desplegar los lábios, ó morderse la lengua antes que hablar mal de vosotras. Que se produjo como un necio ó como un insensato, harto os lo habrá demostrado vuestra clara inteligencia; pues desnudó el acero de su ira contra todas, sin hacer la menor distincion. Y sin embargo, ha bastado una sola mirada de Isabel, para dar al traste con todos sus propósitos, y apenas la ha visto, cuando, sin conocerla siquiera, desea que ocupe en su corazon el sitio abandonado por Doralicia.

Abrasado repentinamente el Pagano por aquel amor naciente, intentó desvanecer con algunas fútiles razones el propósito firme y ardoroso que habia formado Isabel de dedicar su vida al Señor de todo lo creado; pero el eremita, que le servia de escudo y de defensa, acudió, como he dicho, en auxilio de la jóven, empleando los argumentos más terminantes é irrefutables para hacerla perseverar en sus piadosos intentos. Cansado Rodomonte de sufrir impaciente la enojosa locuacidad de aquel anciano, despues de haberle advertido que podia volverse á su soledad sin la doncella cuando quisiera; exasperado al ver que se oponia francamente á sus designios, y que no estaba dispuesto á cejar en su oposicion, le agarró de la barba con tal furia, que le arrancó una gran parte de ella. Excitada más y más su cólera, concluyó por asir al monje del cuello tan fuertemente, que sus dedos parecian unas tenazas, y haciéndole dar una ó dos vueltas en el aire, lo lanzó con tal ímpetu, que fué á parar al mar. No sé ni puedo decir lo que fué de él, porque las versiones son muy contradictorias. Unos dicen que se hizo pedazos contra una roca, de tal suerte, que no se podia distinguir los piés de la cabeza: otros, que fué á caer en el mar, distante más de tres millas, y que se ahogó en él por no saber nadar, á pesar de sus muchos ruegos y oraciones: otros, que acudió un Santo en su socorro, y le sacó á la orilla con mano visible. Alguna de esas versiones debe de ser la verdadera; pero mi libro no vuelve á ocuparse de él.

Despues que el cruel Rodomonte se hubo desembarazado del locuaz eremita, se acercó con aspecto menos fiero á la atribulada doncella, y empezó á decirle, con la fraseología peculiar á los amantes, que era su vida, su corazon, su consuelo, su esperanza más querida, y todas esas expresiones que siempre van juntas, esforzándose en aparecer tan comedido, que no dió el menor indicio de violencia. El rostro gentil que le enamoraba parecia extinguir ó refrenar su acostumbrada arrogancia; y aun cuando era árbitro de cojer el fruto desde luego, no le pareció oportuno pasar de la corteza, suponiendo que no estaria bastante sazonado hasta que ella se decidiera á ofrecérselo como presente: el insensato se figuraba que de esta suerte iria disponiendo poco á poco á Isabel á que accediera á sus deseos.