Isabel, que se veia en aquel sitio solitario y salvaje, como el raton entre las zarpas del gato, hubiera preferido hallarse en medio de las llamas, y no cesaba de buscar en su imaginacion algun partido, algun camino por donde le fuese posible escapar intacta é inmaculada. Estaba firmemente resuelta á darse la muerte por su propia mano, antes que someterse á la voluntad del bárbaro Sarraceno, y ultrajar de este modo la memoria del amante, cuya suerte cruel y despiadada le habia llevado á morir en sus brazos, y á quien jurara fidelidad eterna. Sin embargo, no sabia qué hacer; y mientras tanto crecia por momentos el lascivo apetito del Rey pagano: le veia ya decidido á abusar de ella torpemente, destruyendo sus castos propósitos, cuando á fuerza de pensar, se le ocurrió á Isabel el medio de salir ilesa y de salvar su virtud, haciendo su nombre ilustre y glorioso.
Al ver que el Sarraceno la hostigaba con palabras y ademanes muy distintos de las atenciones que le habia guardado anteriormente, le dijo:
—¡Oh, señor! Si me asegurais no atentar contra mi honor, si me prometeis que puedo permanecer sin temor al lado vuestro, os ofreceré en cambio una cosa que tendrá para vos mucho más valor que abusar de mi honestidad. No desprecieis una dicha eterna, una satisfaccion verdadera y sin par, por un placer harto pasajero, que tanto abunda en el mundo. Os será fácil encontrar otras mil mujeres hermosas que correspondan á vuestra pasion; pero no existe en la Tierra, ó son por lo menos muy contados, los que puedan proporcionaros lo que os ofrezco. Conozco una yerba, que he visto al venir aquí y podria encontrarla á pocos pasos de este sitio, que cocida con hiedra y ruda en un fuego de leña de ciprés, y exprimida despues por manos inocentes, suelta un jugo cuya virtud es tan grande, que basta mojarse tres veces el cuerpo con él, para que se endurezca hasta el punto de hacerse inpenetrable al hierro y al fuego. Práctica, como estoy, en el modo de preparar ese líquido, hoy mismo puedo hacerlo y ofreceros hoy tambien una prueba de su maravillosa eficacia, estando segura de que la apreciareis en más que la conquista de la Europa entera. En recompensa del secreto que os ofrezco, solo deseo que me jureis por vuestra fé de caballero respetar mi castidad, así en vuestras palabras como en vuestras acciones.
Esta proposicion produjo el efecto apetecido, haciendo que Rodomonte refrenara sus lascivos ímpetus, y que, deseoso de verse invulnerable, prometiera á Isabel más aun de lo que ella exigia. El Sarraceno ofreció á la jóven respetarla hasta ver los resultados de tan admirable líquido, y esforzarse en reprimir todo acto ó todo conato de violencia; si bien en su interior formaba el propósito de no cumplir su palabra, porque no respetaba ni temia á Dios ni á los Santos, y en cuanto á falta de fé dejaba muy atrás á sus infieles compatriotas. Así es que dió á Isabel las mayores seguridades de que no la molestaria, con tal de que ella se pusiera desde luego á extraer el filtro que le habia de conceder el don que en otro tiempo disfrutaron Cygno y Aquiles[31].
Isabel empezó á explorar los valles y las sombrías cañadas, lejos de las ciudades y aldeas, recogiendo una gran cantidad de yerbas, mientras el Sarraceno no se separaba un solo momento de su lado. Despues de haber recogido por muchos sitios las yerbas que creyó suficientes, unas con raices y otras sin ellas, regresaron tarde á su vivienda, donde la desolada jóven, modelo de continencia y recato, pasó toda la noche cociéndolas con mucho cuidado, en tanto que el rey de Argel examinaba curiosa y atentamente todos aquellos preparativos. Rodomonte púsose despues á jugar con los pocos criados que le acompañaban, y el calor del fuego que viciaba la atmósfera de aquel estrecho recinto les dió tal sed, que de libacion en libacion, llegaron á vaciar dos barriles de vino griego, robados por los escuderos, uno ó dos dias antes, á unos transeuntes.
Rodomonte no estaba acostumbrado á beber vino, por prohibírselo su religion; pero en cuanto lo probó, le pareció un licor divino, preferible al néctar y al maná. Burlándose del rito mahometano, continuó bebiendo á tazas y aun á botellas enteras; lo cual, unido á lo espirituoso del vino y á su falta de costumbre, hizo que pronto perdieran la cabeza todos los bebedores.
Cuando Isabel juzgó que aquellas yerbas estaban bastante cocidas, apartó la caldera del fuego, y dijo á Rodomonte:
—Para que te convenzas de que no he lanzado mis palabras al viento, y para que veas la distancia que hay de la verdad á la mentira, voy á ofrecerte una prueba capaz de convencer á los más incrédulos; y esta prueba no se ha de hacer en otros, sino en mí misma. Quiero ser la primera en experimentar los preciosos efectos de ese líquido divino, á fin de que no vayas tal vez á figurarte que contiene un veneno mortífero. Me mojaré con él la cabeza, el cuello y el seno, y en seguida ensayarás en mi cuerpo la fuerza de tu brazo y el filo de tu espada, y veremos si el uno tiene bastante vigor y si la otra se mella.
Bañóse como dijo en aquel agua, y acto contínuo presentó con aire tranquilo y risueño su cuello desnudo al incauto pagano, que estaba turbado quizás por los efectos del vino, y ante cuyo vigor, de nada servian los yelmos ni los escudos. Aquel hombre bestial dió entero crédito á las palabras de Isabel, y le descargó tan terrible cuchillada, que separó de los hombros la hermosa cabeza en que Amor tenia su deliciosa morada.
Tres veces saltó el ensangrentado busto de la jóven, y de sus lábios yertos salió claramente pronunciado el nombre de Zerbino: por volar á su lado y por librarse del poder del Sarraceno, habia elegido Isabel tan extraordinario camino.