¡Oh alma pura, que no titubeaste en sacrificar tu vida y tu florida juventud, antes que faltar á la fé y á la castidad, á esa rara virtud que en nuestro tiempo apenas se conoce de nombre! ¡Descansa en paz, alma hermosa y bienaventurada! ¡Quisiera que mis versos tuviesen la fuerza y el poder de que desearia dotarlos con todo el arte de la florida elocuencia y todas las galas de la divina poesía, para hacer que tu preclaro nombre viviera mil y mil años en la memoria de los mortales! ¡Vuela en paz al sólio del Eterno, legando á las demás mujeres un alto ejemplo de tu fidelidad!

Ante una accion tan incomparable y asombrosa, el Creador dirigió aquí abajo sus miradas, y exclamó:—«Eres más digna de alabanza, que aquella cuya muerte costó el trono á Tarquino[32]: por esta causa quiero instituir una ley que resista, como todas las mias, á la accion destructora del tiempo, y juro por las sagradas ondas, que nada podrá jamás alterarla. Quiero que toda mujer que en adelante lleve tu nombre, esté dotada de sublime ingenio, de belleza, gracias, bondad y prudencia; que sea un acabado modelo de pureza, de modo que todos los poetas celebren á porfía tu nombre, y que las cumbres del Parnaso, del Pindo y del Helicon resuenen sin cesar con el ínclito y digno nombre de Isabel.»

Así exclamó el Eterno, y acto contínuo serenóse el aire y aquietóse el mar más de lo que nunca lo habian estado. El alma casta de Isabel volvió al tercer cielo, pasando á disfrutar en los brazos de su Zerbino de las delicias de los bienaventurados, y dejando en la tierra, confundido de vergüenza y de estupor, á aquel nuevo Breusse feroz é impío, que maldijo su error y quedó como anonadado en cuanto se disiparon los vapores del vino. Presa de un verdadero remordimiento, creyó aplacar, ó satisfacer los manes de Isabel, dando vida á su memoria, ya que habia dado muerte á su cuerpo: el medio más á propósito que se le ocurrió con este objeto, fué el de convertir la capilla que habia escogido por morada y en que inmoló á Isabel en un sepulcro, y hé aquí de qué modo.

Por medio de promesas ó de amenazas, reunió en aquel sitio todos los obreros de los alrededores, en número de unos seis mil: hizo que arrancaran enormes peñascos de los montes vecinos, y colocándolos unos sobre otros, formó con ellos una gran masa, que desde la base á la cúspide media noventa brazas: este monumento, muy parecido á la soberbia mole construida por Adriano á las orillas del Tíber[33], contenia en su interior la capilla, dentro de la cual reposaban los cuerpos de los dos amantes. Al lado del sepulcro levantó una elevada torre, donde determinó residir por algun tiempo, y construyó además un puente de unas dos brazas de anchura sobre el rio cuyas aguas lamian la falda de aquella colina. El puente era largo, pero tan estrecho, que apenas podian pasar por él dos caballos, ya marcharan ambos de frente ó en direccion encontrada, y como carecia de pretil ó parapeto, era muy fácil caer al agua por todas partes. El rey de Argel se propuso hacer pagar caro el paso de este puente á todos los guerreros, ya fuesen infieles ó cristianos, por haber jurado adornar con mil trofeos la tumba de Isabel y Zerbino.

En menos de diez dias quedó terminada la construccion del puentecillo; mas no pudo llevarse tan de prisa la del sepulcro ni la de la torre. Concluyéronse al fin todos los trabajos, y en la cima de la torre colocó un centinela que hacia constantemente el servicio de vigía, y en cuanto divisaba un caballero dispuesto á pasar el puente, hacia con una trompa la señal convenida de antemano. Entonces se armaba Rodomonte y salia al encuentro del recien llegado, ora por una orilla, ora por la otra; de suerte que si el guerrero se presentaba por el lado de la torre, el rey de Argel le cortaba el paso por la orilla opuesta. El puentecillo era el campo de batalla, y en tan reducido espacio, el corcel que traspasaba un poco los bordes, caia irremisiblemente al rio, que estaba muy por debajo del puente y era profundo. En todo el mundo no ha existido un paso más peligroso. Habia reflexionado el Sarraceno, que exponiéndose con frecuencia á caer de cabeza desde el puentecillo al rio, donde forzosamente deberia beber mucha agua, llegaria á expiar el error en que le habia hecho incurrir el exceso del vino. ¡Como si el agua pudiera borrar las faltas que el vino nos hace cometer con la lengua ó con las manos!

En pocos dias llegaron muchos guerreros á aquel sitio; los unos para dirigirse á España ó Italia, por ser aquel camino el más directo y el más frecuentado; los otros para probar su valor y alcanzar un renombre que tenian en más que la vida; pero en vez de obtener la palma de la victoria, veíanse obligados á quedarse sin armas, y algunas veces sin existencia. Si los vencidos eran paganos, contentábase Rodomonte con despojarles de sus armas, y las colocaba en el sepulcro como un trofeo, con una inscripcion que indicaba el nombre de los caballeros á quienes habian pertenecido: si eran cristianos, los retenia cautivos, y sospecho que los enviaba despues á Argel.

Todavía no estaban concluidas las obras, cuando llegó por casualidad el loco Orlando á la orilla del rio, donde, como he dicho, hacia construir Rodomonte el sepulcro y la torre que no habia llegado á su fin, y el puente que apenas estaba terminado. En el momento en que Orlando se presentó cerca del rio y del puente, se hallaba el Pagano cubierto con todas sus armas, pero sin casco. El Conde, impelido por su habitual furor, saltó la valla y echó á correr por el puente; mas Rodomonte quiso ahuyentarle con torva faz desde el pié de la torre en donde á la sazon se encontraba, diciéndole con tono amenazador, aunque sin dignarse desenvainar la espada:

—Indiscreto villano, temerario, importuno y arrogante, detente: este puente solo se ha hecho para caballeros nobles, y no para un bruto como tú.

Pero Orlando, que tenia distraida su imaginacion por una profunda idea, seguia adelante, sin hacer caso de tales voces.—«Fuerza será castigar á ese insensato,» exclamó el pagano; y se dirigió hácia él con intencion de precipitarlo en el rio, sin sospechar siquiera que el Conde pudiera hacerle frente.

En aquel momento, una gentil doncella, de rostro hermoso y noble porte, vistosamente engalanada, llegó á la orilla del rio con objeto de pasar el puente. Era, Señor, si no la habeis olvidado, aquella jóven que iba buscando las huellas de su adorado Brandimarte por todas partes, menos por París, donde precisamente se encontraba. En el momento en que llegó á aquel puente Flor-de-lis (que tal era el nombre de la doncella), aferróse Orlando á Rodomonte que queria arrojarle al rio. La doncella, acostumbrada á ver al Conde en la corte, le conoció al momento; pero se quedó estupefacta al reparar en aquella locura que le hacia ir desnudo por todas partes. Detúvose para ver el resultado de la lucha trabada entre dos adversarios tan vigorosos, que hacian uso de toda su fuerza para arrojar el uno al otro del puente abajo.