—¿Cómo es posible que un loco resista tanto?—decia entre dientes el irritado pagano: y se volvia y revolvia á uno y otro lado, lleno de enojo, de soberbia y de ira, buscando el sitio más á propósito para sujetar al Conde. Tan pronto adelantaba un pié como otro para hacerle tropezar, ó bien procuraba mañosamente echarle la zancadilla para derribarle, semejante al estólido oso que se empeña en arrancar el árbol de que ha caido, y al que acomete con rabia como si tuviera la culpa de su caida. Orlando, cuya imaginacion vagaba no sé por dónde, y que en semejante lucha tan solo hacia uso de aquella fuerza extraordinaria que no conocia igual en el universo, se dejó caer de espaldas al rio arrastrando al Pagano tras de sí. Ambos llegaron abrazados al fondo de las aguas, que saltaron hasta el cielo, haciendo resonar ambas orillas con el estrépito que produjo la caida. Al verse en aquel húmedo lecho, desasiéronse precipitadamente los dos adversarios. Orlando, que estaba desnudo y nadaba como un pez, dió tres ó cuatro brazadas, salió á la orilla fácilmente, y echó á correr de nuevo sin esperar á conocer el resultado de su lucha, ni cuidarse del elogio ó la censura que pudiera haber merecido. El Pagano, embarazado con el peso de sus armas, salió más tarde y más trabajosamente á la orilla.

Flor-de-lis habia pasado entre tanto con toda seguridad el rio y el puente, y reconocido por todas partes el sepulcro, para ver si encontraba en él cualquier vestigio de Brandimarte: no viendo allí ni sus armas ni su manto, pasó á buscarlo á otra parte. Pero volvamos á ocuparnos del Conde, que se alejaba de la torre, del rio y del puente.

Seria locura en mí pretender referiros una por una todas las que cometió Orlando; pues fueron tantas, que no sabria cuando acabar; pero me ocuparé de alguna que otra de las más extraordinarias y á propósito para celebrar en mis versos, así como más conveniente para mi historia, y sobre todo no omitiré el hecho milagroso que llevó á cabo en los Pirineos cerca de Tolosa.—Habia ya recorrido el Conde muchos países, siempre impulsado por su furioso delirio, cuando llegó á la cumbre de los montes que separan al Franco del Tarraconense: encaminábase entonces hácia Occidente, y seguia un estrecho sendero que dominaba un valle profundo. Toparon con él en tan reducido paso dos montañeses jóvenes, que llevaban delante un asno cargado de leña, y como en el semblante de Orlando conocieron ambos que estaba privado de razon, empezaron á gritarle con voz amenazadora que se hiciera atrás ó á un lado y les dejara el paso libre. El loco no les respondió una palabra; pero descargó en el pecho del asno un tremendo puntapié con aquella fuerza que excedia á cualquier otra, y le lanzó por el espacio á tan considerable altura, que parecia un pajarillo hendiendo los aires, yendo á caer en la cima de un monte, distante más de una milla á la otra parte del valle. Arremetió despues á los dos jóvenes, uno de los cuales, impelido por el miedo y con más suerte que prudencia, se arrojó al fondo del precipicio, que tendria más de sesenta brazas de altura, y tropezando en su caida con el espeso ramaje de un matorral lleno de espinas, agarróse á él y logró salvarse á costa no más de algunos arañazos en el rostro. El otro procuró encaramarse á un peñasco que salia fuera del monte, esperando librarse de los golpes del loco, si lograba trepar á su cima; pero Orlando, decidido á matarle, lo agarró por un pié mientras se esforzaba en subir, y extendiendo cuanto pudo los brazos, lo desgarró dividiendo en dos trozos su cuerpo, del mismo modo que vemos dividir una garza ó un pollo, cuando el halconero quiere dar sus entrañas á un halcon ó á un azor. Hizo muy bien en no morirse el compañero que estuvo á punto de romperse el cuello; pues refiriendo á otras personas esta aventura, dió lugar á que llegara á oidos de Turpin, y que este la dejara consignada en sus escritos.

Orlando continuó haciendo otras cosas tan estupendas como la que acabo de manifestar, mientras atravesaba aquellos montes. Despues de dar muchas vueltas, bajó por el Mediodia hácia las llanuras de España, y siguió caminando por la orilla del mar que baña las costas de Tarragona. Inspirado por su misma insensatez, quiso detenerse en aquella playa; y para preservarse de los rigores del Sol, se sepultó en la menuda y estéril arena. Mientras allí descansaba, la casualidad llevó á aquel sitio á la bella Angélica y su esposo, que á la sazon bajaban desde los Pirineos á la costa de España, segun os dije más atrás. Angélica llegó casi al lado de Orlando sin conocerle siquiera. ¡Y cómo presumir que aquel ser repugnante fuese el célebre Paladin, si le veia tan variado y tan diferente de lo que siempre habia sido! Desde que su razon estaba sometida al imperio de su insensato furor, siempre iba enteramente desnudo, así al Sol como á la sombra; de suerte que aun cuando hubiera nacido en la abrasada Siena, ó en el país de los Garamantas, ó en los montes donde nace el Nilo, su piel no estaria más tostada. Sus ojos estaban hundidos en las órbitas, sus mejillas enjutas y descarnadas, sus cabellos enmarañados y súcios, y su barba larga, erizada y asquerosa.

En cuanto Angélica le vió, retrocedió temblando de espanto, y dando un grito penetrante, corrió á ponerse bajo la salvaguardia de Medoro. Mas apenas observó el loco su presencia, se levantó de un salto para apoderarse de la jóven, cuyo rostro le agradó en extremo y cuyos atractivos le inspiraron los más fogosos deseos. No conservaba ya en su imaginacion el menor recuerdo de su antiguo amor, pero persiguió entonces á Angélica del mismo modo que un perro perseguiria á una fiera. Al ver Medoro la intencion del loco, le echó encima su caballo, y empezó á darle tajos y estocadas por la espalda, con el propósito de cortarle la cabeza; pero tropezó con una piel más dura é impenetrable que el hueso ó el acero, porque el cuerpo de Orlando, como he dicho, era invulnerable y encantado. Al sentir este que le pegaban por detrás, volvióse y descargó un puñetazo descomunal sobre el caballo que el sarraceno le echaba encima. El noble animal cayó instantáneamente muerto, con la cabeza destrozada, cual si hubiera sido de vidrio, y Orlando, sin ocuparse más de Medoro, volvió á emprender nuevamente la persecucion de su fugitiva. Angélica seguia lanzando su yegua á todo escape, excitándola con el acicate y el látigo, y aun cuando el excelente bruto excedia en rapidez á la flecha desprendida del arco, la jóven se lamentaba de su desesperante lentitud: acordándose entonces de que podia salvarla el anillo que llevaba en el dedo, se lo puso en la boca; y aquel talisman, que no perdia nunca su virtud, la hizo desaparecer como á impulso de un soplo desaparece la luz. Bien fuese efecto del temor ó bien del movimiento que hizo al quitarse el anillo del dedo, ó quizá por haber tropezado la yegua, pues no puedo afirmar una cosa ú otra, lo cierto es que en el momento mismo en que Angélica se puso su talisman en la boca y ocultó á la vista de todos su agradable presencia, levantó las piernas, salió de la silla, y cayó tendida en la arena cuando no la separaban de Orlando ni siquiera dos dedos de distancia: á no ser así, hubiera caido tropezando con él, y probablemente el choque producido por la violenta carrera del loco le habria quitado la vida: una casualidad feliz pudo tan solo salvarla. Fuerza le será ahora buscar por medio de otro hurto una nueva cabalgadura, porque no volverá á ver más á la que oprimia la arena huyendo del paladin.

...Y echó á correr tras la fugitiva Angélica.
(Canto XXX.)

Mas como, segun presumireis, no le será difícil proporcionarse otra, dejémosla y sigamos á Orlando, cuya impetuosidad y rabia no pudo mitigar la desaparicion de Angélica. Continuó persiguiendo á la yegua por la desnuda arena, acortando cada vez más la distancia que de ella le separaba; y alcanzándola al cabo, pudo cogerla luego de la crin, de la brida despues, y por último, la sujetó y detuvo, considerándose entonces tan feliz como el hombre que consigue hacer suya á una doncella: arreglóle las riendas y el freno, y dando un salto, se colocó en la silla. Así que estuvo montado, la obligó á galopar muchas millas seguidas en todas direcciones, sin permitirle el menor reposo, sin quitarle nunca el freno ni la silla, y sin dejarla probar alimento alguno. Al intentar saltar una zanja, cayeron pesadamente en ella la caballería y el ginete: este no se hizo daño, ni siquiera sintió la sacudida; pero la mísera bestia se dislocó una pata. No viendo el Paladin otro medio mejor de sacarla de allí, se la echó á cuestas, subió con ella al camino y la llevó de este modo hasta la distancia de unos tres tiros de flecha, no obstante lo mucho que pesaba. Resintiéndose entonces sus hombros de tanto peso, la dejó en tierra y quiso hacerle andar, tirándole de las riendas; mas la yegua le seguia con paso tardo y cojeando. «Anda, anda,» le decia Orlando, pero era inútil: aun cuando le hubiera seguido á galope, siempre seria lenta su marcha, comparada con los insanos deseos del loco. Por último, cogió el Paladin una de las riendas, y atándola á la pata derecha de la yegua, empezó á tirar de ella, arrastrando tras sí al pobre animal y asegurándole que de este modo podria caminar con más comodidad; cuando es lo cierto que iba dejando las crines y la piel pegadas á los guijarros del escabroso camino, hasta que por fin murió de cansancio, de dolor y de hambre; en tanto que Orlando proseguia su marcha sin reparar en ella y sin ver que arrastraba un cadáver, dirigiéndose con su velocidad acostumbrada hácia Occidente. Siempre que el loco se sentia estimulado por el hambre, saqueaba las aldeas y las cabañas para satisfacerla; se apoderaba de los frutos, de la carne y del pan que en ellas encontraba, y arremetia á cuantos intentaban oponérsele, matando á unos, lisiando á otros, y siguiendo siempre adelante sin detener un momento su asoladora marcha. Igual ó semejante suerte hubiera sufrido Angélica, á no haber tenido la precaucion de ocultarse; porque el loco no distinguia lo blanco de lo negro, y creyendo hacer un favor á sus semejantes, cometia con ellos mil violencias.

¡Ah! ¡Maldito sea el anillo encantado y el caballero que se lo dió á Angélica! A no ser por él, Orlando se hubiera vengado á sí mismo y habria vengado á otros mil amantes al propio tiempo. Y no era aquella veleidosa mujer la única que debiera caer en manos del furioso paladin, sino cuantas hoy existen, cuya ingratitud se echa de ver en todas sus acciones y cuya maldad excluye de su corazon todo lo bueno y lo virtuoso. Pero antes de que las aflojadas cuerdas de mi lira produzcan un sonido discordante, será oportuno suspender aquí mi canto, para hacerlo menos enojoso al que me escucha.