CANTO XXX.

Orlando continúa haciendo cosas asombrosas durante su marcha.—Rugiero mata á Mandricardo.—Bradamante espera impaciente y angustiada en Montalban la llegada de su amante, que por hallarse herido se ve imposibilitado de cumplir su promesa.—Reinaldo va á socorrer al Emperador acompañado de sus hermanos.

Cuando permitimos que la impetuosa cólera venza á nuestra razon, sin oponer resistencia alguna, y nos dejamos arrastrar por los impulsos de un insensato furor, hasta el extremo de que nuestra lengua ó manos no respeten á nuestros amigos, de poco nos sirven luego los lamentos y los suspiros, pues no consiguen borrar nuestra falta. ¡Necio de mí! En vano será que me aflija y me arrepienta de cuanto dije, obedeciendo á un irascible arrebato, al terminar el canto anterior. Soy semejante á un enfermo, que despues de agotar su paciencia y su sufrimiento, para resistir al dolor, si cree que este no tiene ya remedio, se abandona á la desesperacion y prorrumpe en horribles blasfemias; pero en cuanto llega á calmarse, van cediendo poco á poco los impulsos de la cólera que habian desatado su lengua de un modo tan reprensible, y entonces reconoce su falta, y se acusa y se arrepiente de haberla cometido; mas ya no le es posible retirar las inícuas palabras proferidas.

¡Oh mujeres virtuosas! De vuestra inextinguible bondad espero el perdon que humilde os imploro. ¿No es cierto que disculpareis mi delirante frenesí, al confesarme vencido por una pasion contrariada? Preciso es que culpeis á aquella cuyos rigores me tienen en un estado cual no puede haber peor, y que me obliga á decir lo que tanto me pesa despues. Bien sabe Dios cuán poca razon la asiste; y harto conoce ella mi acendrado amor.

No estoy menos fuera de mí de lo que Orlando estaba, ni soy menos digno de lástima que el desgraciado Paladin, el cual vagando por montes ó llanuras recorrió una gran parte del reino de Marsilio, arrastrando por espacio de muchos dias el cadáver de la yegua, sin abandonarlo un momento; pero al fin se vió precisado á dejarlo á la orilla de un rio que desembocaba en el mar: él se arrojó al agua, y sabiendo nadar como una anguila, salió en breve á la orilla opuesta, donde encontró á un pastor que se encaminaba hácia el rio para abrevar en él al caballo en que iba montado: aunque el pastor vió á Orlando corriendo hácia él, no creyó necesario retroceder al observar que iba solo y desnudo.

—Quisiera hacer un cambio con mi yegua y tu caballo, le dijo el loco. Te la enseñaré desde aquí, si quieres, pues la he dejado en la otra orilla: verdad es, que está muerta; más para mí no tiene otro defecto, y luego tú le podrás dar alguna medicina. Como me gusta tu caballo, espero que me hagas el favor de apearte de él, y aceptar el cambio que te propongo, dándome algo encima.

El pastor, por toda respuesta, echóse á reir, se apartó del loco y continuó su camino hácia el vado.

—Yo quiero tu caballo: ¿no me oyes?—repuso Orlando; y siguió encolerizado tras el pastor. Llevaba este un palo grueso y lleno de nudos, con el cual dió un golpe al Paladin. La rabia y el furor que de Orlando se apoderaron entonces fueron tales, que, más terrible que nunca, descargó un terrible puñetazo en la cabeza del pastor, haciéndole pedazos el cráneo y tendiéndole muerto á sus piés. Montó en seguida á caballo, y continuó recorriendo diferentes caminos, señalando su paso con los lamentables efectos de su locura, sin dar al animal descanso ni alimento alguno, de suerte que en pocos dias murió como el otro. No por esto quiso el Conde resignarse á caminar á pié, ni á carecer de cabalgaduras, por lo cual fué apoderándose de cuantas encontraba, despues de matar á sus dueños.