Llegó por fin á Málaga, en cuya ciudad hizo más daños que cuantos hasta entonces habia cometido; pues además de saquear toda la poblacion, en términos de no bastar dos años para reponerse de sus pérdidas, mató tan gran número de habitantes y arrasó ó incendió tantas casas, que destruyó la tercera parte del país. Saliendo de allí, pasó á otra ciudad llamada Algeciras, situada en el estrecho de Gibraltar ó Gibelterra, pues con ambos nombres se le designa; y al llegar á ella vió que se apartaba de la playa una barca llena de bulliciosos jóvenes, que iban á solazarse paseando embarcados por aquellas ondas tranquilas y oreadas por las frescas auras matutinas. Deseando el loco participar de aquel esparcimiento, empezó á gritar:—«Esperad, esperad;» pero sus gritos fueron de todo punto inútiles, porque nadie carga voluntariamente su buque con una mercancía semejante. El esquife seguia cortando las aguas con una rapidez igual á la de la golondrina cuando hiende el espacio: Orlando entonces hostigó á su caballo, y le impelió hácia el mar pegándole con una vara. En vano se encabritó y resistió el corcel cuanto le fué posible: al fin no tuvo más remedio que entrar en el agua metiendo poco á poco las patas, luego el vientre y la grupa, y el cuello despues, hasta que apenas se le distinguia en la superficie: no podia ya retroceder á la orilla, mientras sintiera entre sus orejas la amenazadora vara: no le quedaba al desgraciado más alternativa que la de ahogarse en el camino, ó atravesar á nado el estrecho hasta las playas africanas.
Ya habia perdido Orlando de vista la tierra y la barca que le hiciera abandonar la enjuta playa, pues una y otra estaban muy lejanas, y las elevadas y movibles ondas las ocultaban á sus miradas, á pesar de lo cual seguia excitando á su caballo, dispuesto á atravesar el mar de una á otra costa; mas el corcel, lleno de agua y vacío de alma, dejó de vivir y de nadar á un tiempo mismo, yéndose al fondo, donde habria precipitado á su ginete, si Orlando no tuviera los brazos fuera del mar. El Paladin empezó á agitar las piernas y las manos, sosteniéndose á flor de agua, y apartando con sus vigorosos resoplidos las olas que iban á estrellarse en su rostro. El aire era muy suave y el mar estaba tranquilo: harto necesitaba el Paladin de aquella tregua que los elementos le concedian; pues á poco que el primero hubiese agitado al segundo, probablemente habria perecido sepultado en el abismo; mas la Fortuna, protectora de los locos, le hizo arribar á una playa situada á unos dos tiros de flecha de las murallas de Ceuta. Durante algunos dias fué recorriendo á la ventura y con su ordinaria rapidez toda la costa en direccion de Levante, hasta que se encontró con un innumerable ejército de guerreros moros formado en la playa.
Dejemos al Paladin vagando errante, pues ya tendremos tiempo de volver á ocuparnos de él. En cuanto á lo que fué de Angélica despues de haberse librado tan oportunamente de las manos del Conde y de proporcionarse un buen bajel, que con un tiempo bonancible la transportó á su patria, en donde dió á Medoro el cetro de la India, tal vez lo cantará otro con mejor plectro que yo. Por lo que á mí hace, tengo tantas otras cosas que referiros, que no pienso tratar ya de esta.
Necesito pulsar las cuerdas de mi lira cantando los hechos del Tártaro, el cual, una vez ahuyentado su rival, disfrutaba contento de la posesion de la mujer más encantadora que existia en Europa desde que partió Angélica y subió al cielo la casta Isabel. Pero el altanero Mandricardo no pudo gozar por mucho tiempo de los deleites que le ofrecia la predileccion demostrada hácia él por Doralicia, porque aun tenia dos contiendas pendientes: la una con el jóven Rugiero, que no le cedia el águila blanca; y la otra con el famoso rey de Sericania, que pretendia arrebatarle la espada Durindana. Agramante y Marsilio se esforzaban inútilmente por hacerles llegar á un acomodo; pero lejos de lograr de ellos que renovaran su antigua amistad, no podian siquiera conseguir que Rugiero cediese á Mandricardo el escudo del héroe troyano, ni que Gradasso renunciara á sus pretensiones sobre la famosa espada: el primero estaba decidido á impedir que el Tártaro se sirviera de su escudo en una nueva lid, y el segundo se negaba asimismo á consentir que hiciese uso del acero tan gloriosamente manejado por Orlando, como no fuera combatiendo con él. Al fin dijo Agramante:
—Basta ya: la fortuna decidirá esta cuestion: sometámonos á ella y aceptemos lo que prefiera. Y si deseais complacerme y merecer mi gratitud eterna, echad suertes para saber quién de los dos debe combatir el primero; mas con la condicion de que el favorecido se encargará de sostener ambas contiendas, de suerte que al ganar su causa, ganará tambien la de su compañero, y si la pierde, se entenderá que ha perdido por los dos. Poca ó ninguna diferencia creo que haya entre el valor de Rugiero y el de Gradasso, y estoy persuadido de que cualquiera de los dos á quien designe la suerte, enaltecerá el lustre de sus armas. La victoria recaerá despues en quien disponga la divina Providencia: y el vencido no será objeto de censura, porque todo se atribuirá á la veleidosa fortuna.
Rugiero y Gradasso escucharon en silencio la proposicion de Agramante, y convinieron despues en que cualquiera de ellos que fuese designado, deberia sostener sus respectivas contiendas. Escribieron en seguida sus nombres en dos papeletas de igual forma y tamaño, las echaron en una urna que agitaron algun tiempo, y luego un niño metió la mano en ella, sacando uno de los dos billetes, el cual contenia el nombre de Rugiero, quedando por lo tanto dentro el del Sericanio. No es posible decir la alegría que sintió Rugiero al oir su nombre, ni el dolor que su mala suerte causó á Gradasso; mas le era fuerza someterse á los designios del cielo. Desde el mismo momento cifró todo su conato en ayudar y favorecer á Rugiero, dándole uno por uno todos los consejos que le suministraba su experiencia, ya diciéndole el modo de cubrirse con el escudo ó de parar los golpes con la espada, ya designándole cuáles debian ser los ataques falsos y cuáles los seguros, y ya tambien en qué casos era conveniente aventurar un golpe ó abstenerse de darlo.
Pasó el resto de aquel dia aconsejándole, mientras los amigos de Mandricardo hacian lo mismo con respecto á este, segun era uso y costumbre. El pueblo, ávido de presenciar la lucha, se agolpó presuroso en torno del palenque, y no contentos muchos con tomar puesto desde antes del amanecer, pasaron en él toda la noche. Aquella muchedumbre insensata gozaba de antemano con la pelea de dos valerosos caballeros; pues como siempre acontece al populacho, no comprendia ni veia más allá de lo que tenia delante de los ojos; pero Sobrino, Marsilio y otros jefes más expertos y prudentes, que sabian distinguir entre lo útil y lo perjudicial, censuraron ágriamente aquella lucha, y sobre todo á Agramante, porque toleraba que se llevase á cabo. No cesaban de recordarle los graves perjuicios que causaria al ejército sarraceno la muerte de Rugiero ó del Tártaro, cualquiera que fuese el designado por su mala estrella, asegurándole que más necesidad tendrian de uno solo de los dos guerreros para hacer frente á los soldados del hijo de Pepino, que de otros diez mil mahometanos, entre los cuales costaria trabajo encontrar uno bueno. Harto conoció el rey Agramante la razon que asistia á los que así le aconsejaban; pero ya era tarde para retirar su consentimiento. Suplicó, no obstante, á Mandricardo y á Rugiero que le devolviesen la palabra empeñada, con tanto mayor motivo, cuanto que su querella no tenia importancia alguna, y por lo mismo, no era digna de que empuñasen las armas para resolverla; añadiéndoles que, si á pesar de estas reflexiones se negaban á complacerle, debian por lo menos diferir la lucha por cinco ó seis meses, más ó menos, hasta el momento en que consiguieran arrojar á Cárlos de sus estados, despojándole del cetro, de la corona y del manto. Aun cuando tanto uno como otro deseaban ardientemente obedecer á su rey, los dos permanecieron inflexibles, temiendo el baldon que recaeria sobre el primero que accediese á ajustar la tregua propuesta por Agramante.
La hermosa hija de Estordilano unió sus ruegos á los del Rey, esforzándose con la mayor vehemencia en aplacar la furia de su amante, y gastando inútilmente sus palabras, sus súplicas, sus lamentos y sus lágrimas. Le rogaba que consintiera en lo propuesto por el monarca africano, y que quisiera lo que todo el ejército queria, y se lamentaba de que su tenacidad la hacia arrastrar una existencia llena de angustia y de zozobras.
—¡Triste de mí! exclamaba: ¿cómo he de hallar remedio á mi constante inquietud, si siempre os veo dispuesto á vestir la armadura y empuñar la espada contra unos ú otros? ¿Qué consuelo puede haber proporcionado á mi afligido corazon el gozo de ver terminada la querella que por mí se suscitó entre vos y Rodomonte, si va á estallar el incendio de otra más terrible? ¡Ay de mí! ¡Cuán necia fuí en mostrarme orgullosa al ver que un rey tan digno, un caballero tan fuerte, exponia su vida en peligrosa y sangrienta lid por alcanzar mi posesion, cuando hoy le veo arrostrar la misma suerte por un motivo tan frívolo! ¡La ferocidad innata en vuestro corazon fué la que entonces os inspiró, y no el amor que por mí sintierais! Pero si es verdad que vuestro amor sea tan grande como habeis pretendido manifestarme siempre, por él os ruego, y por el insufrible martirio que me lacera el alma y me despedaza el corazon, que no os cuideis de si Rugiero ostenta todavía en su escudo el águila blanca; pues no se me alcanza el perjuicio ó la utilidad que podeis reportar de que se desprenda de tal enseña ó que continúe usándola. De la batalla que estais dispuestos á llevar á cabo, no puede resultar ninguna ventaja, y sí un inmenso daño. Suponiendo que despues de mucho trabajo arranqueis el águila á Rugiero, ¿qué recompensa esperais obtener? En cambio, si os vuelve el rostro la Fortuna, á la que no teneis por cierto asida de su cabello, causareis un daño tan enorme, que solo al pensar en él siento que el corazon se me parte de dolor. Si teneis en tan poco la vida, que no vacilais en exponerla por un águila pintada, deberíais apreciarla, aunque solo fuera porque vuestra vida es la mia; porque no se extinguirá la una sin que se extinga la otra, y porque, como no me será doloroso morir con vos, estoy dispuesta á seguiros en muerte lo mismo que en vida os he seguido; pero no quisiera que mis últimos momentos fueran tan amargos como lo serán si pereceis antes que yo.