Con estas y semejantes palabras, acompañadas de lágrimas y suspiros, no cesó Doralicia en toda la noche de incitar á su amante á la paz. Mandricardo, aspirando el dulce llanto que brotaba de los húmedos ojos de la jóven, así como las enamoradas quejas que exhalaban aquellos lábios más encendidos que la rosa, respondió, dando á su vez libre paso á las lágrimas:

—Por piedad, vida mia, no os atormenteis así por una cosa tan insignificante; pues aunque Carlomagno y el rey de África con sus ejércitos de sarracenos y franceses reunidos desplegasen sus banderas en contra mia, no deberíais abrigar el más ligero temor. En poco estimais mi esfuerzo y mi denuedo si un solo Rugiero os hace temblar por mi suerte. ¿Habeis olvidado, por ventura, que solo, sin espada ni cimitarra, y sin tener más armas que el asta de una lanza, me abrí paso á través de una multitud de guerreros armados? Aunque con vergüenza y dolor, no tiene Gradasso inconveniente en referir á cuantos se lo preguntan, que le retuve cautivo en uno de mis castillos de Siria. Y sin embargo, la fama de Gradasso aventaja á la de Rugiero. Tampoco niega este mismo rey, ni vuestro Isolier, ni el rey circasiano Sacripante, ni los famosos Grifon y Aquilante, ni otros cien guerreros, así moros como cristianos hechos prisioneros el dia anterior, que únicamente á mí debieron su libertad. Aun no ha cesado el asombro que les causó la extraordinaria hazaña que llevé á cabo aquel dia, mucho mayor de lo que pudiera serlo la destruccion del ejército moro y del cristiano por mi solo esfuerzo. ¿Y ahora podrá Rugiero, jóven inexperto, causarme algun daño ó la menor afrenta, luchando conmigo frente á frente? ¿Y ahora que poseo á Durindana y la armadura de Héctor, ha de infundirme miedo ese Rugiero? ¡Ah! ¿Por qué me habeis impedido demostrar si yo era capaz de obtener vuestra posesion por medio de las armas? Si así hubiera sido, estoy seguro de que conoceríais mi valor lo bastante para prever el fin que le espera á Rugiero. Enjugad, por Dios, esas lágrimas: no me hagais tan tristes presagios, y estad persuadida de que mi honor, y no el águila pintada en un escudo, es el que me obliga á batirme mañana.

En estos términos se expresó el Tártaro; pero su tristísima amada opuso tales razonamientos á los suyos, que no solo eran capaces de hacerle mudar de propósito, sino tambien de conmover á una roca. Iba ya á vencer su resistencia, por más que solo pudiera oponer sus débiles atavíos mujeriles á la armadura de Mandricardo, y ya le habia arrancado la promesa de complacerla en el caso de que el Rey volviera á hablar de nuevo acuerdo, como indudablemente lo habria hecho; pero tan pronto como brilló la risueña aurora, precursora del Sol, el animoso Rugiero, deseoso de demostrar á los ojos de todos que llevaba el águila con justo derecho, y por no oir hablar más de treguas ni de aplazamientos, cuando lo que anhelaba era abreviar la lucha, se presentó haciendo resonar su trompa en el palenque, en cuya estacada se agolpaba una numerosa muchedumbre.

No bien llegó á los oidos del orgulloso Tártaro el arrogante sonido que le retaba á singular batalla, cuando saltó del lecho negándose á escuchar una palabra más de paz, y pidió sus armas, con tan terrible aspecto, que la misma Doralicia no se atrevió á insistir en sus súplicas, dando ya por inevitable la pelea. Mandricardo se armó apresuradamente, esperando con la mayor impaciencia que sus escuderos concluyeran de servirle; saltó en seguida sobre el excelente corcel que perteneció en otro tiempo al bravo defensor de París, y partió á escape hácia el terreno elegido para terminar con las armas en la mano la contienda, llegando á él al mismo tiempo que el monarca; de suerte que no se hizo esperar mucho la señal del ataque.

Colocaron á los dos adversarios sus lucientes yelmos en la cabeza, les entregaron sus respectivas lanzas, y el agudo sonido de los clarines, que resonó acto contínuo, demudó los semblantes de mil espectadores. Los caballeros pusieron la lanza en ristre; clavaron los acicates en los hijares de sus corceles, y se acometieron con tal ímpetu, que no parecia sino que el Cielo iba á hundirse y á abrirse la Tierra.

Por una y otra parte se veia acudir la blanca ave que sostiene á Jove por la region del aire, como todavía se la ve volar por la Tesalia, si bien con distinto plumaje. Al verles blandir sus macizas entenas, se conocia la nobleza y ardimiento de uno y otro campeon, y mucho más al verles resistir ese choque terrible, tan vigorosamente como las torres resisten el huracan, ó los escollos á los furiosos embates de las olas. Las lanzas volaron hechas pedazos hasta el Cielo, y segun afirma Turpin, verídico en este punto, dos ó tres de aquellos fragmentos volvieron á caer en la Tierra encendidos, por haber penetrado en la esfera del fuego.

Los caballeros desnudaron inmediatamente sus espadas, y sin que su corazon diera cabida al más mínimo temor, volvieron á acometerse, dirigiendo cada uno la punta de su acero al rostro de su adversario. Hiriéronse en la visera al primer encuentro; y aun cuando ambos intentaban derribarse mútuamente, no quisieron matar los caballos, lo cual fuera una cosa censurable, porque los pobres animales no tienen la culpa de las luchas de sus señores. El que suponga que habian convenido de antemano en respetar la vida de sus corceles, ignora la costumbre antigua y se equivoca mucho; porque sin necesidad de pacto alguno, se consideraba como un acto vergonzoso y digno de vilipendio el de herir al caballo del enemigo. Hiriéronse en las viseras, que, á pesar de ser muy dobles, apenas resistieron la violencia del golpe: estos se renovaban sin cesar, cayendo sobre las armaduras más espesos que el granizo cuando destroza las ramas, las hojas, los frutos y destruye las codiciadas mieses. Ya sabeis si Durindana y Balisarda tenian buen temple, y lo que valian manejadas por tales manos.

Mas aun no se habian dado ningun golpe digno de su brazo: ¡tan sobre aviso estaban uno y otro! Mandricardo fué el primero en causar daño á su enemigo, poniendo á Rugiero á punto de perecer. Uno de esos mandobles tremendos que solo aquellos campeones sabian dar, partió por la mitad el escudo de Rugiero, le abrió la coraza é hizo penetrar el cruel acero hasta la carne viva. Aquella terrible sacudida heló de espanto á los circunstantes, temerosos de la suerte de Rugiero, hácia quien se mostraban favorablemente dispuestos todos ó la mayor parte de ellos; y si la Fortuna se mostrara propicia á los deseos de la mayoria, ya hubiera sido muerto ó aprisionado Mandricardo: hé aquí la causa de que aquel golpe alcanzara á todos los presentes. Yo creo que algun ángel se interpuso para salvar entonces al caballero.

Rugiero, más terrible que nunca, correspondió dignamente y sin demora á tan cruel acometida, descargando otro golpe más violento con su espada en la cabeza del Tártaro; pero su impetuosa cólera le hizo obrar con demasiada precipitacion, por lo cual le disculpo si entonces no hirió de corte á su adversario. Si Balisarda le hubiera alcanzado de filo, de nada habria servido el yelmo de Héctor, á pesar de estar encantado. Tan aturdido dejó aquel golpe á Mandricardo, que se le escapó la brida de la mano, y osciló tres veces en la silla, próximo á caer de cabeza, mientras iba corriendo al rededor del palenque aquel Brida-de-oro; cuyo nombre ya conoceis, que soportaba mal de su grado el peso de su nuevo señor. La serpiente que se siente pisada ó el leon herido, no sienten una cólera y un furor semejantes al del Tártaro en cuanto se rehizo del golpe que le habia privado de sentido: á medida que crecian su ira y su despecho, crecian tambien su fuerza y su valor. Hizo dar á Brida-de-oro un salto hácia Rugiero, levantó la espada, empinóse en los estribos, y dirigiendo el tajo al almete, creyó rajarle aquella vez desde la cabeza al pecho; pero Rugiero fué más diligente, porque aprovechando el momento en que su enemigo tenia el brazo levantado para herirle, le introdujo la punta de su cortante espada en el sobaco derecho, defendido tan solo por la cota de malla; hizo en esta un gran boquete, y retiró de nuevo su Balisarda teñida en roja y humeante sangre. De este modo impidió que Durindana cayera impetuosa sobre él con inminente riesgo de su vida; mas no pudo evitar por completo el golpe, que le obligó á caer sobre la grupa con los ojos cerrados por el dolor: si el yelmo de Rugiero hubiera sido de peor temple, aquella cuchillada habria dejado eterna memoria de sus funestos efectos.

Incansable Rugiero, atacó otra vez á Mandricardo, alcanzándole con su acero en el costado derecho: de nada sirvió la escogida calidad del metal, ni lo perfecto de su temple, contra aquella espada que jamás caia en vano; pues estaba encantada con el único objeto de que no pudieran resistirle ni las corazas, ni las mallas encantadas. Rajó cuanto encontró á su paso, y causó una nueva herida en el costado del Tártaro, el cual prorumpió en blasfemias contra el Cielo, manifestándose tan furiosamente irritado, que el tempestuoso mar es menos pavoroso. Para hacer un esfuerzo supremo y decisivo, arrojó lejos de sí el escudo azul en que campeaba el águila blanca, y empuñó el acero con ambas manos.