—¡Ah! exclamó Rugiero: basta esta accion para probar que eres indigno de llevar esa enseña: la abandonas ahora y antes la cortaste; ya no podrás sostener que te es necesaria.
Al decir estas palabras, sintió caer á Durindana sobre su cabeza con tanta furia, que le habria parecido menor el peso de una montaña. El acero le partió por medio la visera, y fué una suerte para él que se hallase separada del rostro: desde allí bajó hasta el arzon, que á pesar de estar forrado con dos chapas de hierro no opuso resistencia; y llegó al fin al arnés, abriéndole cual si fuese de cera, juntamente con la mantilla que le cubria, é hirió tan gravemente á Rugiero en un muslo que su curacion fué despues larga y penosa.
Dos regueros de sangre teñian ya las armas de ambos combatientes: los circunstantes no podian calcular quién llevaba la mejor parte en aquella lucha. Pero Rugiero disipó pronto esta duda por medio de su espada, tan funesta para muchos; pues esgrimiéndola de punta, la dirigió hácia el sitio que el Tártaro dejó en descubierto despues de haber arrojado su escudo. El acero atravesó la coraza por el lado izquierdo, en donde penetró más de un palmo, abriéndose paso hasta el corazon; por lo cual Mandricardo tuvo que renunciar á sus pretendidos derechos sobre el águila blanca y sobre la famosa espada de Orlando, renunciando al mismo tiempo á su vida, que le era mucho más preciosa que la espada ó el escudo. Pero no expiró sin venganza: en el momento en que recibia el golpe mortal, descargó precipitadamente la espada, que tan sin derecho estaba en su poder, sobre Rugiero, al cual habria partido la cabeza, si este jóven guerrero no le hubiese privado antes de su fuerza y debilitado su vigor. Sin embargo, Mandricardo pudo herir á Rugiero en el momento mismo en que este le arrancaba la vida, rompiendo con su Durindana un círculo de hierro bastante grueso y una cofia de acero: la espada del Tártaro desgarró la piel y traspasó los huesos, penetrando más de dos dedos en la cabeza del amante de Bradamante que cayó aturdido en la arena, vertiendo un rio de sangre por su herida. Rugiero fué el primero en medir el suelo: su adversario tardó aun algunos instantes en caer, por lo cual creyeron todos los circunstantes que Mandricardo era el vencedor; y hasta la misma Doralicia, que todo aquel dia habia pasado por mil distintas alternativas de afliccion y alegría, participó del error comun, y elevó las manos al Cielo en accion de gracias al Eterno por que hubiese tenido tal término la pelea. Pero cuando por algunas señales harto manifiestas apareció vivo el que vivia y sin vida el muerto, sustituyó la satisfaccion á la tristeza en el pecho de los amigos de Rugiero.
El Rey, los príncipes y los caballeros más nobles corrieron á abrazar al jóven héroe, que se levantaba penosamente, y le felicitaron ensalzando su victoria hasta lo infinito: todos se alegraban del triunfo de Rugiero, expresando sus lábios lo que su corazon sentia, menos Gradasso que pensaba de un modo muy diferente de como se expresaba, y si en su rostro se veia retratado un fingido gozo, envidiaba en su interior tan gloriosa victoria, y maldecia el destino ó la casualidad que hizo salir de la urna el nombre de Rugiero.
¿Cómo podré describir los plácemes y los innumerables agasajos, llenos de cariño y sinceridad, que el monarca africano prodigó aquel dia á Rugiero, sin cuyo auxilio no habia querido desplegar al viento su banderas, ni salir de África, ni arrostrar los azares de la guerra, á pesar de las numerosas huestes con que contaba? Pero despues de haber dado muerte al hijo del rey Agrican, tenia á su vencedor en más que á todos los guerreros del mundo reunidos. Y no eran solamente los hombres los que celebraban á porfía la intrepidez de Rugiero, sino tambien las hermosas damas que habian acudido al territorio franco desde África y España con los ejércitos sarracenos: hasta la misma Doralicia, que, bañada en llanto, se dolia de su afliccion junto al helado cadáver de su amante, hubiera tal vez imitado á las demás, si no la contuviera la vergüenza. Esto lo supongo, más no lo afirmo, aun cuando es muy posible; porque además de que la belleza, los méritos, el noble aspecto y los atractivos de Rugiero rendian todos los corazones, sabemos por experiencia que Doralicia era tan veleidosa, que por no verse privada de amor, habria fijado sin dificultad su pensamiento en el jóven guerrero. Mandricardo le convenia mientras estaba vivo; pero ¿qué habia de hacer de él despues de muerto? Forzoso seria sustituirle con otro amante apuesto, vigoroso y dispuesto á calmar el ardor de sus deseos.
En el ínterin habia llegado con presteza el médico más hábil de la corte, el cual, despues de examinar todas las heridas de Rugiero, declaró que no eran mortales. Agramante hizo llevar á su tienda al herido, deseando tenerle á su lado dia y noche para demostrarle su afecto y sus solícitos cuidados. Suspendió por su propia mano á la cabecera de su lecho, el escudo y todas las armas que fueron de Mandricardo, excepto Durindana, que entregó al rey de Sericania. Juntamente con dichas armas puso á disposicion de Rugiero á Brida-de-oro, aquel arrogante corcel que Orlando abandonara al ser acometido por su delirante furor. Rugiero, deseoso de ofrecer al afectuoso monarca un obsequio que no podia menos de serle grato, le regaló este mismo caballo. Pero cesemos por ahora de hablar del héroe, y volvamos á ocuparnos de quien por él gime y suspira en vano. Fuerza me será describir los amorosos tormentos que aquella prolongada expectativa hacia sufrir á Bradamante.
Al regresar Hipalca á Montalban, se apresuró á comunicar á la jóven las noticias que con tan viva impaciencia esperaba, refiriéndole primeramente cuanto le sucedió con Rodomonte por causa de Frontino; despues le manifestó cómo habia encontrado á Rugiero en la fuente con Riciardeto y los hermanos de Agrismonte, y cómo se alejó en compañía del jóven guerrero con la esperanza de encontrar al Sarraceno y castigarle por la felonía que habia cometido con una dama al apoderarse del corcel que llevaba: añadióle que se habia frustrado su designio por haberse marchado Rodomonte por otro camino, y le dió cuenta por último de la causa que impedia á Rugiero ir á Montalban, sin olvidar ninguna de las palabras que en su descargo le habia encomendado el jóven que trasmitiera á Bradamante. Despues se sacó del seno la carta que para ella le habia dado su amante, y se la entregó.
Bradamante, con rostro más bien turbado que sereno, leyó aquella carta, que le habria satisfecho mucho más, si no estuviese de antemano consentida en ver á Rugiero. El temor, el despecho y la tristeza que le causó la recepcion de una simple misiva, en vez del amante á quien esperaba, turbaron la serena tranquilidad de su rostro, á pesar de lo cual besó cien y cien veces la carta, dirigiendo su corazon al que la habia escrito. Sus ardientes suspiros habrian abrasado aquel papel, á no haberlo impedido las lágrimas que sobre él derramó. Leyó cinco ó seis veces su contenido, é hizo que Hipalca le repitiera otras tantas todos los detalles de su entrevista con Rugiero. Las lágrimas no la abandonaban un momento, y es de creer que no hubiera tenido término su llanto, si no lo calmara la esperanza y el consuelo de ver pronto á su amado. Este habia prometido ir á Montalban en el término de quince á veinte dias, y así se lo habia asegurado á Hipalca, jurándole que no dejaria de cumplir su promesa.
—¿Y quién me asegurará, exclamaba Bradamante, que no le puede sobrevenir alguno de esos accidentes que ocurren en todas partes, y mucho más en medio de los azares de la guerra, y le aparte tanto de su propósito que le impida para siempre su regreso? ¡Ay de mí! Rugiero, ¡ay de mí! ¿Quién podria creer que amándote yo más que á mí misma, no tuvieras reparo en sacrificar mi amor por dedicarlo á tus enemigos más irreconciliables? Das tu generosa ayuda á los mismos que debieras oprimir: y en cambio oprimes á los que debes auxiliar. Al ver que tan ciegamente premias ó castigas, dudo si es baldon ó es alabanza lo que crees merecer. Tu padre fué inmolado por Trojano; debes saberlo, porque hasta las piedras tienen noticia de esta muerte; y tú, sin embargo, procuras que el hijo de Trojano no tenga que sufrir daño ni deshonra. ¿Es así como vengas á tu padre, Rugiero? ¿Toda la recompensa que á tus ojos merecen los que le han vengado, consiste en hacerme morir de pena y de dolor, á mí, que soy de la misma sangre de sus vengadores?
Tales reconvenciones dirigia la afligida Bradamante, no una, sino muchas veces, á su ausente Rugiero, con voz ahogada por su llanto. Hipalca procuraba consolarla, asegurándole que el guerrero guardaria eternamente sus juramentos, y aconsejándole que le esperase, ya que no podia hacer otra cosa, hasta el dia fijado por él mismo para su regreso. Las consoladoras palabras de Hipalca, y la esperanza que jamás abandona á los amantes, lograron calmar el temor, el llanto y la afliccion de Bradamante. Decidiose, pues, á permanecer en Montalban hasta que terminara el plazo designado por Rugiero y tan mal observado por él, aunque si faltó á su promesa, no tuvo por cierto la culpa; pues juguete de acontecimientos diversos, se vió obligado á aplazar el término pactado. Por otra parte, sus heridas exigieron que yaciese más de un mes tendido en el lecho á las puertas de la muerte: tanto fué lo que se agravaron despues de su lucha con el Tártaro.