La enamorada jóven le esperó ansiosa é inútilmente todo el dia, sin tener otras noticias de Rugiero que las suministradas por Hipalca y despues por su hermano, que le dió cuenta del desinteresado auxilio que le prestó el jóven y de la libertad devuelta por él á Malagigo y Viviano. Estas noticias, en extremo gratas para su corazon, produjeron en él cierta amargura. Riciardeto le habia ponderado el gran valor y la belleza de Marfisa, y le habia añadido que Rugiero se marchó en su compañía, diciendo que debian dirigirse á auxiliar á Agramante, acorralado y sin fuerzas para sostenerse ya en su campamento. Bradamante aprobó que Rugiero fuera tan dignamente acompañado; pero ni pudo aplaudirlo ni alegrarse, por lo mismo que oprimia su pecho una cruel sospecha. Si Marfisa era tan bella como pregonaba la fama, y hasta aquel dia habian viajado siempre juntos, seria un milagro que Rugiero no la amase ya. Desechaba despues esta idea, y esperaba y temia al mismo tiempo, aguardando con zozobra el dia que debia hacerla dichosa ó desventurada, sin alejarse un solo momento de Montalban.
Sucedió por entonces que el Señor del castillo, el primero de sus hermanos (no por la edad, pues habia dos mayores que él, sino por su ilustre fama), Reinaldo, en fin, cuya gloria y esplendor se reflejaban en su familia como los rayos del Sol en las estrellas, llegó un dia al castillo á la hora de nona[34], no llevando más que un paje en su compañía. La causa de su venida consistió en que, al regresar un dia desde Brava á Paris, camino que, segun he dicho, recorria con frecuencia por ver si lograba dar con las huellas de Angélica, llegó á sus oidos la fatal noticia de que Malagigo y Viviano iban á ser entregados al de Maguncia, por lo cual se encaminó á Agrismonte. Allí supo que se habian salvado con la destruccion y muerte de todos sus adversarios; que á Marfisa y Rugiero se debia tan heróica y humanitaria accion, y que sus hermanos y primos estaban ya de vuelta en Montalban. Impaciente entonces por estrecharlos contra su pecho, le parecia un año cada hora que pasaba sin verlos, y voló hácia el castillo, donde tuvo el placer de abrazar á su madre, su mujer, sus hijos y sus hermanos, así como á los primos que habian gemido hasta entonces en la cautividad, asemejándose, cuando se vió rodeado de todos sus parientes, á la golondrina que regresa al nido de sus hambrientos hijuelos llevándoles el alimento en el pico.
Regreso de Reinaldo á su castillo.
(Canto XXX.)
Habiendo descansado un dia ó dos en el castillo paterno, se ausentó de nuevo haciendo que le acompañaran sus hermanos Riciardo, Alardo, Riciardeto y Guiciardo el mayor de ellos, así como Malagigo y Viviano, todos los cuales tomaron las armas y siguieron al valiente Paladin. Bradamante, esperando que se aproximara el tiempo que tan lentamente transcurria para su anhelante deseo, dijo á sus hermanos que se hallaba indispuesta, y se excusó de ir con ellos. Con harta razon les manifestó que estaba enferma; pero no por causa de la fiebre ó de algun dolor físico, sino por el deseo que excitaba su alma y la hacia padecer una languidez amorosa.
Reinaldo no quiso detenerse más en Montalban, y se llevó consigo la flor de los guerreros de su familia. El canto siguiente os dirá cómo se acercó á Paris, y cuánto auxilio dió á Carlomagno.
CANTO XXXI.
Guido combate con Reinaldo; pero conociéndose despues mútuamente, suspenden la lucha y se prodigan las mayores muestras de cariño.—Siguen su marcha á Paris, y derrotan á las gentes de Agramante.—Brandimarte encuentra á Rodomonte mientras iba en busca de Orlando, y se bate con él, saliendo vencedor el Sarraceno.—Reinaldo sostiene una lucha más terrible con el rey de Sericania, por haberse empeñado este en arrebatar al Paladin su caballo Bayardo.
¿Qué otro estado puede haber más dulce y más placentero que el de un corazon enamorado? ¿Qué otra existencia más feliz y más envidiable que la del que está sujeto al yugo del amor, si el hombre no se viera excitado continuamente por esa cruel sospecha, ese temor, ese martirio, ese frenesí, esa rabia, en fin, que llaman celos? Cualquiera otra amargura que se interponga entre los suavísimos deleites del amor no hace más que aumentar, perfeccionar y purificar, si cabe, su exquisita delicadeza. La sed hace que el agua nos parezca sabrosa y agradable, y el hambre permite que apreciemos mejor los manjares que la satisfacen: el que no ha experimentado los desastres de la guerra, desconoce el inapreciable valor de la paz. Aun cuando los ojos no ven lo que nunca se aparta del corazon, el de todo amante se resigna á la ausencia del objeto amado; pero al regresar este, la alegría es tanto mayor cuanto más prolongada ha sido la ausencia. Puede soportarse el yugo del amor cuando este no es correspondido, si nos queda algun indicio de esperanza; pues tarde ó temprano se alcanza la recompensa que la constancia merece. Los desdenes, las negativas, todas las penas y los martirios que el Amor ocasiona, redundan en su mismo beneficio; porque el placer que más nos ha costado conseguir, es el que se disfruta con mayor deleite. Pero si el contagio infernal de los celos derrama su mortífero veneno en un alma agitada y predispuesta á recibirlo, no logra el amante destruir sus perniciosos efectos, aun cuando su presencia devuelva la alegría y el consuelo á aquella alma atormentada. Los celos producen la más cruel y emponzoñada de las heridas, contra la que no valen medicinas, ni emplastos, ni exorcismos, ni hechicerías, ni la prolongada observacion de los astros, ni todos los experimentos que durante su vida pudo hacer Zoroastro, el inventor del arte mágica: herida terrible, que hace sentir al hombre todos los dolores conocidos, y le mata de desesperacion.