¡Oh llaga incurable, tan fácilmente impresa en el corazon de un amante por la más leve sospecha, falsa ó verdadera! ¡Llaga que se apodera del hombro hasta el punto de ofuscarle la razon y la inteligencia y alterar por completo su primitivo aspecto! ¡Oh celos inícuos, que tan injustamente habeis arrebatado á Bradamante todo consuelo! No me refiero ahora precisamente á lo que Hipalca y Riciardeto le dijeron, y que tan amargamente impreso quedó en su corazon, sino á otra noticia infausta y desconsoladora que recibió algunos dias despues. Todo cuanto he dicho hasta ahora es nada en comparacion de lo que tengo aun que referiros; pero lo aplazo para otra ocasion, pues antes es preciso que volvamos á reunirnos con Reinaldo y sus compañeros, que se dirigian á París.

Hacia la tarde del segundo dia de viaje, encontraron á un caballero, cuya sobrevesta y escudo eran negros, si bien el segundo estaba atravesado por una faja blanca. Aquel caballero iba acompañando á una dama. En cuanto estuvo á corta distancia de Reinaldo y sus compañeros, desafió á Riciardeto, que iba delante de todos, y que por su aspecto parecia un animoso campeon: Riciardeto, pronto siempre á aceptar tales proposiciones, volvió riendas, tomó el terreno necesario, y sin decirse una sola palabra ni preguntarse siquiera su condicion, se lanzaron de improviso uno contra otro. Reinaldo y los demás caballeros se hicieron á un lado para ver el resultado de aquel encuentro.—«No tardaré en derribar á mi adversario, si consigo que mi lanza tropiece donde acostumbro á dirigir el bote», decia para sí Riciardeto; pero el efecto no correspondió á su intencion: el caballero le dió una lanzada en la visera del casco con tal violencia, que lo arrancó de la silla y lo echó á rodar por el camino á bastante distancia de su caballo. Alardo quiso encargarse en el acto, de vengarle, y á su vez midió el suelo, aturdido y maltrecho: tan terrible fué aquel encuentro, del que salió además con el escudo hecho pedazos. Guiciardo enristró sin demora la lanza, en cuanto vió á sus hermanos por el suelo; á pesar de que Reinaldo gritaba: «Detente, detente, que ahora me toca á mí.» Aun no se habia puesto el casco, cuando ya Guiciardo se precipitaba sobre su adversario; pero no supo sostenerse mejor que los dos anteriores, y sin saber cómo se encontró tendido á su lado.

Riciardo, Viviano y Malagigo quisieron hacer frente al guerrero desconocido; mas Reinaldo, armado ya completamente, interrumpió su generosa porfía, exclamando:

—Necesitamos estar pronto en París, y llegaríamos demasiado tarde, si tuviese que esperar á que cada uno de vosotros fuese derribado sucesivamente.

Pronunció estas palabras de modo que no le oyeron los demás; pues de lo contrario hubiera sido una injuria demasiado grave para ellos.

Reinaldo y su contendiente tomaron el terreno necesario, y se acometieron con sin igual violencia. Rudo fué el choque; pero el Paladin, que valia por sí solo tanto como todos sus compañeros juntos, permaneció firme en la silla: las lanzas se hicieron añicos, como si fueran de vidrio; mas ninguno de los combatientes se inclinó una sola línea hácia atrás. Los corceles chocaron uno contra otro con tal fuerza, que se vieron obligados á doblar los cuartos traseros: Bayardo se rehizo al momento, de modo que apenas interrumpió su carrera; pero el caballo del guerrero negro salió con la columna vertebral rota, y cayó sin vida. El caballero, al ver muerto á su corcel, dejó los estribos y se puso rápidamente en pié, diciendo al hijo de Amon, que se dirigia hácia él sin empuñar otra arma:

—Señor: el sentimiento que me ha causado la muerte de este corcel, á quien tuve en grande estima mientras vivió y del que acabas de privarme, no me permite dejarle sin venganza, porque va en ello mi honra: así, pues, prepárate á empezar de nuevo el combate; pero te aconsejo que eches mano de toda tu bravura para defenderte de mí.

Reinaldo le respondió:

—Si la pérdida de ese caballo es el único motivo que tienes para renovar la lucha, te daré uno de los mios no menos excelente que el tuyo, y de este modo quedará aquella recompensada.