Hablando de esta suerte, llegaron á la tienda, donde Reinaldo manifestó á sus compañeros que aquel caballero era Guido á quien deseaban conocer tanto tiempo hacia. Todos le acogieron con sumo gozo, y á todos les pareció que se asemejaba á su padre. No me detendré en explicar la acogida que le hicieron Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos, así como Viviano, Aldigiero y Malagigo, sus primos, ni repetiré tampoco las cariñosas frases que mútuamente se dirigieron; solo diré, en conclusion, que fué cordialmente recibido por todos ellos.

Si en todo tiempo hubiera sido grata á sus hermanos la presencia de Guido, lo fué para ellos mucho más en aquella ocasion en que tan útiles podian serles sus auxilios. Apenas el nuevo Sol salió del seno de las aguas, coronado de luminosos rayos, cuando Guido emprendió la marcha con sus hermanos y primos bajo el estandarte de Montalban. Tan rápidamente caminaron por espacio de dos dias, que llegaron á la orilla del Sena, á unas diez millas de las asediadas murallas de Paris, donde su buena fortuna hizo que encontráran á Grifon el blanco y Aquilante el negro, los dos guerreros de impenetrable armadura, hijos de Gismunda y de Olivero. Estaban conversando con una doncella que por su aspecto no parecia de condicion humilde, pues vestia un rico traje blanco, adornado con franjas de oro: su rostro era plácido y bello; aun cuando lo anublaba algun tanto el llanto y la tristeza: en la expresion de sus facciones y en sus ademanes se conocia que hablaba de cosas muy importantes.

Guido conoció al instante á entrambos caballeros, y fué conocido tambien por ellos, en atencion á que no hacia muchos dias que se habian separado.

—Hé ahí, dijo á Reinaldo, dos guerreros á quienes pocos aventajan en valor: si llegaran á reunirse con nosotros en defensa de Cárlos, seguro estoy de que los sarracenos no se atreverian á hacernos frente.

Reinaldo confirmó la opinion de Guido, manifestando que los dos hermanos eran unos perfectos campeones. Tambien él los habia conocido en el esmerado adorno de sus personas y en las sobrevestas, blanca la del uno y negra la del otro, que llevaban constantemente sobre la armadura. Grifon y Aquilante se apresuraron á saludar á Guido, á Reinaldo y sus hermanos, y olvidando antiguas disensiones, estrecharon amistosamente al señor de Montalban entre sus brazos. En otro tiempo se batieron con encarnizamiento por culpa de Trufaldin, cuya aventura seria larga de contar; pero á la sazon se acogieron con cariño fraternal, dando su rencor al olvido. Reinaldo se volvió despues á Sansonetto, que habia tardado un poco más en reunirse con ellos, y le saludó con la reverencia debida á su reconocido valor, del que estaba ya plenamente informado.

En cuanto la doncella vió llegar á Reinaldo y le hubo conocido (pues trataba á todos los paladines), le comunicó una noticia harto triste.

—Señor, le dijo, tu primo Orlando, á quien tanto deben la Iglesia y el Imperio; ese héroe tan famoso y tan prudente hasta ahora, ha perdido el juicio y vaga errante por el mundo. Ignoro las causas de un suceso tan extraordinario como deplorable; pero sí puedo asegurarte que he visto su espada y sus demás armas esparcidas por el campo; y he visto además cómo un caballero cortés y compasivo las fué recogiendo una á una, y formó con ellas un hermoso trofeo, colgándolas en un arbusto, de donde el hijo de Agrican arrancó aquel mismo dia la espada, quedándose con ella. ¡Gran desgracia ha sido para los cristianos el que Durinda na haya vuelto otra vez á poder de los infieles! Mandricardo se apoderó asimismo de Brida-de-oro, que vagaba libremente en derredor de las armas de su dueño. Aun no hace muchos dias, que ví á Orlando correr desnudo por los montes, sin rubor y sin conocimiento, lanzando gritos y aullidos espantosos: en resúmen, te afirmo que está loco, y nunca hubiera podido dar crédito á un acontecimiento tan cruelmente deplorable, á no verlo por mis propios ojos.

Despues refirió cómo le habia visto caer del puente abajo, luchando á brazo partido con Rodomonte.

—Hablo de estos sucesos, añadió la doncella, con todos aquellos á quienes creo amigos de Orlando, para ver si entre tantos hay alguno que, movido á compasion, procure traerlo á Paris ó á otro sitio seguro, donde permanezca hasta recobrar la razon.