Aquella dama era la bella Flor-de-lis, á quien Brandimarte amaba más que á sí mismo, la cual se dirigia á París por ver si allí lograba encontrar á su amante. Puso tambien en conocimiento de Reinaldo las disputas y combates sostenidos entre el Sericanio y el Tártaro por la posesion de Durindana; diciéndole por último, que á causa de la muerte de Mandricardo, habia pasado á poder de Gradasso.
Al recibir una noticia tan extraordinaria como triste, Reinaldo prorumpió en desconsoladores lamentos, sintiendo que su corazon se deshacia en llanto, lo mismo que el hielo se deshace al calor de los rayos del Sol. Al instante formó la incontrastable resolucion de buscar á Orlando, donde quiera que se hallara, lisonjeándose de antemano con la esperanza de obtener su curacion si llegaba á encontrarle; pero ya que por la voluntad del cielo, ó por efecto la casualidad se habia reunido en aquel sitio un grupo de guerreros tan escogidos, no quiso alejarse de allí sin poner antes en fuga á los sarracenos, y obligarles á levantar el asedio de París. Creyó, no obstante, oportuno diferir el ataque hasta que se hiciera completamente de noche, lo cual redundaria en ventaja suya, y resolvió por lo tanto acometer al enemigo hácia la tercera ó cuarta vigilia, cuando el agua del Leteo hubiera esparcido el sueño por todos los párpados.
Hizo que sus compañeros se retiraran á un bosque, donde permanecieron ocultos durante el resto del dia; pero en cuanto el Sol, dejando á la Tierra envuelta en la oscuridad, regresó al seno de su antigua nodriza, y los osos, cabras, serpientes y otras fieras[37], que habian estado ocultas mientras brillaba el más resplandeciente de los astros, adornaron el cielo, Reinaldo puso en movimiento su silenciosa hueste, y seguido de Grifon, Aquilante, Viviano, Alardo, Guido y Sansonetto, se adelantó cosa de una milla á sus demás compañeros, con paso cauteloso y sin proferir una sola palabra. Halló dormidos á los guardias de Agramante; los pasó á cuchillo sin perdonar á uno solo la vida, y llegó en seguida hasta el centro del campamento moro con tanto sigilo, que no fué visto ni oido. Tan destrozada dejó Reinaldo la primera guardia que encontró en el campo de los infieles, que no quedó un solo guerrero con vida; de suerte que los sarracenos, soñolientos, aterrados é inermes, no pudieron oponer gran resistencia al choque irresistible de sus impetuosos acometedores. Para infundir mayor espanto en los sorprendidos mahometanos, hizo Reinaldo que sus compañeros lanzaran penetrantes gritos, mezclando con los sonidos de sus trompas y clarines su nombre invencible y famoso. Lanzó al combate á su Bayardo, y el noble bruto, animado del mismo ardor que su dueño, traspuso de un salto las barreras, derribó ginetes, aplastó peones, y destrozó pabellones y barracas. Al oir resonar por el aire los formidables nombres de Reinaldo y Montalban, no hubo un solo soldado en el ejército pagano, por valiente que fuese, á quien no se le erizaran los cabellos. Españoles y africanos empezaron á huir en confuso tropel, sin perder tiempo en recoger sus armas y equipages; pues ninguno queria detenerse á probar los crueles efectos del impulso asolador de sus enemigos. Guido iba en pos de Reinaldo, y tanto él como los dos hijos de Olivero, Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos, imitaban las heróicas acciones del Paladin: Sansoneto se abria ancho camino con su espada, y Aldigiero y Viviano daban evidentes pruebas de su destreza en el manejo de las armas: todos, en fin, competian en denuedo y bizarría, agrupándose en torno del estandarte de Claramonte.
Reinaldo tenia en Montalban y en las aldeas inmediatas setecientos soldados acostumbrados á soportar en todo tiempo las fatigas de la guerra, aunque no tan malos como los mirmidones de Aquiles[38]. Cada uno de por sí era tan ardoroso en el combate, que mil contrarios no hubieran podido hacer huir á un centenar de ellos, y puede asegurarse que muchos de tales soldados competirian ventajosamente con los caballeros más afamados. Aun cuando Reinaldo no poseia grandes riquezas en tesoros ni en ciudades, su generosidad, sus modales francos y su sencillez le habian granjeado la estimacion y el cariño de aquellos soldados, en términos de que ni uno solo quiso abandonar jamás su bandera, á pesar de las más brillantes ofertas. El Paladin no alejaba nunca de Montalban á su pequeño ejército, excepto cuando á ello le obligaba una necesidad imperiosa; pero entonces, deseando prestar á Carlomagno un eficaz auxilio, se decidió á dejar en su castillo una guarnicion muy reducida, y acudió con sus tropas á atacar á Agramante. Los pocos centenares de hombres, de quienes acabo de ocuparme, hicieron en los sarracenos el mismo estrago que causa el lobo voraz en los rebaños de ovejas que pastan en las orillas del falanteo Galeso[39], ó el terrible leon en los de cabras que se apacientan junto á las márgenes del bárbaro Cinifio[40].
Reinaldo habia dado al Emperador aviso prévio de su llegada á las inmediaciones de París, y de su intencion de asaltar por la noche de improviso el campamento mahometano: en virtud de dicho aviso, hizo Carlomagno los preparativos convenientes, y cuando llegó el momento oportuno, acudió en auxilio del Señor de Montalban con sus Paladines y con el hijo del rico Monodante, el prudente y leal amante de Flor-de-lis, á quien esta jóven habia ido buscando en vano durante tantos dias por casi toda la Francia. La doncella conoció á Brandimarte desde lejos por la enseña que acostumbraba llevar, y en cuanto él la conoció á su vez, dejó el combate, y lleno de gozo, corrió á abrazarla estampando en sus mejillas mil cariñosos besos. En los tiempos antiguos se tenia tal confianza en la virtud de las doncellas y de las mujeres, que las dejaban viajar sin compañía alguna por montes y llanuras y por los países extranjeros: á su regreso las tenian por tan buenas y puras como al partir, sin que en el corazon de los amantes ó de los maridos se albergara la más lijera sospecha en contra de su honestidad.
Flor-de-lis se apresuró á participar á su amante que Orlando se habia vuelto loco. Parecióle á Brandimarte tan increible y desconsoladora aquella noticia, que á haberla oido de otros lábios, la habria tenido por una calumnia; pero no pudo dudar de la veracidad de la hermosa Flor-de-lis, á quien solia dar crédito en cosas más graves. Afirmóle la doncella, que no habia oido, sino visto por sus propios ojos tan lamentable desgracia, y que conocia perfectamente al Conde á quien solia tratar con alguna intimidad: le dijo el sitio y el momento en que le vió, y le describió el puente peligroso donde Rodomonte se oponia al paso de todos los caballeros, si no le entregaban sus ropas y sus armas para engalanar con ellas un sepulcro suntuoso construido por su órden. Añadió que habia presenciado la furiosa locura de Orlando, viéndole llevar á cabo cosas horribles y prodigiosas, y concluyó describiendo la lucha del Paladin con el Pagano, que estuvo á punto de perecer sepultado en las aguas.
Brandimarte, que amaba al Conde cuanto es posible amar á un compañero, á un hermano ó á un hijo, se dispuso á buscarlo, arrostrando si necesario fuese las mayores fatigas y peligros para lograr que el arte de la medicina ó el de los encantamientos restituyera la razon á aquel cerebro enfermo; y armado á caballo, como estaba, se puso en camino, acompañado de Flor-de-lis. Dirigieron su ruta hácia el sitio en que la doncella habia visto al Conde, y de jornada en jornada, llegaron al puente guardado por el rey de Argel. El vigía hizo la señal acostumbrada: los escuderos presentaron las armas y el caballo á Rodomonte, el cual terminó sus preparativos bélicos en el momento en que Brandimarte se presentaba en la entrada del puente. El Sarraceno le gritó con su ferocidad habitual:
—Quien quiera que seas, tú, á quien un extravío del camino ó de la mente ha hecho que la suerte dirija hasta aquí tus pasos, apéate del caballo, abandona tus armas y tributa homenaje á este sepulcro, si no quieres que te inmole y te haga servir de víctima propiciatoria á los manes de la que en él yace. Yo sabré obligarte á ello, si así no lo haces, y entonces no tendré consideracion contigo.
Brandimarte no se dignó responder al arrogante Sarraceno sino enristrando su lanza. Clavó el acicate á Batoldo, su excelente corcel, y se lanzó sobre el infiel con una bizarría digna de competir con la de los campeones más formidables. Rodomonte, á su vez, atravesó el puente á rienda suelta y lanza en ristre. Acostumbrado el caballo del infiel á recorrer aquel estrecho paso, y á hacer caer con frecuencia desde él ya á uno, ya á otro caballero, avanzaba con entera seguridad; pero el de Brandimarte se adelantaba vacilante, espantado y tembloroso. Extremecióse el puente: al peligro que ofrecia su angostura y la falta de pretiles, añadióse el riesgo de un inminente hundimiento.
Los dos caballeros, diestros en toda clase de combates, empezaron á descargarse golpes nada suaves con sus lanzas, que parecian vigas, y conservaban el mismo espesor que tenian al ser cortadas de sus troncos silvestres. El vigor y la agilidad de sus respectivos caballos no pudieron contrastar la violencia de los golpes; por lo cual ambos corceles cayeron sobre el puente, revueltos en confuso monton con sus ginetes. Al quererse levantar con la precipitacion á que los excitaba la aguda é insistente punta del acicate, les faltó el terreno necesario para afirmar la planta, y cayeron ambos en el agua, produciendo un estrépito que resonó en los Cielos, lo mismo que en otro tiempo resonó en ellos el estruendo producido por nuestro rio cuando se precipitó en él el inexperto conductor de la luz[41].