Los caballos fueron á parar con todo el peso de sus ginetes, que permanecieron firmes en la silla, hasta el fondo del rio, con intencion sin duda de ver si encontraban alguna ninfa bella. No era aquel el primero ni el segundo salto que el Pagano habia dado en aquellas ondas con su intrépido corcel, por lo cual sabia cómo estaba el fondo, dónde se hallaba el terreno firme ó blando, y los sitios en que las aguas eran más ó menos profundas: así fué que sacó inmediatamente fuera del rio la cabeza y los brazos, y procuró alcanzar á Brandimarte, valiéndose de todas sus ventajas. Este se vió al principio arrastrado por la corriente; pero despues su caballo se hundió en la arena, y no pudiendo salir de ella, puso al ginete en inminente peligro de perecer. Asaltóles despues una ola con tal fuerza, que elevándolos á una considerable altura, los hizo rodar por donde habia mayor profundidad, quedando Brandimarte debajo de su caballo.

Flor-de-lis, pálida y afligida, presenciaba desde el puente aquella lucha; y al ver el peligro de su amante, recurrió á las lágrimas, á los ruegos y á los votos.

—¡Ah, Rodomonte! exclamaba: en nombre de aquella cuya memoria quieres honrar, no seas tan cruel que dejes perecer ahogado á tan valiente caballero. Si has amado alguna vez, generoso guerrero, apiádate de mí, que tanto amo á tu adversario. Conténtate, por favor, con hacerle prisionero, y con que sus armas adornen ese sepulcro; porque esas armas serán el trofeo más brillante de cuantos has formado en él con los despojos de tantos caballeros.

Tan penetrantes al par que expresivas fueron las súplicas de la atribulada doncella, que conmovieron al Rey pagano, á pesar de su crueldad, haciendo que se apresurara á socorrer á Brandimarte, á quien tenia su corcel sepultado en el abismo, y estaba próximo á perecer á causa de tanta agua como habia tragado. Sin embargo, antes de auxiliarle, le quitó el Sarraceno la espada y el casco, despues de lo cual le sacó del rio, é hizo que le condujeran á la torre con los demás cautivos.

Cuando Flor-de-lis vió á su amante sepultado en una prision, perdió toda esperanza; sin embargo, antes que verle perecer en el rio, preferia mil veces aquel triste resultado del que se culpaba á sí misma, y á nadie más; pues ella habia sido causa del viaje de Brandimarte, por haberle referido su encuentro con el Conde en el peligroso puente. Alejóse de allí con la esperanza de llevar á Reinaldo, Guido el Salvaje, Sansoneto ú otro caballero de la corte de Pepino, famoso por sus hazañas en Mar y Tierra, á propósito para hacer frente al Sarraceno y si no más valiente, más feliz al menos de lo que Brandimarte habia sido. Muchos dias anduvo sin encontrar un caballero que por su aspecto le pareciera capaz de luchar con Rodomonte y salvar á su amado. Despues de buscar con insistencia un guerrero tal como lo deseaba, tropezó por fin con uno, que llevaba una sobrevesta rica, lujosa y recamada de ramas de ciprés. Más adelante os diré quién era este caballero, pues antes me es forzoso regresar á París, para continuar refiriéndoos el destrozo que en los moros causaron Reinaldo y Malagigo.

Imposible de todo punto me seria contar el número de los fugitivos y mucho menos el de los que fueron á parar á los rios del Infierno. Turpin, que se habia tomado el trabajo de contarlos, no logró terminar por haberle sorprendido en su tarea las sombras de la noche[42].

Entregado al primer sueño estaba en su tienda el rey Agramante, cuando despertó sobresaltado al oir á un caballero, que le gritaba que huyera cuanto antes, si no queria caer prisionero. Tendió el monarca una mirada en torno suyo, y quedó asombrado al ver el desórden de sus gentes, que huian á la desbandada en todas direcciones, sin pensar en hacer frente al enemigo, desarmados y desnudos, pues ni tiempo habian tenido para embrazar sus rodelas. Turbado, confuso y sin saber qué partido tomar, hizo Agramante que le pusieran la coraza, cuando se presentaron Falsiron, su hijo Grandonio, Balugante y los demás capitanes, participándole el peligro que corria de quedar muerto ó prisionero; añadiendo que, si lograba salvar su persona, bien podia decir que le era propicia la suerte. Esta fué la opinion unánime de Marsilio, Sobrino y todos los demás jefes sarracenos; los cuales aseguraron al monarca que su ruina no pendia más que de la llegada de Reinaldo, el cual avanzaba rápidamente, y que si esperaba á que viniese el Paladin con toda su gente, podia tener por cierto que él y sus amigos perderian la vida ó serian hechos prisioneros por el enemigo. Aconsejáronle en tan apurado trance que reuniera los escasos restos de su ejército, y se retirara con ellos á Arlés ó Narbona, plazas fuertes ambas y capaces de mantener un sitio prolongado: de este modo lograria dos cosas: poner en salvo su persona, y vengar tarde ó temprano aquella afrenta, rehaciendo de una vez sus tropas, que tomando nuevamente la ofensiva, conseguirian á no dudarlo aniquilar á las de Carlomagno.

Agramante aceptó el parecer unánime de sus capitanes, por más que lo creyese muy duro, y emprendió la retirada hácia Arlés, marchando, ó mejor dicho, volando por el camino que más seguro le pareció, favorecido en su fuga por las tinieblas nocturnas y por los excelentes guias que llevaba. Entre españoles y africanos, apenas pudieron escapar veinte mil hombres de la bien urdida emboscada de Reinaldo. El que pudiera contar los infieles que acuchilló el Paladin, los que degollaron sus hermanos y los dos hijos del señor de Viena, los que mordieron el polvo á los golpes de los setecientos hombres de armas de Reinaldo, y los que, en su desatentada fuga, se ahogaron en el Sena, contaria tambien las hojas que esparcen Favonio y Flora en el mes de Abril.

Hay quien supone que á Malagigo se debió en gran parte aquella victoria nocturna, no porque hubiese cortado muchas cabezas, ni enrojecido el campo con la sangre de sus enemigos, sino porque con el poder de su arte hizo que saliera de las profundas cavernas del Tártaro una inmensa multitud de espíritus infernales con tantas banderas y tantas lanzas, que en toda la extension de la Francia no podria colocarse otro ejército igual al que formaron. Supónese tambien que hizo resonar tantos clarines, tantos tambores y tan discordantes ruidos, tantos relinchos de caballos, tantos gritos y tal tumulto y confusion, que sus ecos vibraron en las llanuras, montes y valles de las comarcas más lejanas, infundiendo de este modo un pánico irresistible en los moros, que no pudieron menos de buscar su salvacion en la fuga.