No olvidó el Rey de África á Rugiero, que continuaba enfermo de gravedad á consecuencia de sus heridas; hizo que le colocaran lo más cómodamente posible en un corcel de suave andadura, y cuando llegó á un sitio en que ya no habia peligro, lo mandó trasladar á una nave que le condujo hasta Arlés, en cuya ciudad debia reunirse todo su ejército. Los que á Reinaldo y á Carlomagno volvieron las espaldas (cien mil, ó poco menos, segun creo), procuraron escapar de manos de los franceses, dispersándose por los campos, los bosques, los montes y los valles; pero la mayor parte de ellos encontró el paso interceptado, y enrojeció con su sangre lo que era verde y blanco.

No corrió igual suerte el rey de Sericania, cuya tienda estaba bastante apartada del campamento. Al llegar á su noticia que el señor de Montalban era el que atacaba á sus amigos, inundó tal júbilo su corazon, que se entregó á los más vivos arrebatos de alegría, dando gracias á su Dios por haberle proporcionado aquella noche la deseada ocasion de conquistar á Bayardo, aquel incomparable corcel. Creo haberos dicho ya en otra parte, que el rey Gradasso habia anhelado durante largo tiempo dos cosas: ceñir la excelente Durindana, y cabalgar en el sin par Bayardo. Con este objeto pasó á Francia á la cabeza de un ejército de cien mil hombres, y habia desafiado á Reinaldo para disputarle la posesion de su caballo, acudiendo á la orilla del mar donde esperaba efectuar la pelea; pero Malagigo echó por tierra sus planes, haciendo que su primo se alejara á pesar suyo de aquellas costas á bordo de un bajel. Seria prolijo referir esta historia; pero sí debo hacer constar que desde entonces tuvo Gradasso por cobarde y vil al esforzado Paladin. Por este motivo se alegró tanto el Sericanio al oir que Reinaldo era quien atacaba el campamento sarraceno. Púsose sin demora sus armas, montó en su alfana, y se dirigió en busca del señor de Montalban á través de la oscuridad. Fué tendiendo á sus piés sin vida á cuantos encontraba: sin cuidarse de si los que le salian al paso eran soldados franceses ó africanos, vibraba indistintamente contra ellos su temible lanza. Recorriendo el campo en todas direcciones, cuidaba tan solo de buscar á Reinaldo, llamándole muchas veces por su nombre con estentórea voz: poco á poco se fué acercando al sitio en que eran más espesos los cadáveres de los combatientes, hasta que al fin logró hallarse frente á frente con el Paladin, y del primer choque volaron sus lanzas hechas astillas hasta el estrellado carro de la noche.

Cuando Gradasso conoció al Paladin, no por que viera en él enseña alguna, sino por sus horribles golpes, y por Bayardo que parecia dueño absoluto del campo, no tardó en echarle en cara lo indignamente que en otro tiempo faltó á su palabra, dejando de presentarse en el terreno el dia en que debia batirse con él.

—Esperabas sin duda, añadió, que porque entonces pudiste escapar de mis manos, no volveríamos á encontrarnos nunca: bien ves ahora que tus esperanzas han quedado defraudadas. Debes estar persuadido de que, aun cuando te ocultaras en las profundidades de la laguna Estigia ó te remontaras hasta el cielo, lo mismo te seguiria á través de las tinieblas eternas, que á través de la luz celestial, mientras conservaras en tu poder ese caballo. Si tu corazon no te proporciona el ánimo suficiente para contrarestarme; si estás convencido de que no puedes igualarte á mí, y prefieres la vida al honor, fácilmente puedes salvarla, con tal que me entregues en paz tu palafren. De este modo podrás vivir, ya que te es tan cara la vida; pero vivirás á pié, porque serás indigno de montar á caballo, ya que tan mal cumples con las reglas de caballería.

Riciardeto y Guido el Salvaje estaban presentes cuando el Sarraceno dirigió los anteriores reproches al Paladin, é irritados al ver tanta insolencia, desenvainaron á un tiempo sus aceros para castigarle por ella; mas Reinaldo se opuso á su resolucion, y no toleró que se infiriese el menor ultrage á Gradasso, exclamando:

—¿Por ventura, no soy yo solo suficiente para escarmentar al que se atreve á ultrajarme?

Dirigiéndose despues hácia el Pagano, añadió:

—Escucha, Gradasso: quiero ante todo probarte, si me prestas atencion, que fuí á la playa con objeto de llevar á cabo nuestro combate, despues de lo cual sostendré con las armas en la mano la verdad de mis palabras: por de pronto te diré, que mientes como un villano al acusarme de haber faltado á las reglas de caballería. Ruégote, sin embargo, que antes de empezar esta nueva lucha, dés oidos á mi legítima y verdadera excusa, á fin de que no vuelvas á dirijirme injustas reconvenciones: en seguida disputaremos á pié la posesion de Bayardo, frente á frente, y en sitio apartado, tal como en tu primer desafío deseaste.

El rey de Sericania era cortés, como suelen serlo todos los que tienen un corazon magnánimo, y accedió á oir las excusas del Paladin. Encaminóse con él á la orilla del rio, donde Reinaldo, en breves frases, expuso claramente los motivos de su ausencia, poniendo al cielo por testigo de la veracidad de sus asertos: llamó despues al hijo de Buovo, el único que estaba completamente informado de todas las circunstancias que para aquella mediaron, el cual explicó, sin añadir ni quitar una sílaba, el encanto de que se habia valido para impedir la realizacion del combate.

—Lo que acabo de probarte por medio de testigos, concluyó diciendo al Paladin, quiero demostrártelo tambien con las armas, y espero que ellas te servirán de testimonio más convincente en este mismo momento ó cuando te plazca.