El rey Gradasso, que no queria dejar por la segunda su primera querella, escuchó tranquilamente las disculpas de Reinaldo, aunque dudando si eran falsas ó verdaderas. Designaron para teatro de su segundo combate, no ya la playa de Barcelona, donde debió efectuarse el primero, sino una llanura regada por una fuente cercana, á la que convinieron en acudir á la mañana siguiente. Reinaldo prometió llevar allí su caballo, que seria colocado á igual distancia de ambos contendientes, con la condicion de que si el Rey mataba al Paladin, ó le hacia prisionero, quedaba el corcel por suyo; pero si Gradasso resultaba muerto, ó se entregaba á su adversario, Durindana pasaria á poder de este. Segun dije antes, Reinaldo habia oido de los lábios de Flor-de-lis, con gran asombro y mayor desconsuelo, que su primo habia perdido la razon, así como la contienda que se suscitó despues por causa de sus armas, y finalmente que Gradasso logró quedarse con aquel acero que tantos laureles proporcionara á Orlando.
Una vez puestos de acuerdo, volvió el rey de Sericania á reunirse con sus escuderos, á pesar de que el Paladin le dirigió las más vivas instancias para que aceptara su hospitalidad. Apenas despuntó el alba, armóse el Rey pagano: Reinaldo hizo otro tanto, y ambos llegaron simultáneamente cerca de la fuente, donde debia decidirse quién seria el dueño de Bayardo y Durindana. Los amigos de Reinaldo parecian temerosos por el éxito del combate que debia llevarse á cabo sin testigos entre este y Gradasso, y de antemano se lamentaban de la decision del Paladin: Gradasso unia á su extraordinaria sagacidad una audacia y un vigor incomparables, y como además, á la sazon ceñía la espada del hijo del gran Milon, su temor por Reinaldo era hasta cierto punto natural. Pero á quien tenia especialmente inquieto y desasosegado aquel desafío, era al hermano de Viviano, que de buena gana hubiera hecho lo posible por dejarlo sin efecto; mas no se atrevió á arrostrar por segunda vez el enojo y la cólera que le habia demostrado su primo, cuando impidió que se realizara el primer combate arrebatando al Paladin á bordo de una nave.
Mientras que todos estaban temerosos, inquietos y angustiados, Reinaldo se alejó alegre y tranquilo esperando librarse del baldon que una sospecha injuriosa habia hecho recaer sobre él, para sellar eternamente los lábios de los señores de Hautefeuille y Poitiers. Caminaba, pues, con celeridad, seguro y confiado en alcanzar los honores del triunfo. Cuando Reinaldo por un lado y Gradasso por otro llegaron casi al mismo tiempo junto á la cristalina fuente, se saludaron con suma cortesía, y se trataron con tan amistosa cordialidad cual si les unieran los estrechos vínculos del cariño y de la sangre. Creo oportuno dejar para otra ocasion el relato del combate que se siguió entre ambos.
CANTO XXXII.
Mientras Bradamante esperaba á Rugiero, recibe noticias que le oprimen el corazon. Dícenle que Marfisa ha conquistado su amor, por lo cual se entrega al dolor y al llanto.—Aléjase enteramente sola de Montalban para dar muerte á Marfisa, y en el camino encuentra á Ulania con tres reyes, á los que desafía y vence.
Recuerdo ahora que debia hablaros de una sospecha que asaltó la imaginacion de la hermosa dama del herido Rugiero (y á decir verdad, aunque os lo habia prometido, se me olvidó despues); de una sospecha mucho más desagradable y cruel que la primera, y tambien más aguda y emponzoñada que la que le atravesó el corazon con su acerado dardo, á consecuencia de las noticias que Riciardeto le diera. Debia ocuparme de ella y empecé, sin embargo, á hablar de otra cosa, por haberse interpuesto Reinaldo, y porque luego Guido me dió bastante qué hacer, cuando entretuvo algun tiempo al Paladin en su camino. Pasando así de uno á otro asunto, resultó que me olvidé de Bradamante; pero ya que ahora he refrescado mi memoria, seguiré mi interrumpido relato antes de referir la pelea de Reinaldo y Gradasso. Sin embargo, antes de proseguir, os diré algunas palabras acerca de Agramante, que se ocupaba en reunir en Arlés el resto de las tropas que habian podido librarse de la matanza nocturna.
La ciudad de Arlés era un lugar muy á propósito para servir de punto de reunion, y para aguardar refuerzos y proveerse de víveres, teniendo la España próxima, el África en frente, y bañándola un rio que desemboca en el mar. Marsilio hizo que se reunieran bajo sus banderas todos los hombres de sus estados aptos para el combate, así infantes como ginetes, y dispuso además que se armaran en Barcelona, de grado ó por fuerza, todos los buques á propósito para sostener una batalla naval. Agramante celebraba diariamente consejo con sus capitanes; no perdonaba gasto ni fatiga alguna, y agoviaba con ruinosos impuestos y exacciones á todas las ciudades de África. A fin de obtener, aunque en vano, de Rodomonte que regresara á su lado, hizo que le ofrecieran en su nombre la mano de una prima suya, hija de Almonte, prometiéndole en dote el hermoso reino de Oran. El arrogante sarraceno se negó á alejarse del puente, donde habia vencido á cuantos caballeros llegaron al peligroso paso, y habia reunido ya tantas armas y despojos, que el sepulcro casi desaparecia bajo ellos.
Marfisa no quiso observar la conducta de Rodomonte: apenas supo que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno; que sus gentes habian quedado muertas, prisioneras ó fugitivas, y que él mismo se habia visto en la dura necesidad de retirarse á Arlés con los escasos restos de su ejército, sin esperar otro aviso, acudió presurosa á su lado para prestarle el apoyo de su brazo, y ofrecerle su vida y hacienda. Llevó consigo á Brunel, y se lo restituyó sano y salvo al monarca, despues de haberle tenido diez dias y diez noches en medio de las angustias que le causaba la cruel espectativa de verse ahorcado de un momento á otro; pero como la guerrera vió que nadie abrazaba su defensa ni lo reclamaba, le devolvió la libertad por no manchar sus manos con sangre tan ruin y despreciable. Perdonóle, pues, todas sus antiguas injurias, y le llevó consigo á Arlés, ofreciéndolo á Agramante. Fácilmente supondreis el júbilo que al monarca causaria el inesperado auxilio de la doncella: para demostrarle de un modo evidente la gran estimacion que de él hacia, quiso valerse de Brunel, como de la prueba más terminante, y dió órden de que le impusieran el mismo suplicio con que le habia amenazado la guerra: Brunel fué ahorcado, y su cadáver, abandonado en un sitio inculto y yermo, sirvió de pasto á los cuervos y á los buitres. La justicia divina hizo entonces que Rugiero estuviese enfermo y no pudiera interceder por el ladron, ó quitarle del cuello el lazo mortal, como ya lo hizo en otra ocasion: cuando lo supo, ya se habia llevado á cabo la ejecucion, de suerte que Brunel pereció abandonado de todos.