Bradamante se lamentaba entre tanto de la lentitud con que transcurrian los siete dias, término fijado para que Rugiero regresara á su lado y abrazase la verdadera fé: su impaciencia solo era comparable á la de los que gimen en la esclavitud ó en el destierro, los cuales creen que no llega nunca el dia en que han de recobrar su libertad ó han de disfrutar de la vista siempre anhelada y agradable de la patria querida. Más de una vez pensó, en medio de su abrumadora espectacion, que Eton ó Pirous[43] se habrian quedado cojos, ó que las ruedas del carro del Sol estarian estropeadas, cuando tardaban en girar mucho más tiempo del acostumbrado. Cada dia que pasaba le parecia más largo que aquel en que el justo Hebreo, lleno de fé santa, produjo un entorpecimiento en el cielo[44], y cada noche más prolongada que aquella en que Hércules fué concebido[45]. ¡Ah! ¡Cuántas veces envidió la suerte de los osos, de los lirones y de los tejones soñolientos! Hubiera querido pasar durmiendo, sin despertar un momento, todo el tiempo que faltaba para que Rugiero se presentase, y sin poder oir otra cosa hasta que su amante la sacara de su sueño con su grata voz; pero no solo no le era posible hacerlo así, sino que ni siquiera lograba conciliar el sueño por lo menos una hora cada noche. Agitábase continuamente en el lecho; huia de ella el reposo; á cada momento se levantaba á abrir la ventana para ver si la esposa de Titon empezaba á esparcir sus blancas azucenas y encarnadas rosas á los primeros albores del Sol naciente. Y sin embargo, en cuanto aparecia este con todo su fulgor, ansiaba ya ver el cielo cubierto de estrellas.

Cuando solo faltaban tres ó cuatro dias para que expirara el plazo, aguardaba llena de esperanza á cada momento que se presentara un mensajero diciéndole: «Ya está aquí Rugiero.» Subia con frecuencia á una elevada torre, desde la que se descubrian á lo lejos los bosques, los campos y el camino que conducia de París á Montalban. Si veia brillar una armadura, ó divisaba á alguno que por su aspecto le pareciera un caballero, creia conocer en él á su deseado Rugiero, y se despejaba su frente y sus radiantes ojos. Si veia algun transeunte á pié ó desarmado, creia ver en él al mensajero de su esperanza; y aun cuando resultaban siempre defraudados sus deseos, reproducíanse en ella, no obstante, las mismas alternativas de esperanza y contrariedad.

Esperando encontrarle, cubríase algunas veces con sus armas, bajaba del monte y recorria la llanura: como no le veia por ninguna parte, suponia que habria llegado ya á Montalban por otro camino, y entonces regresaba al castillo con la misma ansiedad con que de él habia salido, sufriendo una nueva decepcion. De este modo pasó dias y dias á cual más tristes, y entre tanto expiró el plazo tan esperado por ella. Pero transcurrió otro dia, dos, tres, seis, ocho y veinte sin ver á su esposo ni recibir la menor noticia suya: entonces, convertida su angustia en desesperacion, prorumpió en quejas tales, que hubieran sido capaces de enternecer á las mismas Furias coronadas de serpientes en sus antros infernales; se golpeó el seno y se mesó los dorados cabellos.

—¿Será posible, exclamaba, que me vea obligada á perseguir con mi amor al ingrato que huye y se aparta de mí? ¿Habré de adorar al que me desdeña? ¿Debo suplicar al que se muestra sordo á mis quejas? ¿He de tolerar que reine en mi corazon el que así me ódia, al que tan envanecido está de sí mismo, que solo una diosa inmortal descendida del Olimpo podria encender en su pecho la llama del amor? ¡Ay! ¡Harto sabe ese guerrero altivo que le amo y le adoro con toda mi alma, y sin embargo, no me quiere ni por amante ni por esclava: convencido está de que por él padezco y me muero, y probablemente espera para socorrerme á que la muerte haya cerrado mis ojos! Teme ver mis lágrimas y oir el relato de mi contínuo sufrimiento, que bastaria para obligarle á ceder en su proterva tenacidad, y se oculta de mí, como puede ocultarse el áspid para conservar su venenosa ira cuando teme oir sonidos armoniosos. Amor, deten por piedad á ese rebelde, que huye libre y velozmente de mi lenta persecucion, ó vuélveme al feliz estado del que me hiciste salir cuando no estaba sojuzgada por tí ni por nadie. Pero ¡cuán necia soy al confiar en tí! Demasiado sé que no te ablandan los ruegos ni las súplicas, y que te deleitas, ó más bien que vives y te alimentas tan solo de las lágrimas que haces brotar á raudales de los ojos de tus víctimas. Mas ¡ah! ¡Desgraciada! ¿A quién he de acusar sino á mi insensata pasion, que me remonta á tanta altura á través de los aires, que llega hasta la region donde se abrasan sus alas, y no pudiendo sostenerse, me precipita desde el Cielo á la Tierra? ¡Y si á lo menos concluyeran aquí mis males!... Pero no; es forzoso que mi pasion vuelva á remontarse y arder de nuevo, para que el dolor que sufro no tenga nunca fin! Mas, en vez de lamentarme de mi pasion, ¿no debo culpar más bien á mi propia insensatez, que me obligó á darle entrada en mi corazon y dejarla adquirir un dominio tan grande sobre él, que ha arrancado á la razon de su asiento, viéndome ya sin fuerza para resistir á su poder? Ya no es tiempo de vencerla ni dominarla, aunque me lleva constantemente de mal en peor, y estoy segura de que bajaré pronto al sepulcro, porque esta ansiedad aumenta por momentos mi martirio.—Pero ¿por qué me acrimino de este modo? ¿En qué ha consistido mi falta sino en amarle? ¿Y es esto de extrañar cuando su hermosura se apoderó de improviso de mis sentidos, dominados por la debilidad natural de mi sexo? ¿Por qué habia de resistir y defenderme de su extremada belleza, de su noble apostura y de sus expresivas frases? ¡Ah! ¡Cuán desgraciado es el que se niega á ver la luz del Sol! Y además de que así lo quiso mi destino, ¿no consiguieron vencer mi resistencia otras palabras dignas de crédito? ¿No se me pintó con los colores más vivos la felicidad que debia ser la recompensa de este amor? Si los acentos persuasivos de Merlin fueron finjidos, si sus consejos fueron engañosos, deberé lamentarme de su falacia, pero no dejar de amar á Rugiero. De Merlin, y aun tambien de Melisa me quejo y me quejaré eternamente; pues si hicieron que los espíritus infernales me ofrecieran á la vista los descendientes de mi estirpe, fué tan solo para tenerme en una esclavitud perpétua por medio de una esperanza engañosa, aun cuando no comprendo la razon que les instigó á obrar así, como no fuera la de estar envidiosos de mi dulce, segura y tranquila felicidad.

Tanto abrumaba el dolor á Bradamante, que hacia inaccesible su corazon á todo consuelo; y sin embargo, á pesar de su intensidad, no pudo impedir que se abriera paso hasta su pecho un rayo de esperanza, trayendo á su memoria las tiernas frases con que Rugiero se habia despedido de ella, cuyo recuerdo, venciendo á los contrarios afectos que á la doncella agitaban, hizo que esperara de hora en hora el regreso de su amante con más resignacion. Esta esperanza la sostuvo por espacio de un mes, despues de transcurridos los veinte dias, é hizo más llevadera su cruel y continuada angustia.

Un dia que, segun su costumbre, iba recorriendo el camino por donde esperaba que vendria Rugiero, llegó á sus oidos una noticia que disipó la débil esperanza que aun la sostenia. Encontró casualmente á un caballero gascon, procedente del campamento africano, donde habia permanecido prisionero desde el dia en que se dió la gran batalla delante de Paris. Despues de dirigirle varias preguntas sobre diferentes asuntos, Bradamante entró de lleno en la cuestion, causa de su constante inquietud, y le pidió noticias de Rugiero, limitando á él desde entonces toda su conservacion. El caballero le suministró las noticias que deseaba, pues estaba perfectamente enterado de cuanto habia ocurrido en la corte de Agramante, y le describió el combate personal que Rugiero sostuvo con Mandricardo, diciendo que el Tártaro habia quedado muerto en el campo; pero que su vencedor salió tan mal herido, que permaneció más de un mes postrado en el lecho, inspirando su vida sérios temores. Si el caballero hubiese terminado aquí su narracion, esta sola hubiera bastado para disculpar á Rugiero; mas luego añadió que se encontraba en el campo africano una doncella llamada Marfisa, tan valiente como hermosa, y experta en el manejo de las armas, la cual amaba á Rugiero de quien era correspondida, en términos que rara vez se les veia separados, por lo cual todos estaban en la persuasion de que se habian prometido eterna fé, y de que, en cuanto Rugiero estuviera completamente restablecido, celebrarian públicamente sus desposorios con gran placer de todos los reyes y príncipes paganos que conocian el valor sobrehumano de uno y otro, y esperaban que de su union saldria una raza de guerreros la más esforzada que jamás hubiese existido.

Motivos tenia el Gascon para creer lo que decia, pues tal era la version más acreditada y unánime en el campamento africano, y tal lo que públicamente se decia. Dieron orígen á estos rumores las repetidas muestras de benevolencia que mediaban entre Rugiero y Marfisa; y ya sabemos que la Fama, al difundir una noticia, buena ó mala, se complace en abultarla conforme va pasando de boca en boca. La circunstancia de haberse presentado la guerrera con Rugiero para pelear en favor de los moros y de vérseles siempre juntos, apoyaba hasta cierto punto esta sospecha, que tomó mayor incremento al observarse que, habiéndose ausentado Marfisa llevando consigo á Brunel, como ya he dicho, regresó sin que nadie la llamara, solo por ver á Rugiero. Unicamente por visitarle, cuando sus heridas le tenian postrado en el lecho del dolor, habia ido al campo, no una, sino muchas veces: permanecia á su lado durante el dia, y se separaba de él al hacerse de noche, dando con su conducta mucho que hablar á los sarracenos; pues suponiéndola todos tan altiva y desdeñosa, que apenas encontraba un caballero digno de aprecio, solo con Rugiero se la veia humilde y bondadosa.

Luego que el Gascon terminó su relato, asegurando á Bradamante que era la historia fiel de lo ocurrido, apoderóse de la doncella tanta pena y tan cruel desesperacion, que estuvo próxima á caer del caballo. Volvió riendas sin decir una palabra, henchida de ira, de rabia y de furiosos celos, y regresó á su castillo furibunda y sin el menor resto de esperanza. Armada como estaba se dejó caer en el lecho, apoyando su rostro y sus lábios en las almohadas, á fin de ahogar el rumor de los sollozos que podrian descubrir el estado de su alma. Repitiendo las palabras del caballero Gascon, cayó en tal desaliento y dolor, que no le fué posible contenerlo, y se vió obligada á exhalarlo de esta suerte:

—¡Ay mísera de mí! ¿A quién podré dar crédito en lo sucesivo? Fuerza será decir que todos los hombres son pérfidos y crueles, si lo eres tambien tú, Rugiero mio, ¡á quien yo creia tan tierno y tan leal! ¿Se vió nunca una crueldad, una traicion más odiosa? ¡Cualquiera otra es insignificante, si se compara con el pago que has dado á los beneficios que me debias! Ya que no existe un solo caballero que pueda igualarse á tí en ardor, en belleza, en varonil denuedo, en costumbres y en bizarría, ¿por qué no añades, Rugiero, á tan ilustres y virtuosas dotes, la de la constancia? ¿Por qué no se ha de decir tambien que es inviolable tu firmeza y tu lealtad, esa virtud ante la cual ceden todas las demás? ¿Ignoras, por ventura, que si la lealtad no existe, pierden todo su esplendor el valor más heróico y las proezas más brillantes, lo mismo que sin la luz no puede verse ningun objeto, por hermoso que sea? Harto fácil te fué engañar á una doncella de quien eres señor, árbitro y dios, y á la que podias haber hecho creer con tus palabras que el Sol era oscuro y frio, si así te lo hubieses propuesto. ¡Pérfido! Si ahora no te arrepientes de dar muerte á la que tanto te ama, ¿qué cosa habrá capaz de hacerte sentir remordimientos? Si la falta de fé y lealtad es para tí una cosa tan leve ¿qué otro peso podrá oprimir tu corazon? ¿Qué suplicios guardas para los que te aborrecen, cuando á mí, que tanto te amo, me haces sufrir estos tormentos? ¡Ah! ¡Si no consigo una pronta venganza, afirmaré que en el Cielo no hay justicia! Si la ingratitud es el pecado que grava con mayor peso la conciencia del hombro, y por ella fué precipitado el más hermoso de los ángeles desde el Cielo á los profundos Infiernos, y si todo crímen encuentra un castigo proporcionado, cuando una cumplida enmienda no lava las culpas del corazon, procura guardarte del castigo que te espera como merecida recompensa de tu ingratitud para conmigo, ya que no quieres reparar tu falta. Tambien debo acusarte, cruel, de otro vicio más infame; del de ladron: y no porque me hayas arrebatado el corazon, pues voluntariamente te absuelvo de este robo, sino porque habiéndote entregado á mí, te me has sustraido contra toda razon y justicia. ¡Restitúyeme tu corazon, impío, pues harto sabes que no hay salvacion para el que guarda lo que no le pertenece! Me has abandonado Rugiero; yo no quiero, y aunque quisiera, no podria abandonarte: mas, para poner término de una vez á mis torturas y sufrimientos, puedo y quiero arrancarme la existencia. Un solo pesar me atormenta: el de no morir poseyendo tu cariño; pues si los dioses me hubiesen concedido la gracia de exhalar el último suspiro cuando me amabas, jamás muerte alguna fuera tan agradable.