Al decir estas palabras, se reconvino á sí mismo por haber olvidado lo que debia referir de antemano; y volviendo atrás, les designó un traidor que vendia al enemigo el castillo que su señor le confiara; el pérfido suizo, que más adelante cargaba de cadenas al mismo que pagaba sus servicios: traiciones ambas que concedian el triunfo al rey de Francia sin necesidad de combatir[78].

A continuacion les hizo reparar en César Borgia, que con el auxilio de aquel Rey, aumentaba su poderío en Italia, y desterraba de Roma á su albedrío cuantos grandes y señores le eran molestos[79]. Despues les indicó el mismo Rey, que hacia desaparecer de Bolonia la sierra, la reemplazaba con el roble, ponia luego en fuga á los genoveses que se le habian rebelado, y subyugaba su ciudad[80].

—Mirad ahí, continuó diciendo, cuán cubierta de cadáveres está la campiña de Giaradadda: todas las ciudades abren sus puertas al Rey, y ni aun la misma Venecia puede resistirle. Mirad cómo este no consiente al Papa que, pasados los límites de la Romanía, arrebate la ciudad de Módena al Duque de Ferrara; pues por el contrario, obligando al Pontífice á detener su invasion y á respetar los estados de aquel duque, le despoja de la ciudad de Bolonia, y se la entrega á la familia de los Bentivoglio. Contemplad más allá al ejército francés saqueando á Brescia despues de apoderarse de nuevo de ella, y ved cómo socorre á Felsina, y dispersa casi á un tiempo mismo al ejército papal.—El uno y el otro se encuentran luego frente á frente en las llanuras que riega el Chiese. Por un lado el ejército francés, y por el otro el del Papa, reforzado con un numeroso cuerpo de españoles, traban una sangrienta batalla. Caen sin cesar combatientes de ambas partes, enrojeciendo el suelo; todos los fosos y zanjas están llenos de sangre humana. Marte no sabe á quien conferir la palma de la victoria; pero merced á la intrepidez de un Alfonso, ceden los españoles, y los franceses quedan dueños del campo: á consecuencia de esta batalla, es saqueada la ciudad de Rávena, y el Papa, mordiéndose los lábios de desesperacion, hace que una multitud de alemanes descienda á modo de tempestad, desde las montañas vecinas, los cuales, arrollando en todos los encuentros á los franceses, les arrojan al otro lado de los Alpes, y colocan despues un vástago del Moro en el jardin de donde arrancan las lises de oro[81]. Ved cómo vuelve el francés, y cómo le derrota el suizo desleal, llamado por el jóven en su auxilio, á pesar del riesgo á que se exponia por haber sido el mismo que vendiera y aprisionara á su padre[82]. Pero mirad cómo ese mismo ejército, que habia caido debajo de la rueda de la Fortuna, se prepara á vengar la derrota de Novara, guiado por un nuevo rey, y pasa á Italia bajo mejores auspicios[83]. Ahí teneis á Francisco I destrozando á los suizos de tal modo, que casi los extermina completamente, y haciéndoles además perder para siempre el título de domadores de príncipes y defensores de la Iglesia cristiana, con que aquellos villanos mal nacidos se engalanaban. Mirad cómo, á pesar de la Liga, se apodera de Milan, y pensiona al jóven Sforza. Ved á Borbon que defiende la ciudad por el rey de Francia contra el furor aleman. Ved despues cómo, mientras está ocupado el monarca francés en empresas de mayor importancia, y sin sospechar el orgullo y la crueldad de que hacen gala los suyos, le arrebatan á Milan.

»Fijad la vista en ese otro Francisco, que tanto se parece al abuelo, no solo en el nombre, sino tambien en el valor, el cual, despues de expulsar á los franceses, recobra con el favor de la Iglesia el suelo pátrio[84]. Ved cómo vuelve Francia, pero conteniendo sus ímpetus, y sin recorrer con rápido vuelo la Italia, cual solia; pues el bravo Duque de Mantua sale á oponérsele en el Tesino y le corta el paso. Federico, en cuyo rostro no apunta todavía el bozo de la pubertad, se hace digno de eterna gloria, por haber sabido defender á Pavía del furor de Francia y desbaratar los proyectos del Leon del mar, haciendo uso de su diligencia y sagacidad más bien que de las armas[85].

»Reparad en esos dos marqueses, ambos terror de nuestras gentes y honor de Italia; ambos de una misma estirpe, y nacidos en un mismo nido. El primero es hijo de aquel marqués Alfonso, con cuya sangre vísteis enrojecido el suelo, por haber caido en las asechanzas que un negro le tendiera. Ved cuántas veces son arrojados de Italia los franceses, merced á sus consejos. El otro cuyo aspecto es tan benigno y apacible, es señor del Vasto, y se llama Alfonso. Este es el valiente caballero de quien os hablaba cuando os enseñé la isla de Ischia, y con respecto al cual dijo tantas cosas Merlin á Faramundo, profetizando que aplazaria su nacimiento para cuando más necesidad tuviesen de su ayuda la afligida Italia, la Iglesia y el Imperio contra los ultrajes de los bárbaros. Mirad cómo, puesto á las órdenes de su primo el de Pescara, y bajo los auspicios de Próspero Colonna, hace que los suizos y especialmente los franceses conserven un terrible recuerdo de Bicocca[86]. Ved cómo Francia se apresta de nuevo á vengar las afrentas recibidas, bajando su rey con un ejército á Lombardia y enviando otro á talar el reino de Nápoles; pero la Fortuna, que juega con los mortales como el viento con el árido polvo, al cual hace describir rápidos remolinos, lo remonta hasta el Cielo, y de improviso lo precipita en la Tierra de donde lo ha elevado, alimenta las ilusiones del Rey que cree tener reunido en torno de Pavía un ejército de cien mil hombres, cuando á pesar de ver los que desertan continuamente, no sabe si sus gentes aumentan ó disminuyen: así es que por culpa de algunos ministros avaros, y por la bondad del Rey que de ellos se fia, son muy pocos los que acuden á reunirse bajo sus banderas, al resonar por la noche el toque de llamada para rechazar el ataque del sagaz español, que sostenido por los dos ilustres descendientes de Ávalos, seria capaz de abrirse paso hasta el Cielo ó el Infierno. Ved lo más selecto de la nobleza de Francia llenando con sus cadáveres el campo; ved á su Rey animoso, que á pesar de rodearle un bosque de lanzas y espadas, y de estar muerto su caballo, no quiere rendirse ni suponerse vencido, aun cuando todo el ejército enemigo se precipita sobre el, y hácia él solo dirige sus ataques, en tanto que el Rey no tiene quien le socorra. El valeroso monarca empapado en sangre enemiga se defiende á pié; pero preciso es que el valor ceda al fin á la fuerza. Ved al Rey prisionero, y védlo luego en España, y mirad cómo se concede el laurel de la victoria y de la prision del monarca al Marqués de Pescara y á su inseparable compañero el del Vasto. Queda un ejército deshecho en Pavía: el otro que se dirigia á invadir á Nápoles, se queda á su vez como una luz cuando le falta la cera ó el aceite. Contemplad al Rey, que deja á sus hijos en la prision ibera, y vuelve á sus estados: ved cómo, mientras combate de nuevo en Italia, le ataca otro en su propio país. Mirad cuántos homicidios y rapiñas afligen á Roma por todos sus ámbitos, siendo mancilladas con estupros é incendios lo mismo las cosas divinas que las profanas. El ejército de la Liga contempla de cerca el estrago, y escucha distintamente el llanto y los gemidos; pero en vez de oponerse á él, retrocede, consintiendo que el sucesor de Pedro caiga prisionero[87]. El Rey envia á Lautrec con nuevas tropas, no ya para apoderarse de Lombardia, sino para arrancar de manos impías y criminales, la cabeza y demás miembros de la Iglesia; pero Lautrec retrasa tanto su marcha, que al llegar á Roma encuentra ya al Padre Santo en libertad, por lo cual sigue adelante, poniendo sitio á la ciudad donde está sepultada la Sirena[88], y recorre todo el reino[89]. Ved cómo desplega sus velas la armada imperial para dar socorro á la ciudad asediada, y ved á Doria cuál le sale al encuentro, y la destroza, incendía ó echa á pique. Pero mirad cómo la Fortuna, hasta aquí tan propicia á los franceses, les retira sus favores, y les hace perecer, no por medio del hierro, sino de la peste, en términos que de cada mil hombres apenas vuelve uno á su amada Francia[90]

Todas estas historias y otras muchas que seria prolijo enumerar, pintadas con los más vivos y variados colores, estaban representadas en aquel salon, cuya capacidad era tanta, que bastaba para contenerlas. Bradamante y su compañera quisieron verlas dos ó tres veces, porque no se cansaban de admirarlas, y de leer las inscripciones que en letras doradas se veian al pié de cada una de ellas; y despues de pasar algunos momentos comentando lo que acababan de ver, fueron á ocupar las habitaciones que el señor del castillo, acostumbrado á tratar á sus huéspedes con toda clase de consideraciones, les designó para que se entregaran al reposo. Cuando todos dormian ya tranquilamente, Bradamante se decidió á acostarse; pero no hizo más que dar vueltas en su lecho á uno y otro lado, sin poder conciliar el sueño. Al acercarse la aurora, consiguió dormir algunos momentos, y le pareció ver en sueños la imágen de Rugiero que le decia:—«¿Por qué te consumes dando crédito á una falsedad? Antes retrocederán los rios en su curso, que deje yo transcurrir un solo instante sin dedicarte todos mis pensamientos. Si no te amara, tampoco podria amar á mi propio corazon ni á las pupilas de mis ojos.»—Y parecia añadir:—«He venido á recibir el bautismo y á cumplir lo que te he ofrecido: si he tardado tanto, ha sido por haberme detenido una herida muy distinta de las que produce el Amor.»—Al llegar aquí desapareció el sueño, y con él, la imágen de Rugiero: la guerrera se entregó de nuevo á su afliccion, profiriendo mentalmente estas quejas entre llantos y suspiros:

—¡Ay mísera de mí! Solo fué un sueño lo que era grato á mi corazon, y en cambio lo que me atormenta es una realidad harto positiva. El bien fué un sueño demasiado rápido en desvanecerse; pero no es sueño, no, este terrible martirio. ¡Ah! ¿Por qué mis sentidos despiertos no ven y oyen lo que creyó ver y oir mi pensamiento? ¡A qué condicion habeis quedado reducidos, ojos mios, que cerrados veis el bien, y abiertos, el mal! El dulce sueño me prometia paz; pero el amargo despertamiento renueva mis torturas: el dulce sueño ha sido, por mi mal, harto falaz; pero el amargo despertamiento no se equivoca. Si la verdad me mata, y me consuelan las ilusiones, permita el Cielo que no vuelva yo á oir ni á ver la verdad en la Tierra: si durmiendo soy feliz, y velando desgraciada, ¡ojalá me sea dado dormir sin despertar jamás! ¡Cuán felices son los animales que permanecen seis meses enteros sin abrir los ojos, entregados á un sueño profundo! Poco me importa que un sueño semejante se parezca á la muerte, que permaneciendo en vela se viva más tiempo; pues mi aciaga suerte, contraria á la de todos los humanos, encuentra la muerte velando y la vida durmiendo; y si la muerte á tal sueño se asemeja, ¡oh Muerte, ven cuanto antes á cerrar mis párpados!

Empezaba el Sol á teñir de púrpura los límites del horizonte, las nubes se disipaban, y el naciente dia prometia ser menos borrascoso que el anterior, cuando la guerrera, despierta ya, tomó sus armas para continuar sin perder tiempo su camino, dando las gracias al Señor del castillo por su hospitalidad y por las consideraciones que le habia guardado. Al salir del castillo, vió que la embajadora se le habia anticipado, y que llegaba con sus doncellas y sus escuderos al sitio en que la estaban esperando los tres reyes á quienes la guerrera derribara la noche anterior con su lanza de oro: habian pasado estos una noche cruel, sufriendo el agua, el viento y el frio, á cuyos males debia añadirse el de que tanto ellos como sus caballos habian tenido que resignarse á un completo ayuno, rechinando los dientes y pisando el lodo; pero lo que sobre todo les mortificaba, era la idea de que la mensajera pusiera en conocimiento de su señora, aparte de las demás circunstancias, la de que habian sido derribados por la primera lanza que en Francia se volvió contra ellos.

Resueltos á perecer ó á tomar una pronta venganza del ultraje recibido, á fin de que Ulania rectificara el juicio que de su valor habia formado, retaron á nueva lid á la hija de Amon, en cuanto esta acabó de pasar el puente levadizo, sin presumir que desafiaban á una doncella, pues los ademanes de Bradamante no eran los de tal. La jóven, que iba de prisa y no queria perder tiempo, rehusó al pronto el combate; pero fueron tantas las provocaciones de los tres reyes, que no pudo negarse ya sin mengua para ella; y enristrando la lanza, de tres botes derribó á los tres en tierra, con lo cual terminó el combate: despues, sin dignarse siquiera mirarlos, les volvió las espaldas, y se alejó rápidamente.

Aquellos guerreros, que habian venido de tan apartadas regiones solo por conquistar el escudo de oro, se levantaron sin pronunciar una palabra, como si la voz se les hubiese extinguido al mismo tiempo que el denuedo, y quedaron confusos, maravillados y sin atreverse á levantar la vista hasta Ulania, recordando sin duda las muchas veces que en su presencia se habian jactado por el camino de que no habria caballero ni paladin capaz de hacer frente al menos valeroso de los tres. Deseando la dama humillarles más y castigar su desmedida arrogancia, les hizo saber que era una doncella, y no un paladin, quien les habia arrojado de la silla.