—Si una mujer os ha hecho medir el suelo, les decia, ¿qué no debereis pensar con respecto á la bravura de Orlando y de Reinaldo, que con mayor motivo han alcanzado tan glorioso renombre? Si cualquiera de ellos conquista el escudo, ¿sereis capaces por ventura de disputárselo con más valor del que habeis demostrado contra una doncella? Yo por mí no lo creo, y supongo que vosotros tampoco lo creeis. Podeis daros ya por satisfechos; pues no teneis necesidad de ofrecer una prueba más clara de vuestro valor: y si hay alguno de vosotros tan temerario que desee hacer en Francia otra nueva experiencia de su esfuerzo, solo conseguirá añadir el daño á la vergüenza que por dos veces habeis encontrado en este país, á no ser que juzgue más útil y glorioso recibir la muerte por mano de tales guerreros.

Luego que estuvieron plenamente convencidos de que era una doncella la que habia mancillado su fama, tan brillante hasta entonces, cuya circunstancia confirmaron no solo Ulania, sino las personas de su séquito, se sintieron poseidos de tal dolor y tanta ira, que estuvieron á punto de volver contra sí mismos sus aceros; y arrastrados por su despecho furioso, se quitaron cuantas armas llevaban encima, sin conservar siquiera la espada, y las arrojaron al foso del castillo, jurando que, para reparar la afrenta que una mujer les habia causado, haciéndoles medir vergonzosamente el suelo, estarian un año entero sin usar armas de ninguna clase y sin caminar más que á pié por toda clase de caminos, y añadiendo que hasta que hubiera transcurrido el año, no vestirian otras armas ni montarian más caballos que los que consiguieran ganar combatiendo. Para castigar, pues, su falta, emprendieron de nuevo su viaje; ellos á pié y desarmados, y Ulania y su servidumbre á caballo.

Bradamante llegó por la noche á un castillo que habia en el camino de París, y supo allí que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno y por su hermano Reinaldo. En aquel castillo encontró una cordial hospitalidad y buena mesa; pero la guerrera, insensible á los solícitos cuidados que le prodigaban, comia poco, dormia menos y no hallaba reposo en parte alguna. Sin embargo, no debo ocuparme tanto de Bradamante, que vaya por ella á descuidar á aquellos dos caballeros que habian atado sus caballos cerca de la solitaria fuente.

El combate que voy á describir no tenia por objeto la conquista de una ciudad, ni de una corona; sino el de ver cuál de los dos deberia quedar en posesion de Durindana y de Bayardo. Sin que tuviesen necesidad de clarin ó trompeta para dar la señal del combate; sin heraldo que les recordase la defensa ó el ataque y excitase su valor, desnudaron al mismo tiempo sus espadas, y se precipitaron uno contra otro. Pronto resonó el aire con los golpes terribles y reiterados, y pronto tambien empezó la ira á dominarles. Imposible seria hallar otras dos espadas, por más firmes, sólidas y duras que fuesen, que no se hubiesen roto ó mellado bajo la increible violencia de aquellos desmesurados golpes; pero las de ambos guerreros eran tan sólidas y tal la seguridad que una larga experiencia les prestaba, que bien podian chocar entre sí mil y más veces sin peligro de romperse.

Reinaldo, cambiando de sitio con destreza, maña y arte, esquivaba los tremendos tajos de Durindana, por constarle cuán bien hendia el acero mejor templado. El rey Gradasso descargaba innumerables golpes con ella, pero casi todos al aire; y si lograba acertar alguno, era siempre en sitio donde podia hacer muy poco daño. Reinaldo calculaba mejor sus ataques, y adormecia con frecuencia el brazo del pagano: su acero penetraba á veces por los costados ó por las junturas del yelmo y la coraza de Gradasso; pero tropezaba con la cota diamantina, y no conseguia romper ó desunir una sola malla; porque, merced al arte de los encantadores que la fabricaron, era sumamente dura y fuerte. Sin concederse el menor reposo, habian estado mucho tiempo tan atentos á herir ó parar los golpes, que las miradas de cada uno de ellos no se separaban un solo instante de los ojos de su adversario, cuando una nueva riña llamó su atencion y dió tregua á su furor.

Suspendieron el combate, al ver á Bayardo en gran peligro.
(Canto XXXIII.)

Volvieron ambos la cabeza simultáneamente al oir un grande estrépito, y vieron á Bayardo riñendo con un mónstruo más grande que él y cuyas formas eran de ave. Su cabeza tenia más de tres brazas de longitud; los miembros restantes eran de murciélago; el plumaje negro como la tinta; las garras enormes, agudas y encorvadas; los ojos de fuego; la mirada torva y las alas tan enormes, que más bien parecian dos velas. Quizás fuera un ave verdadera; pero no sé si en otro país se habrá hallado otra igual, porque nunca he visto un animal semejante, ni he leido nada con respecto á él, excepto lo que he encontrado en las obras de Turpin. Esta consideracion me hace creer que el pájaro en cuestion seria un espíritu infernal que Malagigo hizo aparecer bajo aquella forma, á fin de impedir el combate. Reinaldo lo sospechó tambien así, y dirigió despues las más ágrias reconvenciones á su primo, el cual rechazó semejante imputacion; y para convencer á Reinaldo de su sinceridad, le juró por la luz que da luz al Sol que era infundada aquella sospecha.

Fuese ave ó demonio, lo cierto es que el mónstruo cayó sobre Bayardo y lo aferró con sus garras. El caballo, que era vigoroso en extremo, rompió las riendas que le sujetaban, y lleno de rabia y cólera, se volvió contra su acometedor á coces y mordiscos: el ave le soltó, y remontándose velozmente por los aires, volvió á precipitarse sobre él, clavándole sus punzantes uñas y hostigándole sin cesar. Herido el corcel, é incapaz de resistir á su enemigo, huyó rápidamente hácia la selva vecina, procurando ampararse de la espesura. No por eso cesó de perseguirle la plumada fiera, procurando aprovecharse de los claros del bosque para caer de nuevo sobre el caballo; pero tanto se internó este en la enramada, que al fin logró guarecerse en una cueva. En cuanto el mónstruo alado perdió sus huellas, remontóse al cielo, para buscar otra presa.