Cuando, poseidos del mayor estupor, vieron los habitantes desde las murallas y las torres á Astolfo montado en el Hipogrifo, acudieron presurosos á avisar al rey de Nubia, que recordando entonces la prediccion, y sin darse tiempo, en medio de su alegría, á coger el fiel báculo que le servia de guia y apoyo, salió al encuentro del volador caballero con los brazos extendidos y vacilante paso. Astolfo se posó en la plaza del castillo, despues de haber descrito extensos círculos en el aire al descender. Luego que el Rey estuvo en presencia del Duque, arrodillóse y exclamó con las manos cruzadas:
—¡Oh, Ángel de Dios! ¡oh, nuevo Mesías! Si no merezco perdon por mis pasadas faltas, considera que estas son fruto de la humana naturaleza, y que á vosotros toca perdonar al pecador arrepentido. Convencido de la enormidad de mi crímen, no te pido, no me atreveria á pedirte que me devuelvas la perdida vista, si bien debo creer que puedes hacerlo, porque eres uno de los bienaventurados espíritus á Dios tan gratos. ¡Ah! Date por satisfecho con el martirio que sufro no siéndome posible contemplarte, y no permitas que el hambre me consuma eternamente. Impide por lo menos que las fétidas arpías arrebaten todos mis alimentos, y en accion de gracias prometo erigirte en mi capital un templo de mármol, que tenga todas las puertas y los techos de oro, y esté adornado interior y exteriormente de piedras preciosas; prometo colocarle bajo la advocacion de tu santo nombre, y esculpir en él el milagro que hayas hecho en favor mio.
Así decia el Rey, que nada veia, mientras procuraba en vano besar los piés de Astolfo, el cual le respondió:
—Ni soy Ángel de Dios, ni nuevo Mesías, ni vengo del Cielo: soy tan solo un mortal, pecador como tú, é indigno de las mercedes que el Señor me prodiga. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para alejar de tu reino á esos mónstruos malvados, ya ahuyentándolos, ó ya dándoles muerte. Si así lo consigo, no debes darme las gracias, sino á Dios, que dirigió mi vuelo hácia aquí para ayudarte en tus cuitas. Guarda tus votos para el Omnipotente, á quien únicamente se deben, y á quien debes consagrar la iglesia y los altares que me ofrecias.
Hablando de esta suerte, se dirigieron ambos á palacio, rodeados de los personajes más ilustres de la corte. El Rey dió órden á sus servidores de que preparáran inmediatamente una comida suntuosa, esperando que aquella vez no le serian ya arrebatados de las manos los manjares. Sirvióse á los pocos momentos un espléndido banquete en un salon magnífico. Astolfo fué el único que se sentó á la mesa al lado de Senapo, y apenas se colocaron en ella las viandas, cuando se oyó resonar por los aires un discordante rumor, producido por las horribles alas de las arpías fétidas y repugnantes, que acudian atraidas por el olor de los manjares. Eran siete formando un solo grupo, y todas tenian rostros de mujer, lívidos, enjutos y demacrados por una prolongada abstinencia: su aspecto era más horrible que el de la misma muerte. Sus alas eran inmensas, deformes y súcias: en vez de manos estaban provistas de garras, terminadas en uñas encorvadas y retorcidas; sus vientres enormes exhalaban un olor repugnante, y su larga cola se enroscaba formando círculos como la de una serpiente.
Apenas se habia oido el rumor de su venida, cuando se las vió á todas precipitarse simultáneamente sobre la mesa, derribando los vasos y apoderándose de los manjares: de sus vientres se exhalaba tal fetidez, que era preciso taparse las narices por no ser posible soportar aquel hedor insufrible. Astolfo, arrebatado por la cólera, desnudó el acero contra aquellas aves insaciables, y lo descargó sobre el cuello, la espalda, el pecho ó las alas de unas y otras; pero como si pretendiera herir á un saco de estopa, todos sus golpes se embotaban y quedaban sin efecto. Mientras tanto, las arpías no dejaron una copa ni un plato intactos, ni abandonaron el salon hasta despues de haber saciado su voracidad ó contaminado cuanto no pudieron devorar.
El Rey habia estado firmemente persuadido de que Astolfo ahuyentaria á las arpías; mas viendo luego su esperanza defraudada, empezó á gemir y suspirar, volviendo á su acostumbrada desesperacion. Acordóse entonces el Duque de la trompa que solia auxiliarle en los mayores peligros, y calculó que no habia medio mejor que aquel para librar al Rey de tales mónstruos. Hizo que el monarca y todos los señores de su corte se taparan los oidos con cera caliente, para impedir una fuga general cuando hiciera resonar su talisman. En seguida cogió las bridas del Hipogrifo, se acomodó en la silla, empuñó su preciosa trompa, é indicó por señas al mayordomo que mandara servir nuevos manjares. Siguiendo su consejo, prepararon en una galería otra nueva mesa. En cuanto empezaron á servirla, presentáronse las arpías, segun su costumbre; entonces requirió Astolfo su trompa, y los mónstruos, que no tenian tapados los oidos, no pudieron permanecer un momento más en la estancia, así que oyeron aquel sonido aterrador, y huyeron á la desbandada, llenos de espanto, sin cuidarse de la comida ni de nada. El Paladin clavó los acicates en los hijares de su corcel, el cual salió volando fuera de la galería; abandonó el castillo y la gran ciudad, y se remontó por los aires persiguiendo á los mónstruos. Astolfo no daba tregua á sus resoplidos en tanto que las arpías continuaban huyendo hácia la zona del fuego, hasta que se encontraron en el elevadísimo monte en que el Nilo tiene su orígen, si es que le tiene en alguna parte.
Casi en las mismas raices de la montaña, se encuentra una cueva profunda que desaparece en las entrañas de la Tierra, la cual, segun se dice, es la verdadera puerta por donde pasa todo el que quiere bajar al Infierno. La turba inmunda corrió presurosa á guarecerse en aquella gruta, como en el albergue más seguro, y descendió hasta las orillas del Cocyto[96] y aun más allá, para no escuchar los sonidos de la trompa.
El ínclito duque dió fin á sus insoportables resoplidos cuando llegó á la infernal y caliginosa boca que da libre acceso á todo el que abandona la luz, é hizo que su corcel plegara las alas. Pero antes de llevar más lejos á nuestro héroe, y en vista de que he llenado el papel por todos lados, descansaré un momento siguiendo mi costumbre, y daré fin á este canto.