CANTO XXXIV.

Oye Astolfo la lamentable historia de Lidia en la gruta infernal: casi consumido por el fuego que sale del subterráneo, sube en su caballo alado, y llega al Paraiso terrenal. Recorre despues el Cielo, acompañado de S. Juan, é informado detalladamente por él de cuanto ve, coge el juicio de Orlando y parte del suyo propio: visita á las que hilan el estambre de nuestra vida, y se aleja de allí.

¡Oh famélicas, inícuas y fieras Arpías, enviadas por la justicia divina á todas las mesas de la ciega y extraviada Italia[97], para castigar tal vez nuestros antiguos pecados!

¡Ah! ¡Cuántas criaturas inocentes, cuántas tiernas madres perecen de hambre y de miseria, mientras contemplan cómo devoran esos mónstruos en una sola cena lo que bastaria para sostener su existencia! ¡Maldicion al que abrió las cavernas en donde habian permanecido encerradas por espacio de muchos años, dando lugar á que se esparciera por Italia la fetidez y la estúpida gula, causa de sus males presentes! La paz y las buenas costumbres desaparecieron desde entonces, y á la bienhechora tranquilidad que se disfrutaba han sucedido guerras incesantes, miseria, zozobra y ansiedad, cuyo término no es dado prever, como no llegue un dia en que tirando de los cabellos á sus perezosos hijos, les arroje de las orillas del Leteo, exclamando:—«¿No habrá ninguno entre vosotros, cuyo valor iguale al de Calais y Cethes[98], y sea capaz de librar á la Italia de sus garras y pestilencia, devolviéndole su halagüeña y perdida pulcritud?»

El Paladin hizo con las arpías que molestaban al Rey etíope lo mismo que hicieron aquellos dos hermanos con las que tan desesperado tenian á Fineo. Segun dije antes, Astolfo habia ido persiguiendo á aquel tropel de mónstruos con los sonidos de su trompa, hasta que se detuvo al pié de un monte, á la entrada de la cueva donde aquellos se habian refugiado. Púsose á escuchar atentamente, y llegó á sus oidos un discordante rumor de alaridos, ayes y lamentos sin fin, señal evidente de que allí estaba el Infierno. Resolvió penetrar en la gruta y contemplar á los que habian dejado de existir, con intencion además de llegar hasta el centro de la Tierra, recorriendo todos los círculos infernales.

—¿Qué puedo temer, decia para sí, entrando en esa caverna, mientras conserve en mi poder esta trompa? Con ella haré huir á Pluton, á Satanás y al Cancerbero.

Esto diciendo, se apeó prontamente del alígero corcel y le dejó atado á un árbol: en seguida se hundió en el antro, empuñando préviamente el cuerno en que cifraba toda su esperanza. Pocos pasos habia andado, cuando sintió sus narices y sus ojos ofendidos por un humo insoportable y más denso que el de la pez ó el azufre; á pesar de lo cual siguió adelante. Pero á medida que avanzaba, iban condensándose los espesos vapores y aumentándose las tinieblas, de suerte que empezó á temer que no podria ir más allá y le seria forzoso retroceder. De pronto vió sobre su cabeza un objeto cuyas formas no pudo distinguir, pero que se parecia mucho al cadáver de un ahorcado movido por el viento despues de haber estado muchos dias expuesto al Sol y á la lluvia. Tan escasa era la claridad que habia en aquel ahumado y lóbrego camino, que el Duque no acertaba á comprender en qué consistia aquel objeto que iba por los aires: para averiguarlo, se decidió á pegarle dos veces con su espada, y dedujo que debia ser un espíritu, pues sus golpes no encontraron mayor resistencia que si los hubiera descargado sobre la niebla. Entonces oyó que una voz afligida le dirigia estas palabras:

—Sigue descendiendo, sin hacer daño á nadie. ¡Demasiado me atormenta el negro humo del fuego del Infierno que inunda este recinto!

El Duque se detuvo sorprendido, y dijo á la sombra: