—¡Así Dios rompa las alas de ese humo para que no pueda subir hasta tí, como yo desearia que me dijeras cuál es tu suerte! Y si quieres que lleve noticias tuyas á la Tierra, habla; estoy dispuesto á complacerte.
La Sombra replicó:
—Me halaga tanto la idea de volver, aunque solo sea en memoria, á ese mundo de luz radiante y esplendorosa, que el deseo de alcanzar tal don desata forzosamente mi lengua, y me obliga á revelarte mi nombre y mi historia, por más que su relato me sea penoso[99].
La Sombra hizo una pausa, y luego prosiguió:
—Me llamo Lidia, Señor, y nací en elevada cuna, pues soy hija del poderoso Rey de Lidia. Por haber sido ingrata y desdeñosa mientras viví con el más fiel de los amantes, el alto juicio de Dios me ha condenado á permanecer eternamente en medio de este humo. Esta caverna está llena de un número infinito de mujeres, condenadas á la misma pena por la misma falta. La cruel Anaxareta[100] se halla más abajo, donde el humo es más denso y el tormento mayor. Su cuerpo quedó en el mundo convertido en piedra, mientras que su alma pasó á estas profundidades, por haber mirado con indiferencia el suicidio de su desesperado amante. No muy lejos de aquí se encuentra Dafne, arrepentida, aunque tarde, de haber hecho correr tanto á Apolo[101]. Seria harto prolijo enumerar uno á uno los infieles espíritus de las mujeres ingratas que aquí se hallan: son tantos, que llegan hasta lo infinito; pero seria mucho más largo designarte el número de hombres que hoy deploran su ingratitud, y que en castigo de ella han sido precipitados á un sitio más profundo, donde el humo les ciega y les devoran las llamas. Siendo las mujeres más crédulas y fáciles de engañar, sus seductores se han hecho dignos de mayor suplicio. Harto lo saben Teseo[102], Jason[103], el que turbó el antiguo reino latino[104], el que suscitó el sanguinario enojo de su hermano Absalon por causa de Tamar[105], y otra inmensa multitud de infieles de ambos sexos, unos por haber abandonado á sus mujeres y otros á sus maridos.
»Mas como debo hablarte de mí con preferencia á los demás, y confesar la falta que aquí me trajo, te diré que fuí en vida tan bella y orgullosa, que no sé si ha habido otra mujer que pudiera igualárseme: tampoco podré decir cuál de estas dos cosas sobresalia más en mí, aunque la belleza que á todos cautivaba, engendró el orgullo y la fastuosidad. En aquel tiempo vivia en Tracia un caballero, reputado como el más valiente del mundo, el cual oyó ponderar mi belleza y mis atractivos por más de un conducto fidedigno; y en consecuencia, formó el designio de concederme todo su amor, esperando que su valor le haria digno de que yo aceptase con gratitud su corazon. Pasó á Lidia, y apenas me hubo visto, cuando quedó sujeta su voluntad por un lazo mucho más fuerte. Ocupó un distinguido lugar entre los caballeros de la corte de mi padre, en la cual acrecentó su fama. Seria prolijo ponderarte su heróico valor, las increibles proezas que llevó á cabo, y los merecimientos de que se hubiera hecho digno si hubiese dado con un hombre más agradecido. Merced á él, mi padre sometió á la Panfilia, la Caria y la Cilicia; y tanto era así, que jamás se decidió á acometer con su ejército á los enemigos, sino cuando á él le parecia conveniente. Por fin, un dia se atrevió á pedir al Rey mi mano en recompensa de tantas victorias, persuadido de que sus méritos le daban derecho para obrar así; pero el monarca se negó desdeñoso á tal demanda, porque queria unir á su hija con un príncipe poderoso y no con un caballero particular, que no tenia más bienes que su valor: mi padre, guiado tan solo por el interés y la avaricia, orígen de todos los vicios, apreciaba la honradez ó admiraba el valor, lo mismo que un asno los melodiosos acordes de la lira.
»Alcestes (que este era el nombre del caballero de quien te hablo), al verse desdeñado por el mismo que le era deudor de las mayores recompensas, se alejó de la corte, amenazándole al marchar con que le haria arrepentirse de no haberle concedido la mano de su hija. Pasó en seguida al servicio del Rey de Armenia, antiguo émulo del de Lidia y su enemigo capital; y tanto le estimuló, que le dispuso á tomar las armas y declarar la guerra á mi padre. En atencion á sus ínclitas y famosas acciones, obtuvo el mando del ejército armenio, y manifestó que todas sus conquistas serian para el Rey de Armenia, excepto la de mi persona, que reservaba para sí como recompensa de su valor en cuanto se apoderase de todo. Imposible me seria manifestarte los inmensos perjuicios que Alcestes ocasionó á mi padre en aquella guerra. Destrozó cuatro ejércitos, y en menos de un año le redujo á tal extremo, que de todos sus estados no le quedó más que un castillo, cuya elevada posicion le hacia casi inexpugnable, en el cual se encerró el Rey con sus más fieles servidores y los tesoros que pudo reunir precipitadamente. Alcestes fué á sitiarnos allí, y al poco tiempo nos colocó en tan desesperada situacion, que mi padre habria consentido en entregarme á él, no como mujer, sino como esclava, juntamente con la mitad de su reino, con tal de salir en libertad y sin sufrir más daños; pues estaba seguro de perder sus riquezas y de morir cautivo. Antes de arrostrar este terrible golpe, quiso valerse de todos los medios que estuvieran en su mano; y á este fin, me ordenó que saliera del castillo para conferenciar con Alcestes, puesto que yo era la causa de tantos males.
Me puse en camino con la intencion de ofrecer al vencedor por precio de la paz mi persona, y de rogarle que conservase la parte que quisiera de nuestro reino. Al tener noticia Alcestes de mi llegada, salió á mi encuentro pálido y tembloroso: á juzgar por su semblante, parecia más bien un vencido cargado de cadenas que un vencedor. Adivinando yo en su turbacion la intensidad de su ardiente pasion hácia mí, desistí de hablarle tal como estaba dispuesta á hacerlo, y en vista de aquella oportunidad, modifiqué mi opinion en consonancia con el estado en que le veia. Empecé por maldecir su amor y dolerme de su crueldad, que le habia incitado á oprimir tan inicuamente á mi padre, y á apoderarse de mí por medio de la fuerza, asegurándole que otra hubiera sido á los pocos dias su suerte, si hubiese sabido continuar portándose del modo cómo empezó, y que tan grato nos habia sido á mi padre y á todos. Le añadí que, si bien mi padre se habia opuesto al principio á su recta demanda, consistia en su rudeza natural, que le impedia acceder á la primera peticion, lo cual no debió haberle servido de pretexto para dejar de prestarle sus buenos servicios y para vengarse tan precipitadamente; cuando si hubiera obrado mejor, podria haber alcanzado de seguro la recompensa que anhelaba. Díjele además que, aun suponiendo que mi padre hubiese insistido en su negativa, mis súplicas hubieran sido tan incesantes, que al fin habria accedido á hacer de mi amante mi esposo; y en último resultado, si persistiera en su resolucion, yo me habria portado de tal modo, que Alcestes se hubiera envanecido de poseerme; pero ya que creyó mejor intentar otros medios, yo por mi parte estaba resuelta á no amarle, y al ir á entregarme á él, lo hacia solo por salvar á mi padre. Terminé diciéndole, que no contara con disfrutar por mucho tiempo el placer que bien á pesar mio le proporcionaba; pues estaba decidida á derramar mi sangre en el mismo momento en que yo hubiera satisfecho con mi persona todo cuanto sus impúdicos deseos le hicieran obtener por medio de la violencia.
»Estas y otras parecidas frases empleé conociendo mi dominio sobre Alcestes, y le dejé más arrepentido por lo que habia hecho que lo estuviera el mayor santo en su solitario yermo. Cayó á mis plantas, y suplicóme encarecidamente, presentándome un puñal y empeñándose tenazmente en que lo cogiera, que me vengase de su enorme crímen. Aprovechando la disposicion en que le veia, formé el propósito de seguir obrando del mismo modo hasta sujetarle á mi albedrío; y á este fin, le dí esperanzas de que aun podria hacerse digno de obtener mis favores, si enmendando su falta, conseguia que se restituyeran á mi padre las provincias conquistadas, y si andando el tiempo procuraba merecer mi mano, no por medio de las armas, sino sirviéndome y amándome. Alcestes prometió obedecerme, y me dejó regresar al castillo tan incólume como habia salido de él, y sin atreverse siquiera á darme un beso: ved cuán sujeto le tenia el yugo que supe ponerle, y si era profunda la llaga que por mí le habia infligido Amor para no tener necesidad de aguzar nuevas saetas.
»Alcestes se presentó en seguida al Rey de Armenia, á quien, en virtud del pacto formado de antemano, correspondia todo el país que se conquistase; y del mejor modo que le fué posible, le rogó que regresara á Armenia, restituyendo á mi padre las tierras que habia sometido y devastado. El monarca, encendido de ira, dijo á Alcestes que alejara tal pensamiento de su mente; pues estaba decidido á no envainar su espada mientras mi padre conservara un solo palmo de terreno: añadióle que, si las palabras de una vil mujerzuela le habian hecho variar de propósito, sufriese él solo las consecuencias: en cuanto á él, no estaba dispuesto á sacrificar por tan leve causa las conquistas que eran fruto de un año de trabajos y peligros. Alcestes insistió en sus súplicas, lamentándose de que no tuvieran el efecto deseado: por último, montó en cólera y exigió del Rey con amenazas que hiciera de grado ó por fuerza lo que le pedia. Llegó á tal extremo su ira, que de las palabras irrespetuosas pasó á vias de hecho; y desenvainando la espada, se arrojó sobre el monarca, y le quitó la vida, á pesar de los esfuerzos de los numerosos soldados que le rodeaban. En seguida llamó en su auxilio á los Cilicios y á los Tracios, que estaban á su sueldo, y á otros de sus secuaces, y derrotó aquel mismo dia á los Armenios. Continuando sus triunfos, á sus solas expensas, y sin recurrir á mi padre, en menos de un mes le restituyó todas sus provincias; y para indemnizarnos de las enormes pérdidas que nos hiciera sufrir su rencor, nos entregó un botin abundante y valioso, exigió un fuerte tributo á la Armenia y á la Capadocia, su limítrofe, y taló toda la Hircania hasta las orillas del mar.