De este modo iba hablando con el Duque el imitador de Cristo, y cuando hubieron visitado todas las estancias del extenso palacio donde se trabajaban las vidas de los mortales, se dirigieron hácia el rio, cuyas aguas, mezcladas con arena, se deslizaban súcias y enturbiadas, encontrando en la orilla á aquel anciano á quien vimos recogiendo las madejas con sus inscripciones. No sé si le recordareis: hablo de aquel hombre de quien me ocupaba en el fin del otro canto, viejo de rostro; pero de miembros tan ágiles, que superaba al ciervo en velocidad. Se llenaba el manto con los nombres de otros, cercenando el monton de madejas que jamás se acababan, y se alijeraba de su peso en aquel rio que se llama Leteo, ó más bien, perdia en él su rica carga. Quiero decir que en cuanto llegaba á la orilla del rio, aquel viejo pródigo sacudia su manto lleno, y precipitaba en las turbias ondas todas las planchas que contenian las inscripciones mencionadas. Un número infinito de ellas llegaba al fondo, de suerte que ya no podian utilizarse para otro uso; y de cada cien mil de las que quedaban sepultadas en el arenoso lecho, apenas salia una á flor de agua. A lo largo y en torno de aquel rio iban revoloteando bandadas de cuervos, buitres, cornejas y otras aves, que producian un discordante rumor con sus graznidos estridentes; y en cuanto veian al viejo arrojando aquel número prodigioso de chapas, se lanzaban en tropel sobre ellas, cogiéndolas con el pico ó las encorvadas garras; pero no se las llevaban muy lejos, porque al querer remontar su vuelo por el espacio, se quedaban sin fuerzas para sostener su peso, de modo que el Leteo devoraba la memoria digna de preciados nombres.
Mas á pesar de los malignos propósitos del viejo, que queria sepultarlas todas en el rio, las bienhechoras aves lograban salvar algunas: el resto yacia para siempre sumido en el olvido: los cisnes sagrados, ora se alejaban nadando con su presa, y ora agitando sus alas por los aires, se dirigian á un collado próximo, donde existia un templo consagrado á la Inmortalidad, y en él una Ninfa que descendia hasta las márgenes del Leteo implacable, y cogia los nombres del pico de los cisnes, los llevaba al templo y los fijaba en torno de una columna que se elevaba en su centro con este objeto.
Astolfo deseaba conocer los profundos misterios y enigmáticos significados que estaban representados en aquel viejo, en su afan de precipitar en el rio, sin fruto alguno, todos aquellos nombres, en aquellas aves, y en el sagrado recinto desde donde la Ninfa habia bajado al Leteo, acerca de lo cual dirigió algunas preguntas al hombre de Dios, que le respondió de esta suerte:
—Debes saber, que no se mueve una sola hoja en el universo sin que aquí se ordene su movimiento. Todo efecto ha de corresponder exactamente entre el Cielo y la Tierra, pero de distinto modo. Aquel viejo, cuya barba inunda el pecho y cuya velocidad nada detiene, desempeña aquí arriba el mismo trabajo y produce iguales efectos que el Tiempo allá abajo. En cuanto los hilos han concluido aquí de dar vueltas en derredor de la rueda, allá llega á su término la existencia humana. Allí queda el recuerdo, aquí la nota; ambos divinos é inmortales, si no fuera porque allí el Tiempo, y el viejo de luenga barba aquí, se apoderan de ellos y los desvanecen: este los arroja, como ves, en el rio; aquel los sepulta en las tinieblas del olvido. Así como aquí arriba los cuervos, los buitres, las cornejas y otras varias aves se esfuerzan en sacar fuera del agua los nombres que les parecen más bellos, del mismo modo abajo los rufianes, los aduladores, los bufones, los favoritos, los delatores y cuan tos viven en las cortes y merecen más distinciones que los hombres virtuosos y buenos, apellidándoles cortesanos gentiles, porque saben imitar al asno y al cerdo, cuando la justa Parca, ó más bien Venus y Baco, ha cortado el hilo de la vida de sus señores, esos seres de que te hablo, inertes, viles y nacidos tan solo para llenar sus estómagos ó sus bolsas á costa agena, repiten durante algunos dias el nombre de los difuntos; despues los dejan caer en los abismos del olvido como una pesada carga. Pero así como los cisnes, que cantando alegres, ponen en salvo las medallas en el templo, de igual suerte los poetas salvan á los hombres dignos de inmortalidad de un olvido mucho peor que la misma muerte.
«¡Oh Príncipes discretos y prudentes que seguís el ejemplo de César! Al distinguir á los escritores con vuestra amistad, poco temor deben infundiros las aguas del Leteo. Los poetas verdaderamente dignos de este nombre son tan raros como los cisnes, ya porque el Cielo no consiente que en el mundo existan los hombres esclarecidos en gran número, ya tambien por culpa de la avaricia de los señores, que dejan mendigar su sustento á los más ilustres ingenios, y oprimiendo la virtud y galardonando los vicios, arrojan de su lado las artes y las ciencias. Cree firmemente que Dios ha privado á tales ignorantes de su inteligencia y les ofusca los sentidos: no les ha permitido comprender las dulzuras de la poesía, á fin de que al morir no quede de ellos ni aun el recuerdo. Si hubiesen sabido granjearse la amistad de Sciras[111], no solo saldrian vivos del fondo de sus sepulcros aun cuando todos hubieran observado las peores costumbres, sino que exhalarian un perfume más grato que el del nardo ó de la mirra. No fué Eneas tan piadoso, ni Aquiles tan fuerte, ni tan terrible Héctor, como supone la fama y como han sido otros mil y mil que con más justicia deben anteponérseles; pero la munificencia y generosidad de los descendientes de aquellos héroes les han hecho merecer los honores sublimes é infinitos con que los escritores supieron conservar su memoria. No fué Augusto tan santo y tan benigno cual nos ha indicado la trompeta de la fama puesta en boca de Virgilio: el buen gusto que demostró por la poesía no puede perdonarle sus inícuas proscripciones. Nadie sabria si Neron fué injusto, ni su fama seria tal vez menos buena, aunque hubiese sido enemigo implacable del Cielo y de la Tierra, si hubiera sabido captarse la amistad de los escritores. Homero cantó las victorias de Agamenon, pintó á los troyanos como viles y pusilánimes, y nos hizo saber que Penélope[112], fiel á su esposo, habia tenido que sufrir mil ultrajes de los suyos; pero si quieres saber la verdad desnuda, vuelve toda esa historia al contrario, y verás que los griegos salieron derrotados, los troyanos vencedores y que Penélope fué una meretriz. Recuerda por otra parte la fama que de sí ha dejado Elisa[113], aquella pudorosa doncella, á quien se calificó de prostituta, solo porque Maron no fué muy amigo suyo. Por lo demás, no debe sorprenderte mi exaltacion ni verme tratar tan difusamente este asunto; pues, aparte de que amo á los escritores, cumplo con mi deber defendiéndolos, porque en vuestro mundo yo tambien fuí escritor, y supe adquirir mejor que todos los demás una gloria que no podrá arrebatarme el tiempo ni la muerte: mi alabado Cristo se ha dignado, en su justicia, concederme un galardon de tan envidiable naturaleza. ¡Cuánto compadezco á los infortunados que viven en la triste época en que la hidalguía tiene cerrada su puerta, á la cual llaman dia y noche inútilmente con rostro pálido, demacrado y moribundo! De aquí resulta (volviendo á lo que anteriormente trataba), que los poetas y los hombres estudiosos sean pocos; pues hasta las mismas fieras abandonan los sitios en que no hallan abrigo ni alimento.»
Al pronunciar el bendito anciano estas palabras, brillaban sus ojos como si despidieran fuego; pero recobrando en el acto la serenidad de su rostro, se volvió hácia el Duque con dulce sonrisa. Quédese por ahora Astolfo con el escritor del Evangelio: en cuanto á mí, no puedo permanecer más tiempo en aquellas regiones elevadas, y quiero dar el salto necesario para pasar desde el Cielo á la Tierra, y volver á hallar á la hermosa doncella á quien hirieron los celos con su dardo emponzoñado.
Dejé á Bradamante en el momento en que, tras breve lucha, acababa de derribar sucesivamente á tres reyes, y dije que, habiendo llegado á un castillo situado en el camino de Paris, supo que Agramante, derrotado por Reinaldo, se habia refugiado en Arlés. Convencida de que su Rugiero debia estar con aquel rey, en cuanto apareció en el cielo la nueva luz, se puso en camino hácia Provenza, donde Cárlos se disponia á perseguir á su enemigo. Durante este viaje, que procuró hacer por la via más corta, encontró á una jóven bella y agraciada, aunque su rostro estaba triste y lloroso. Era la doncella enamorada del hijo de Monodante; aquella dama gentil que habia dejado en el puente fatal á su amante cautivo de Rodomonte. Iba buscando á un caballero que estuviera acostumbrado á combatir en la tierra y en el agua, y tan valiente que se atreviera á hacer frente al Pagano. Cuando la desconsolada amiga de Rugiero encontró á aquella jóven no menos desconsolada que ella, la saludó cortesmente y le preguntó la causa de sus cuitas. Flor-de-lis la examinó un breve espacio, y creyendo hallar en ella el caballero que buscaba, le refirió la aventura del puente cuyo paso interceptaba el rey de Argel, y en el que habia hecho prisionero á su amante, no por la superioridad de su valor, sino porque sabia prevalerse astutamente del auxilio que le proporcionaban el rio y la angostura de aquel paso.
—Si eres, le dijo Flor-de-lis, tan audaz y cortés como se adivina en tu aspecto, véngame, por Dios, del que me ha privado de mi amante, cuya esclavitud es causa de mi incesante angustia, ó al menos dime en qué país podré hallar un caballero tan capaz de resistir al Pagano y tan ejercitado en los combates y las armas, que haga inútil el auxilio del rio y del puente. Si así lo haces, además de portarte cual corresponde á todo hombre bien nacido y á todo caballero andante, prestarás tu apoyo al más fiel de todos los amantes fieles: no soy yo quien debe mencionar sus demás virtudes, pues son tantas y tantas que el que de ellas no tenga noticia, bien puede decirse que carece de la vista y del oido.
La magnánima Bradamante, que acogia con placer cualquier empresa que pudiera hacerla digna de alabanza é inmarcesible gloria, no vaciló un solo instante en dirigirse al puente con tanta mayor voluntad cuanto que entonces estaba desesperada y dispuesta hasta á perder la vida; pues creyéndose abandonada de su Rugiero, le era odiosa la existencia.
—Enamorada jóven, respondió á Flor-de-lis: me ofrezco en cuanto valgo á acometer esa empresa peligrosa: aparte de otras razones que me impulsan á hacerlo así, existe en particular, la de que, segun dices, tu amante es tan leal como son muy pocos hombres; pues creia y te lo juro, á fé mia, que en amor todos eran perjuros.