Dijo estas últimas palabras exhalando un suspiro que salia de lo más profundo de su corazon, y añadió: «¡Marchemos!». Al dia siguiente llegaron al rio y á la entrada del temible puente. Descubiertas por el vigía que solia avisar á su señor resonando una trompa, se armó el Pagano, y segun su costumbre, salió á esperarlas á la orilla del rio. En cuanto vió aparecer á aquella guerrera, prorumpió en amenazas de muerte, ordenándola que dejara en el sepulcro, cual ofrenda expiatoria, sus armas y el corcel en que montaba. Bradamante, informada por Flor-de-lis de la lamentable historia de Isabel, que yacia allí inmolada por mano del infiel, respondió al altivo Sarraceno:
—¿Por qué pretendes, hombre bestial, que los inocentes expíen tu delito? Solo tu sangre es la que debe aplacar los manes de tu víctima, pues tú la asesinaste, como es bien notorio; por lo cual, la muerte que espero darte por mi mano en venganza suya, será para ella una oblacion y una víctima mucho más gratas que todas las armas y arneses de tantos caballeros como has derribado del caballo. Y este don que le ofrecerá mi mano, lo agradecerá con tanto mayor motivo cuanto que soy mujer, como ella: y si he venido hasta aquí, ha sido con el deseo, con el único objeto de vengarla; pero antes de medir nuestras fuerzas, es preciso que arreglemos las condiciones de la pelea. Si soy vencida, harás conmigo lo que has hecho con los demás prisioneros; pero si es mia la victoria, como creo y espero, me pertenecerán tu caballo y tus armas; colgaré estas en el sepulcro, quitando de sus mármoles los demás trofeos, y tus cautivos quedarán en libertad.
Rodomonte respondió:
—Me parece justo que sea como dices; pero no podré entregarte los prisioneros, porque no los tengo aquí. Los he enviado á mi reino de África; mas te prometo, y te lo juro por mi fé, que si por caso inopinado sucede que continúes en la silla y yo me quede á pié, haré que todos sean puestos en libertad en el tiempo que se necesita para enviar un mensajero que ejecute rápidamente mis órdenes. Pero si te toca caer debajo, que es lo más regular y lo que yo creo, no pretendo que dejes las armas, ni que tu nombre figure grabado entre el de los vencidos: tu hermoso rostro, tus bellos ojos, tus rizados cabellos que respiran amor y gentileza, serán el premio de mi victoria, y me bastará que sustituya el amor á tu cólera. Mi valor y mi fuerza son tales, que no deberás avergonzarte de tu derrota.
En los lábios de la jóven se dibujó una sonrisa, pero una sonrisa amarga, señal evidente de su ira; y sin responder una palabra al arrogante infiel, se dirigió á la cabeza del puente, aguijó á su caballo, y con la lanza de oro en ristre, corrió al encuentro del orgulloso moro. Rodomonte, por su parte, se aprestó á la lucha, y avanzó á todo escape, haciendo resonar el puente con un estrépito tan terrible, que era capaz de atronar los oidos de cuantos estuvieran á una larga distancia. La lanza de oro produjo su efecto acostumbrado; arrancó de la silla á aquel pagano, invencible hasta entonces, lo suspendió en el aire, y le hizo caer de cabeza en el puente. Como aquel estrecho paso apenas dejaba espacio suficiente para que el corcel de la guerrera fijara la planta, la jóven corrió un riesgo inminente de caer precipitada en el rio; pero Rabican, á quien el viento y el fuego habian engendrado, era tan ágil y diestro, que pasó fácilmente por la margen derecha, y hubiera sido capaz de pasar tambien por el filo de una espada.
Bradamante se volvió, dirigiéndose hácia el vencido Pagano, al cual dijo con irónico acento:
—Ya puedes ver cuál de los dos ha perdido, y á quién ha tocado quedar debajo.
Rodomonte quedó mudo de asombro al contemplarse derribado por una mujer, y no pudo ó no quiso responder á sus palabras, permaneciendo algun tiempo semejante á un hombre poseido de estupor ó á un idiota. Se levantó, por fin, triste y silencioso, y así que hubo andado cuatro ó seis pasos, se quitó el escudo, el yelmo y las armas restantes y las arrojó contra las peñas. En seguida se alejó de aquellos sitios solo y á pié, despues de haber ordenado á uno de sus escuderos, que fuera á poner en libertad á sus cautivos, con arreglo á lo pactado, y pasó mucho tiempo sin que se tuviera de Rodomonte más noticia sino la de que se habia retirado á una oscura caverna.
Bradamante vence á Rodomonte.
(Canto XXXV.)