Despues de la partida del Sarraceno, Bradamante colgó sus armas en el elevado sepulcro; hizo quitar de él todas las que habian pertenecido á los caballeros de la corte de Cárlos, conociéndolas por sus respectivas inscripciones, y no descolgó ni permitió que se descolgasen las de los sarracenos vencidos. Además de la armadura del hijo de Monodante, encontró allí las de Sansoneto y Olivero, que habian llegado al puente buscando las huellas del señor de Anglante: allí fueron vencidos, hechos prisioneros y enviados al África la víspera del combate de Bradamante con el orgulloso infiel: la jóven ordenó que se quitaran aquellas armaduras del sitio en que estaban suspendidas, y que se guardaran dentro del sepulcro. En cuanto á las pertenecientes á los caballeros paganos, quedaron, como ya he dicho, colgadas de las peñas. Entre ellas estaban las de un rey, cuyos esfuerzos por apoderarse de Frontino fueron tan multiplicados como infructuosos: me refiero al rey de Circasia, que despues de andar vagando mucho tiempo por montes y llanuras, fué á perder en aquel sitio su segundo corcel, y se marchó aligerado del peso de sus armas.

Aquel Rey pagano se habia alejado del peligroso puente, desarmado y á pié, pues Rodomonte dejaba en libertad á todos los guerreros que pertenecian á su secta; pero no tuvo valor para regresar de nuevo al campamento, porque despues de tantas fanfarronadas como en él habia propalado, consideraba muy afrentoso volver vencido y desarmado. Entonces sintió renacer en su corazon el deseo de buscar á su inolvidable Angélica, y por fortuna suya tuvo noticia (no se por qué conducto) de que habia regresado á su patria: excitado, pues, por su inextinguible amor, se apresuró á seguir sus vestigios.

Pero volvamos á la hija de Amon. En cuanto puso en aquel sitio una inscripcion para recuerdo de su victoria, preguntó con dulzura á Flor-de-lis, cuyo corazon estaba oprimido, é inundado de lágrimas su abatido rostro, dónde queria encaminarse al abandonar aquel país. Flor-de-lis respondió:

—Deseo ir al campamento sarraceno, que está bajo las murallas de Arlés, donde espero encontrar un buque y un buen guia que me conduzca á las playas de África. No me detendré mientras no consiga reunirme con mi esposo y señor, y haré todos los esfuerzos imaginables para romper sus cadenas; porque si no se realiza la promesa de Rodomonte, quiero tener á uno y otro cerca de mí.

—Me ofrezco á acompañarte durante una parte de tu viaje, dijo Bradamante: pero tan pronto como lleguemos á la vista de Arlés, deseo que, en obsequio á mí, vayas á buscar en el campo de Agramante á ese Rugiero, cuyo nombre resuena en todo el mundo, y que le devuelvas este excelente caballo del que he derribado al arrogante africano: quiero además que le repitas estas mismas palabras: «Un caballero que espera probar á la faz del mundo entero que has faltado á la fé que le debias, me ha confiado este corcel, encargándome que te lo entregara, á fin de encontrarte dispuesto y preparado. Dice que apercibas todas tus armas y que le esperes para luchar con el.» No añadas una palabra más, y si quisiere saber por tí quien soy yo, dile que lo ignoras.

Flor-de-lis respondió con su amabilidad acostumbrada:

—Siempre me hallarás dispuesta á prodigar en tu servicio, no ya las palabras, sino hasta la vida, en justa reciprocidad de lo que has hecho por mí.

Bradamante le dió las gracias, cogió á Frontino, y presentó sus riendas á la doncella.

Las dos jóvenes y hermosas viajeras emprendieron su marcha por la orilla del rio, y caminaron con tanta rapidez que no tardaron en distinguir los muros de la ciudad de Arlés y en oir el rumor producido por las olas al estrellarse en las costas vecinas. Bradamante se detuvo á la entrada de los arrabales, con el fin de dejar á Flor-de-lis el tiempo suficiente para que pudiera entregar á Rugiero su caballo. Adelantóse Flor-de-lis; atravesó el rastrillo, el puente y la puerta, y se proporcionó un guia que la acompañara hasta la posada donde residia Rugiero; apeóse del caballo al llegar á ella, y desempeñó su embajada en los mismos términos que le habia encargado Bradamante, devolviendo el excelente Frontino al jóven guerrero: despues, sin aguardar respuesta, se marchó presurosa, para poner por obra el designio que habia formado.

Rugiero quedó confuso y sumamente pensativo, no pudiendo adivinar quién le enviaba aquel reto, precedido de tan grave ultrage, y seguido al mismo tiempo de una accion tan cortés y delicada: no podia comprender cómo habia un hombre capaz de motejarle de falta de fé: de todos sospechaba menos de Bradamante, y atribuia principalmente aquel paso al irreconciliable Rodomonte, si bien no atinaba con el motivo que este pudiera tener para obrar así. Exceptuando al rey de Argel, no recordaba que en todo el mundo hubiera nadie con quien tuviera una cuestion pendiente. Entre tanto la doncella de Dordoña hacia resonar su trompa en señal de desafío.