Llegó á noticia de Agramante y de Marsilio que á las puertas de la ciudad habia un caballero que pedia el combate. Serpentino, que casualmente se hallaba con ellos, les pidió licencia para cubrirse con sus armas y salir á castigar á aquel guerrero temerario. Corrió el pueblo en tropel á las murallas: no quedó niño ni anciano que no acudiera á ver quién seria el vencedor. Serpentino de la Estrella se presentó en el terreno de la lucha, cubierto con una magnífica armadura y una rica sobrevesta; pero al primer encuentro midió el suelo, y su caballo huyó cual si tuviera alas. La galante guerrera se lanzó en pos de él, y trayéndole de la brida, se lo presentó al Sarraceno diciéndole:

—Monta, y haz que tu señor me mande un caballero mejor que tú.

El Rey africano, que estaba presenciando el combate desde las murallas, rodeado de todos sus cortesanos, quedó sorprendido al ver la accion cortés que habia usado la doncella para con Serpentino. «Tenia derecho para retenerlo cautivo, y no lo ha hecho,» exclamó Agramante en alta voz y en presencia del pueblo sarraceno. Llegó Serpentino, y cumpliendo el encargo de Bradamante, pidió al rey de su parte que enviara contra ella un caballero mejor. Grandonio de Volterna, el caballero más orgulloso de España, hizo con sus ruegos de modo que le designaran para suceder á Serpentino: salió furibundo y amenazador al campo, diciendo á la doncella:

—De muy poco ha de servirte tu cortesanía, porque cuando quedes vencido por mí, he de llevarte prisionero á la presencia de mi señor; pero probablemente morirás, si mi brazo hiere con su habitual pujanza.

La jóven le respondió:

—La grosería de tus palabras no impedirá que me muestre cortés contigo, aconsejándote que vuelvas á la ciudad antes de que tus huesos se resientan de la dureza del suelo. Vuélvete y dí de mi parte á tu Rey, que no me he tomado el trabajo de venir hasta aquí para combatir con adversarios de tu jaez; sino que he pedido el combate, para medir mis armas con guerreros de mayor valimiento.

Estas palabras desdeñosas é insultantes excitaron una furiosa cólera en el corazon del Sarraceno, el cual, sin ser dueño de replicar una sola palabra, revolvió iracundo su corcel. La guerrera lo revolvió á su vez, y embistió á Grandonio con Rabican y con su lanza de oro: apenas el asta fatal tocó el escudo del infiel, cuando hizo caer á este del caballo con los piés hácia arriba. La magnánima doncella se apoderó del corcel del vencido, y exclamó:

—Demasiado te advertí que te hubiera valido más llevar al Rey mi mensaje, que empeñarte á todo trance en combatir conmigo. De nuevo te ruego que digas á tu señor, que de entre todos sus guerreros elija uno digno de hacerme frente, y que no pretenda malgastar mis fuerzas con hombres tan poco ejercitados como vosotros en el manejo de las armas.

Los caballeros aglomerados en las murallas no podian adivinar quién era aquel guerrero que tan firme permanecia en los arzones, é iban recordando los nombres de los campeones que tantas veces les habian hecho temblar en las batallas. Muchos suponian que fuese Brandimarte; la mayor parte se fijaba en Reinaldo; otros hubieran presumido que seria Orlando, si no tuvieran noticia de su triste suerte.

Deseoso el hijo de Lanfusa de sostener el tercer encuentro, lo reclamó para sí, advirtiendo que lo pedia, no porque esperara vencer, sino por hacer más disculpable, con su derrota, la de los otros dos guerreros. Se proveyó de todas las armas que para tales casos se requerian, y de los cien caballos que tenia en una cuadra, escogió uno, cuya carrera le parecia más veloz y más á propósito. Salió en busca de la doncella para empezar el combate, pero antes la saludó cortesmente.