—Si es que puedo saberlo, le dijo Bradamante contestando á su saludo, desearia que me dijéseis quién sois.
Ferragús satisfizo esta curiosidad, pues rara vez solia ocultar su nombre á sus adversarios. Bradamante añadió:
—No me desdeño de pelear con vos; pero hubiera deseado encontrar otro enemigo.
—¿Quién es? preguntó Ferragús.
—Rugiero, replicó la jóven, pudiendo apenas pronunciar este nombre, que al salir de sus lábios esparció por su bellísimo rostro los vivos colores de la rosa. En seguida añadió:
—La esclarecida fama de ese guerrero me inspiró el deseo de venir á medir mis armas con las suyas. Ni anhelo otra cosa, ni nada me importa, como no sea el conocer hasta donde llega su valor en los combates.
Dijo con la mayor sencillez estas palabras, que alguno habrá interpretado tal vez maliciosamente. Ferragús le contestó:
—Primeramente hemos de ver cuál de los dos es más experto en el manejo de las armas; y si tongo la misma suerte que mis antecesores, entonces vendrá á aliviar mi tristeza ese gentil caballero con quien tienes tantos deseos de pelear.
Bradamante habia tenido alzada la visera mientras hablaba. Admirando Ferragús su hermoso rostro, se sintió ya medio vencido, y decia entre sí:—«No parece sino que mi adversario sea un ángel del Paraiso; y aunque no me toque con su lanza, me tienen ya abatido sus bellos ojos.» Tomaron terreno, y al encontrarse, Ferragús saltó, como los otros, fuera de la silla. Bradamante sujetó su caballo, y le dijo:
—Vuélvete, y cumple lo que me has prometido.