Cuando Rugiero oyó estas palabras, sintió que su corazon se estremecia; tiñóse su rostro de ese rojo color que la aurora esparce por los aires, y quedó turbado é indeciso. Estimulado, al escuchar aquella noticia, por su siempre abierta y amorosa herida, sintió que se deslizaba por sus venas un fuego abrasador al mismo tiempo que circulaba por sus huesos un frio glacial, producido por el temor de que algun nuevo enojo pudiera haber extinguido el grande amor que Bradamante le dedicaba. En esta incertidumbre no sabia si salir al encuentro de su amada ó permanecer quieto en la ciudad.

Encontrándose allí Marfisa, que tenia grandes deseos de tomar parte en aquella lucha, y estaba cubierta con sus armas de las que rara vez se desprendia así de dia como de noche, apenas vió que Rugiero se armaba, pensó que perderia la ocasion de alcanzar la palma del triunfo, si dejaba que el guerrero saliera antes que ella; por lo cual se le adelantó, confiada en la victoria. Montó á caballo, y salió á escape al sitio donde la hija de Amon, palpitante de impaciencia, estaba esperando á Rugiero, deseosa de retenerlo cautivo, y pensando cómo dirigiria su lanza contra él de modo que menos daño le hiciera. Marfisa apareció fuera de las puertas de la ciudad, llevando en la cimera de su casco un fénix, emblema que lo mismo podia indicar su orgullosa presuncion de ser la única en el mundo en fortaleza, como su honesto propósito de permanecer siempre vírgen. Bradamante la miró con atencion, y viendo que no era Rugiero, le preguntó su nombre, y supo que tenia ante sí á la que le arrebataba su amor, ó mejor dicho, á la que creia su rival, á la que tanto ódio é ira le habia inspirado, á la que seria en fin causa de su muerte, si no tomaba una inmediata venganza de las lágrimas que por su causa derramaba.

Revolvió su corcel y se precipitó sobre Marfisa, no ya con la intencion de derribarla, sino con la de atravesarla de parte á parte con su lanza, y librarse así de sus crueles sospechas. Fuerza le fué á Marfisa medir el duro suelo al primer bote: esta afrenta, que no estaba acostumbrada á recibir, le causó tanta cólera, que estuvo á punto de volverse loca de furor. Apenas se vió en el suelo, sacó la espada, ardiendo en deseos de vengarse de su caida. No menos furiosa la hija de Amon, exclamó:

—¿Qué intentas? ¡No sabes que eres mi prisionera? Si me he mostrado cortés y generosa con los demás, no quiero ser lo mismo contigo, Marfisa, y estoy resuelta á castigar tus instintos villanos y orgullosos.

Estas palabras hicieron estremecerse á Marfisa como un escollo azotado por un viento impetuoso. Quiso contestar, pero el furor embargaba su voz hasta el extremo de que solo pudo articular un rugido. Empezó á esgrimir su espada en todas direcciones, amenazando con ella lo mismo á Bradamante que á su corcel; pero la guerrera cristiana le revolvia con destreza, y lograba esquivar los golpes de su enemiga. Enfurecida en extremo, arremetió á su vez lanza en ristre contra Marfisa, y apenas la tocó, cuando la hizo rodar por el polvo. Levantóse Marfisa nuevamente y continuó descargando cuchilladas sobre su adversaria, la cual le asestó un tercer bote que produjo el mismo efecto que los otros. Aun cuando Bradamante era esforzada, no habria triunfado con tanta facilidad de Marfisa, que no la cedia en valor y denuedo, á no ser por la lanza encantada.

Entre tanto, algunos guerreros del ejército cristiano, que estaba acampado á cosa de milla y media de distancia, se habian ido aproximando al campo en que tenia lugar la lucha, con objeto de admirar la bizarría del caballero cristiano, en quien veian á uno de los suyos, aunque ignoraban quién fuese. Al observar el generoso hijo de Trojano la proximidad de tales guerreros, no quiso encontrarse desprevenido; y á fin de evitar cualquier sorpresa peligrosa, ordenó que una buena parte de sus tropas tomara las armas y se formara fuera de las murallas. Rugiero, á quien el ardor de Marfisa le privó de pelear, salió con dichas tropas. El enamorado jóven estaba contemplando la lucha, lleno de temor y de inquietud por su amada; pues harto conocia el valor de Marfisa. Lleno de temor, como digo, las vió dirigirse una contra otra; pero al observar que Bradamante derribaba á su rival, quedó maravillado y estupefacto: al reparar despues en que la lucha de ambas guerreras no terminaba al primer encuentro, como las anteriores, sintió su corazon profundamente contrariado y temeroso de alguna desgracia. Hacia votos por la dicha y el bien de ambas doncellas; pues amaba á las dos, aunque el afecto que por ellas sentia era muy diferente: Bradamante le inspiraba un amor ardiente y frenético; Marfisa, benevolencia más bien que amor. De buen grado habria interrumpido aquella lucha, si hubiese podido dejar á ambas en buen lugar; pero los guerreros que con él estaban se le adelantaron, interponiéndose entre las dos guerreras, para impedir que venciera el campeon cristiano, el cual llevaba la mejor parte en la pelea. Avanzaron á su vez los caballeros cristianos, y se empeñó al instante un terrible combate, oyéndose resonar por todas partes el grito de «¡A las armas!» cosa que sucedia casi todos los dias. «¡A caballo! ¡Pronto, á armarse! ¡Agrúpese cada cual en derredor de su bandera!» decia con claro y belicoso sonido más de un clarin, recorriendo el campamento, y así como estos llamaban á los ginetes, los tímpanos y los atabales llamaban á los infantes.

Pronto se generalizó la pelea, que fué horrorosa y sangrienta. La valerosa doncella de Dordoña, sumamente encolerizada por no haber podido inmolar á Marfisa aquel dia en que tanto lo deseaba, empezó á recorrer el campo de batalla en todas direcciones, con la esperanza de encontrar á Rugiero, por quien suspiraba sin cesar. Por fin le conoció en el águila de plata que sobre fondo azul llevaba en su escudo, y se detuvo para contemplar con los ojos y la imaginacion aquel pecho, aquellos hombros, aquella agradable apostura y aquella gracia que embellecia todos los movimientos de su amante; pero recordando despues con gran despecho que otra mujer reinaba en su corazon, exclamó poseida de cólera:

—¿Con que otra, y no yo, ha de besar esos hermosos lábios? ¡Ah! no, no; es imposible que ames á otra, Rugiero; de nadie has de ser, sino mio. Antes que verme obligada á morir de rabia, has de perecer á mis manos; pues si te pierdo en este mundo, por lo menos el Infierno me devolverá tu alma, y estarás á mi lado eternamente. Ya que me haces expirar de dolor, justo es que me concedas el dulce consuelo de la venganza; porque, segun todas las leyes, el que da á otro la muerte debe perecer. A pesar de esto, nuestro suplicio nunca será igual; pues tú morirás con justo motivo, al paso que yo muero sin razon. Al arrancarte la vida, haré morir ¡ay de mí! al que desea mi muerte; pero tú, cruel, sacrificas á la que te ama y adora!... Mas ¿por qué vacila mi mano en desgarrar con su acero el corazon de mi enemigo que tantas y tantas veces me ha herido de muerte, confiado en la impunidad que Amor le daba, y ahora presencia, frio é indiferente, mi agonía, sin conmoverle mi dolor profundo? ¡Despierta denodado, ánimo mio, y venga con la muerte de ese infame las mil y mil que me ha hecho sufrir!

Al decir esto, precipitóse sobre Rugiero; pero antes le gritó:

—Defiéndete, pérfido. ¡Si mi brazo secunda á mi furor, no lograrás pisotear los ópimos despojos del corazon altivo de una doncella!