Cuando Rugiero oyó estas palabras, creyó conocer la voz de su amada, como así era; pues la tenia tan impresa en la memoria, que la hubiera distinguido entre mil. Harto comprendió que en aquellas palabras iba envuelta una amarga reconvencion por no haber cumplido la promesa que á Bradamante hiciera, y deseoso, por lo mismo, de justificarse, le indicó con un ademan que deseaba hablarle; pero la jóven, arrastrada por su dolor y por su ira, se dirigia hácia él con la visera calada, con intencion de ponerle tal vez donde no hubiera arena. Cuando Rugiero la vió caer sobre él tan frenética, se afirmó en la silla, y enristró su lanza; pero la tuvo suspendida é inclinada de modo que no la pudiera herir. La jóven, que le embestia con ánimo implacable y dispuesta á herirle, al llegar junto á él, no pudo resolverse á hacerle sufrir la vergüenza de una caida. Sus lanzas, pues, no produjeron efecto alguno; pero en cambio el amor vibró contra entrambos sus armas, y les atravesó el corazon de una amorosa lanzada.

Conociendo Bradamante que no podria resolverse nunca á causar una afrenta á Rugiero, corrió á desahogar en otra parte la cólera que le abrasaba el pecho, y llevó á cabo tales proezas, que serán famosas mientras el cielo gire. En pocos instantes hizo morder el polvo con su lanza de oro á más de trescientos guerreros: á ella solamente se debió aquel dia la victoria: ella sola puso en fuga á todo el ejército moro. Rugiero no cesaba de dar vueltas por todas partes buscándola, y consiguiéndola al fin, se le acercó y le dijo:

—¡Preciso es que te hable ó muera! ¿Qué te he hecho, para que así huyas de mí? Detente, por Dios, y escúchame.

Así como al soplo de los templados vientos meridionales, que aspiran del mar su tibio hálito, se derriten las nieves y los hielos de los torrentes que poco antes eran tan sólidos, así tambien, al oir aquellos ruegos, aquellos breves lamentos, el corazon de la hermana de Reinaldo se ablandó compasivo, cuando poco antes la ira le habia endurecido como el mármol. Sin embargo, no quiso ó no pudo responderle; pero clavó el acicate en un costado de Rabican, y se alejó cuanto pudo del campo de batalla, indicando con un ademan á Rugiero que la siguiera. Llegó á un solitario valle, donde habia una pequeña llanura, en medio de la cual se veia un bosquecillo de cipreses, que parecian vaciados todos en un mismo molde. En aquel bosquecillo se levantaba un gran sepulcro de mármol blanco, recientemente construido. Una breve inscripcion indicaba á los curiosos el nombre del que en él yacia sepultado, pero Bradamante no paró mientes en ella. Rugiero excitó la carrera de su corcel, y á los pocos momentos llegó al bosque y al sitio en que se hallaba la doncella.

Pero volvamos á Marfisa, que en el ínterin habia vuelto á montar á caballo, y procuraba buscar á la guerrera que la derribara al primer encuentro: la habia visto alejarse del campo de batalla, y vió tambien cómo Rugiero se alejaba á su vez, yendo en pos de Bradamante: muy lejos de pensar que el amor le hacia seguir sus huellas, creyó que la perseguia para terminar con las armas en la mano sus mútuas querellas. Espoleó su caballo, y siguió su pista, llegando al bosquecillo casi al mismo tiempo que ellos. Todo el que viva amando, comprenderá sin necesidad de que yo lo escriba, lo molesta que fué para ambos amantes su llegada. Al ver á Marfisa, causa de todo su mal, Bradamante no pudo permanecer tranquila; porque ¿quién podria impedir que no creyera como una cosa cierta, que su amor por Rugiero la hacia volar tras él? Afirmándose en esta creencia, empezó á prodigar á su amante los nombres de traidor y perjuro, exclamando además:

—¿No te bastaba, pérfido, que me trasmitiera la fama tu perfidia, sino que has querido tambien presentarme tu nueva amante? Veo que anhelas arrojarme de tu lado: pues bien, para satisfacer por completo tus deseos inícuos é infames, estoy decidida á morir; pero no será sin hacer lo posible para que perezca conmigo la que es causa de mi muerte.

Al terminar estas palabras, se precipitó más irritada que una víbora sobre Marfisa, dándole en el escudo una lanzada con tal fuerza, que la derribó de espaldas y le hizo clavar casi la mitad de su casco en la tierra: no se puede decir que Marfisa estuviera desprevenida, antes bien se preparaba á combatir é hizo lo que pudo por resistir el choque; pero á pesar de esto dió de cabeza contra el suelo. La hija de Amon, que queria morir ó dar muerte á su enemiga, estaba poseida de tan iracunda saña, que no quiso ya servirse de su lanza para derribarla de nuevo, sino que intentó separar del tronco la cabeza de Marfisa, medio sepultada en la arena; y arrojando lejos de sí la lanza de oro, desenvainó la espada y se apeó rápidamente del caballo: pero llegó ya tarde; porque Marfisa se habia puesto en pié y se preparaba á acometerla, tan excesivamente encolerizada al ver que en aquella nueva lucha tambien habia sido vencida, que de nada le servian á Rugiero las súplicas, ni los gritos con que procuraba estorbar un espectáculo que le afligia vivamente: tan poseidas de furor estaban ambas guerreras que luchaban hasta con desesperacion. Poderosamente atraidas por su mútuo ódio, fueron acercándose hasta el extremo de no serles posible manejar los aceros ni luchar de otro modo más que aferrándose una á otra con las manos. Dejaron caer las espadas por no necesitarlas en aquel extraordinario género de lucha, y buscaron nuevos modos de ofenderse, mientras Rugiero se esforzaba en calmarlas con sus palabras; pero viendo que eran completamente estériles sus ruegos, se resolvió á separarlas empleando la fuerza, y á este fin, les arrebató los puñales de las manos arrojándolos al pié de un ciprés: cuando no tuvieron hierro alguno con que herirse, renovó sus súplicas y aun sus amenazas, pero siempre en vano, porque no pudiendo de otro modo, se ofendian con los puños y los piés. Rugiero insistía, y tan pronto sujetaba á la una como á la otra por los brazos ó las manos, separándola de su adversaria: por último, hizo tanto, que atrajo sobre sí todo el ódio y furor de Marfisa. Acostumbrada esta guerrera á despreciarlo todo, olvidó la amistad que á Rugiero la unia; y dejando á Bradamante, corrió á recoger su espada, y se lanzó sobre él.

—Cometes una accion villana y descortés, le dijo, viniendo á interrumpir nuestro combate; pero esta mano, que basta á vencer á entrambos, castigará tu audacia.

En vano procuró Rugiero apaciguar á Marfisa, empleando las frases más conciliadoras; tan irritada la veia contra él, que conoció que era tiempo perdido el empleado en aplacarla. Al fin, enrojecido á su vez de cólera, se vió obligado á desenvainar la espada. No creo que Atenas, ó Roma, ú otro país del mundo ofrecieran á los que lo contemplaban un espectáculo más agradable, que lo que este combate lo fué para la celosa Bradamante, por lo mismo que venia á echar por tierra todas sus sospechas. Habia recogido del suelo su espada, y se mantenia apartada observando las peripecias de aquella nueva lucha: creia ver en Rugiero al Dios de la guerra, por su pujanza y destreza; y si este le parecia el mismo Marte, veia en Marfisa una furia infernal, escapada del Averno.

El gallardo jóven estuvo por espacio de algun tiempo sin hacer uso de todo su vigor, pues conocia demasiado el poder de su espada, tantas veces puesto á prueba: donde caia aquel acero, quedaban rotos ó perdian su virtud todos los encantos, por cuya causa procuraba descargar sus golpes de plano, y no de filo ó de punta, á fin de no ocasionar daño á Marfisa. Largo rato combatió de aquel modo; pero al fin perdió la paciencia, al dirigirle su adversaria una terrible cuchillada con intencion de dividirle la cabeza: levantó el escudo con objeto de parar el golpe, y aun cuando por estar encantado su broquel no quedó rajado ó hendido, la violencia del tajo fué tal, que le dejó adormecido el brazo: á no haber poseido las armas de Héctor, hubiera perdido el brazo izquierdo y quizá tambien la cabeza, cumpliendo así el cruel deseo de la doncella. Al sentir el guerrero este golpe, olvidó toda compasion; despidieron rayos sus ojos, y asestó á su adversaria una estocada con toda su fuerza. ¡Desgraciada de tí, Marfisa, si te hubiera alcanzado el acero!