No podré deciros cómo, pero el caso fué que la espada penetró más de palmo y medio en el tronco de uno de los muchos cipreses que allí habia plantados. En el mismo momento, un gran terremoto sacudió el monte y la llanura, y se oyó una voz estentórea, superior á la de todo mortal, que saliendo del sepulcro que habia en medio del valle, exclamaba:
—¡Deteneos! Suspended ese terrible combate; pues seria inhumano é injusto que el hermano diera muerte á su hermana ó esta matara á aquel. Tú, Rugiero, y tú, Marfisa mia, dad crédito á mis palabras que no son fingidas: concebidos los dos en un mismo seno por obra de un mismo padre, vísteis juntos la luz primera. Rugiero II os engendró: llamóse vuestra madre Galaciela, cuyos hermanos, despues de haber quitado la vida á vuestro desdichado progenitor, la expusieron en un débil leño al furor de las olas, sin tener en cuenta que se hallaba grávida de vosotros, ni que procedíais de su mismo tronco. Pero el destino, que aun antes de nacer os reservaba para llevar á cabo las empresas más gloriosas, hizo que la barquilla llegase felizmente á las costas deshabitadas que en frente de las Sirtes se encuentran, desde donde subió al Paraiso el alma bienaventurada de Galaciela, despues de daros á luz: tal fué la voluntad de Dios y tal vuestro destino. Testigo yo de aquel suceso, dí á vuestra madre una sepultura tan honrosa como era posible en aquella playa desierta, y envolviéndoos en mi manto, os llevé al monte de Carena. Hice salir una leona de las guaridas del bosque, la amansé, la obligué á abandonar á sus cachorros, y durante veinte meses os alimentó cuidadosamente con su leche. Un dia en que se me ocurrió alejarme de vuestra morada para recorrer el país, os vísteis sorprendidos por una horda de árabes, segun tal vez recordareis, los cuales se apoderaron de tí, Marfisa; pero Rugiero pudo salvarse merced á la celeridad de sus piernas. Tu pérdida me afligió profundamente, y desde entonces redoblé mi vigilancia para custodiar á tu hermano. Demasiado sabes, Rugiero, los cuidados que tu maestro Atlante te prodigó durante su vida. Las estrellas fijas me predijeron que perecerias á traicion entre los cristianos, y para apartar de tu cabeza su funesto influjo, consagré todos mis esfuerzos á mantenerte alejado de ellos: viéndome al fin impotente para contrarestar tus deseos, caí enfermo y perecí de dolor; pero antes de expirar pude prever que vendrias á luchar con Marfisa en este sitio, é hice que los espíritus infernales me construyeran con enormes piedras el sepulcro que estais viendo: al mismo tiempo dije á Aqueronte con penetrante voz: «No quiero que, despues de mi muerte, arrebates mi espíritu de este bosque, hasta que llegue á él Rugiero para batirse con su hermana.» Esta es la razon de que mi espíritu haya estado esperando vuestra venida bajo esta verde enramada por espacio de muchos dias. Desecha, pues, esos terribles celos que sientes por nuestro Rugiero, á quien tanto amas, Bradamante. Pero me es forzoso ya abandonar la region de la luz y pasar á la mansion de las tinieblas.
Calló la voz, dejando en extremo asombrados á Marfisa, á Rugiero y á la hija de Amon. Los dos primeros, llenos de júbilo, se reconocieron como hermanos, y se arrojaron uno en brazos de otro, sin que Bradamante se manifestara ya ofendida por estas muestras de cariño. Ambos hermanos empezaron á recordar con gran placer algunas de las circunstancias de su edad juvenil, acabando de conocer así la verdad de las palabras proferidas por el espíritu de Atlante. Rugiero no quiso ocultar á su hermana el amor que á Bradamante tenia; le refirió con palabras afectuosas todos los grandes favores que debia á su amada, y no cesó hasta conseguir que sucediera el afecto á la cólera en el corazon de ambas jóvenes é hizo que se abrazaran mútuamente en señal de reconciliacion.
Marfisa dirigió despues algunas preguntas á Rugiero con respecto á la patria y clase de su padre; deseaba sobre todo saber quién le habia muerto; si su muerte ocurrió en palenque cerrado ó en el campo de batalla, y quiénes eran los que habian intentado sepultar en las olas á su desgraciada madre; todo lo cual se habia borrado de su memoria, dado caso de que hubiera llegado á su noticia cuando niña. Rugiero satisfizo su justa curiosidad diciéndole que eran de orígen troyano, y que descendian directamente de Héctor.
—Cuando Astyanax[116], prosiguió diciendo, se escapó de las manos de Ulises y de los lazos que le habia tendido, dejando en lugar suyo otro jóven de su misma edad, salió de aquel país, y despues de haber vagado mucho tiempo por los mares, llegó á Sicilia y reinó en Messina. Sus descendientes pasaron al otro lado del Faro, y se establecieron en una parte de la Calabria; y despues de una larga série de años fueron á habitar en la ciudad de Marte. Varios emperadores é ilustres reyes de su raza dominaron en Roma y en otras partes, desde Constante y Constantino hasta Carlomagno, hijo de Pepino el Breve. Entre ellos se distinguieron Rugiero I, Gianbaron, Buovo, Rambaldo, y por último Rugiero II, que fué, segun acabais de oir á Atlante, el que fecundizó el seno de nuestra madre. La historia ha inmortalizado los preclaros hechos de nuestros progenitores.
Rugiero continuó refiriendo que el rey Agolante habia ido á Francia con Almonte y el padre de Agramante, llevando en su compañía una doncella hija suya, tan valerosa que venció en combate singular á muchos paladines: cediendo al poco tiempo al amor que Rugiero le inspiraba, desoyó las amonestaciones de su padre, recibió el bautismo y se casó con su amante: pero abrasado el traidor Beltran de un incestuoso amor hácia su cuñada, vendió á su patria, á su padre y á sus dos hermanos con la esperanza de poseerla, entregó la ciudad de Ris[117] á los enemigos, y aquellos quedaron á merced del vencedor. Terminó el jóven guerrero diciéndoles que tan pronto como Agolante y sus despiadados hijos se apoderaron de Galaciela, que se hallaba en cinta de seis meses, la abandonaron al furor del mar tempestuoso, en medio de un riguroso invierno y en una barquilla sin timon.
Estaba Marfisa escuchando con profunda atencion todas las palabras de su hermano, y mientras tanto brotaban de sus hermosos ojos copiosas lágrimas de júbilo, al pensar en que circulaba por sus venas la sangre de los Mongrana y los Claramonte, cuyos descendientes habian sabido brillar por luengos años en el mundo, sobrepujando en bizarría á los varones más ilustres. Cuando Rugiero le reveló que el abuelo, el padre y el tio de Agramante dieron muerte á traicion á Rugiero y trataron de un modo cruel á Galaciela, no pudo Marfisa contenerse y le interrumpió diciendo:
—¡Ah, hermano mio! Perdóname que te diga que has cometido una gran falta dejando sin venganza la muerte de tu padre. Si no pudiste derramar la sangre de Almonte y de Trojano, por estar ya muertos, ¿no debias hacer recaer tu cólera sobre sus hijos? ¿Es posible que Agramante viva, viviendo tú? Mancha es esa de la que tu rostro no se verá libre jamás, porque, despues de tantas injurias, no solo no has inmolado á ese rey, sino que permaneces en su corte admitiendo un sueldo suyo. Pero juro á Dios, (á ese Cristo, Dios verdadero, á quien deseo adorar como lo adoró mi padre) que no he de despojarme de esta armadura hasta dejar vengados á Rugiero y á mi madre. Me lamento y me lamentaré de tu conducta, mientras te vea entre las tropas de Agramante ó de cualquier otro monarca mahometano, esgrimiendo ese acero que debieras bañar en su aborrecida sangre.
¡Con cuánta satisfaccion levantó su rostro la hermosa Bradamante al escuchar estas palabras, que la llenaban de júbilo! La hija de Amon se esforzó en persuadir á Rugiero á que pusiera inmediatamente por obra los consejos de Marfisa, y á que fuera á reunirse con Carlomagno, dándose á conocer á aquel monarca, que tenia en tanta veneracion y aprecio el recuerdo de las ínclitas proezas de su padre Rugiero, que aun le consideraba como el más valiente de todos los guerreros. Rugiero le respondió acertadamente, que tal debia haber sido su conducta desde un principio, pero que habia perdido un tiempo precioso por no haber tenido un conocimiento tan exacto de la historia de sus padres como despues lo tuvo, y que habiéndole ceñido Agramante la espada de caballero, cometeria una accion indigna y una traicion infame si le diera la muerte, despues de haberle rendido pleito homenaje. Sin embargo, prometió á Marfisa, como se lo habia prometido en otro tiempo á Bradamante, aprovechar la menor oportunidad que se le presentase y emplear todos los medios que á su alcance estuviesen para acceder á los deseos de ambas sin faltar á las leyes del honor. Añadió que si no lo habia hecho ya, no era suya la culpa, sino del Rey de Tartaria, que le dejó tan mal parado despues de su combate con él, como era bien notorio, y como podia atestiguar la misma Marfisa mejor que otra persona cualquiera, puesto que entonces le visitaba diariamente.