Largo rato debatieron los tres este importante asunto, y por último convinieron en que Rugiero volviera al lado de Agramante, hasta que se le presentara una ocasion propicia para pasar al servicio de Carlomagno.
—Déjale que se vaya, dijo Marfisa á Bradamante, y desecha todo temor; yo te prometo hacer de modo que dentro de pocos dias no obedezca las órdenes de Agramante.
Así dijo; pero se guardó de revelar el propósito que al efecto habia fraguado en su imaginacion.
Rugiero se despidió al fin de ellas, y volvia ya riendas á su corcel para regresar al lado de Agramante, cuando llamaron la atencion de los tres unos lamentos que salian del valle inmediato.
Escucharon más atentamente y creyeron percibir el llanto y los gemidos de una mujer. Pero deseo que este canto termine aquí y que secundeis benévolos este deseo, prometiendo por mi parte narraros cosas más interesantes en el canto siguiente, si acudís á escucharlo.
CANTO XXXVII.
Atraidos Rugiero y las dos doncellas por los lamentos que se oian en el valle inmediato, encuentran á Ulania y sus compañeras á quienes Marganor habia cortado los vestidos.—Los dos amantes y Marfisa acometen al infame y vengan aquella afrenta.—Marfisa hace cambiar la ley que estaba establecida en el castillo de Marganor, y este perece á manos de Ulania.
Si así como las mujeres ponen noche y dia todo su cuidado y diligencia en obtener los dones que la Naturaleza no puede proporcionar sin el arte, y como han practicado con buen éxito las acciones más sublimes, se hubieran dedicado á aquellos estudios que inmortalizan las virtudes humanas, y hubiesen podido cantar por sí mismas sus propias alabanzas sin necesidad de mendigar el auxilio de los escritores, á quienes el despecho y la envidia corroe el corazon de tal modo, que ocultan con frecuencia el bien que de ellas pueden decir, y publican el mal por todos los medios que están á su alcance, tan enaltecido se veria su nombre, que tal vez llegaria á empañar la brillante fama de los varones más eminentes. No contentos muchos poetas, en especial los antiguos, con prodigarse mútuamente el incienso de la adulacion, estudian asíduamente el modo de poner en relieve todas las imperfecciones de la mujer, y para impedir que llegue á prevalecer sobre el hombre, se esfuerzan cuanto pueden en oscurecer su mérito, cual si el esplendor del sexo femenino pudiera amenguar el del nuestro, lo mismo que las nubes disminuyen la intensidad de los rayos del Sol. Pero jamás ha tenido bastante poder la lengua con sus discursos ni la mano con sus escritos, por más que hayan cifrado todos sus conatos en aumentar el mal y disminuir el bien, para destruir la gloria de la mujer hasta el extremo de no dejar alguna parte de ella, aun cuando desgraciadamente han logrado que no llegara ni con mucho á donde debiera.