Harpalice[118], Tomiris[119], las heroinas, que socorrieron á Turno y á Héctor[120], la princesa que, seguida de Tirios y Sidonios, atravesó los mares para establecerse en la Libia[121], Zenobia[122], la famosa reina que llevó sus armas victoriosas por la Asiria, la Persia y la India[123], y otras muchas, no fueron las únicas damas dignas de la inmortalidad por sus esclarecidos hechos de armas. Y no tan solo Roma y Grecia tuvieron el privilegio de dar al mundo mujeres fieles, castas, prudentes y esforzadas: todos los países de la Tierra las han producido, desde las márgenes del Indo hasta las playas de las Hespérides, donde el Sol recoje su cabellera; pero los escritores falsos, injustos y envidiosos de su tiempo apenas nos han dejado el recuerdo de una por cada mil. Continuad á pesar de esto vuestro camino, ¡oh mujeres amantes de la virtud! sin que os detenga el temor de no adquirir la honrosa fama que vuestras elevadas acciones merecen; pues así como no hay cosa buena que dure siempre, tampoco se perpetúan las malas, y si hasta ahora habeis carecido de escritores que enaltecieran vuestras sublimes virtudes, en la época actual contais con ellos. Hoy os dedican sus cantos Marullo, el Pontan, los dos Strozzi, padre é hijo; el Bembo, el Cappel, el que ha hecho adquirir á sus cortesanos el mismo gusto que siente por la poesía, Luis Aleman y esos dos príncipes, tan queridos de Marte como de las Musas y descendientes de los soberanos de la comarca que atraviesa el Mincio y está rodeada de anchurosos lagos. El amor, la fé y el invencible y esforzado ánimo que aun en presencia de los mayores peligros ha demostrado Isabel por uno de estos príncipes, han hecho que él os pertenezca más que á sí mismo, aun cuando ya era inclinado por instinto á honraros y reverenciaros, y á hacer resonar el Pindo y el Cinthio con vuestras alabanzas, elevándolas hasta el mismo Cielo: por esta razon se manifiesta incansable en celebraros en sus versos llenos de fuego, y por esta razon tambien está siempre dispuesto á tomar las armas para castigar á los que os ultrajen. No existe en el mundo un caballero más decidido que él á perder su vida en defensa de la virtud, y al mismo tiempo que con sus acciones da á los poetas inagotable materia para ensalzarle, eterniza la fama de los demás con sus escritos. Digno es por lo tanto de que el Cielo le concediera una esposa dotada de tan inestimables prendas como la que más de su sexo, una esposa de constancia inalterable, y que haya sido para él una verdadera columna, despreciando todos los reveses de la fortuna[124]. ¿Dónde se vieron nunca dos esposos más dignos el uno del otro? Coloca nuevos trofeos en la orilla del Oglio; pues entre el fragor de las armas, de los carros, de los incendios y de las olas ha escrito versos tan sonoros y melodiosos, que el cercano rio se manifiesta envidioso de su gloria.
Al par de ese ilustre príncipe, un Hércules Bentivoglio enaltece vuestras virtudes en agradables poesías; Renato Trivulcio, mi querido Guideto y Molza, favorito de Febo, segun vosotras mismas decís, os dedican tambien sus versos, lo mismo que Hércules, duque de los Carnutos é hijo de mi señor, el cual despliega sus alas, y cual canoro cisne se remonta cantando por los aires y llevando vuestro nombre hasta el cielo. El Marqués del Vasto, no contento con ofrecer, merced á sus prodigiosas hazañas, suficientes asuntos en que se inspiraran todos los antiguos poetas de Roma y Atenas, se ensaya asimismo en inmortalizaros con sus escritos. Y aparte de estos y de otros muchos que os han glorificado y os glorifican en sus canciones, vosotras tambien sabeis dejar eterno recuerdo de vuestras virtudes; pues abandonando por un momento la aguja y el hilo, habeis ido y vais aun en número considerable á extinguir con las Musas vuestra sed en la fuente de Aganipe[125], regresando de ella tan inspiradas, que más bien necesitamos los hombres de vuestros auxilios que vosotras de los nuestros. Si pretendiera recordar aquí los nombres de estas ilustres poetisas, y ocuparme de cada una de ellas en particular, ponderando cual merecen sus excelencias, me veria precisado á escribir más de un pliego y dedicar hoy mi trabajo exclusivamente á este asunto. Si me limito á pronunciar cinco ó seis nombres, podrán ofenderse ó enojarse con razon las que no cite. ¿Qué haré pues? ¿Las pasaré á todas en silencio, ó escogeré una sola entre tantas? Escogeré una sola; pero la elegida será tal, que su nombre hará enmudecer á la envidia, y nadie podrá llevar á mal que me calle con respecto á las demás y solo á ella la celebre. La dama á quien me refiero, no solo se ha hecho inmortal por ese estilo tan dulce cual no he oido otro alguno, sino que con sus palabras ó escritos podria muy bien sacar de la tumba á cualquier mortal, haciéndole vivir eternamente. Así como Febo derrama sobre su cándida hermana rayos más luminosos que sobre Venus y Maya[126] y cuantas estrellas giran con el cielo ó tienen movimiento propio, así tambien la facundia y la elocuencia inspiran á la dama de que os hablo más dulcemente que á todas las demás, y prestan tal vigor á sus altos y luminosos pensamientos, que engalana con un nuevo sol al cielo. Victoria es su nombre, perfectamente adecuado á la que ha nacido entre los triunfos y á la que siempre está rodeada de laureles y trofeos, y parece haber encadenado á la victoria. Semejante á la fiel Artemisa[127], que tan celebrada fué en la antigüedad por el recuerdo piadoso que dedicó á su Mausoleo, Victoria tiene sobre aquella reina la ventaja de que en vez de haber sepultado á su esposo, ha conseguido resucitarle en la memoria de los vivos, obra bastante más digna y meritoria. Si Laodamia[128], si la mujer de Bruto[129], si Arria[130], Argía[131], Evadne[132], y otras muchas merecieron alabanzas por haber querido seguir á sus maridos en el sepulcro, ¿cuántas mayores no deberán tributarse á Victoria por haber arrancado el nombre de su esposo á las aguas del Leteo y á las del rio que rodea nueve veces el tenebroso abismo, á pesar de las Parcas y de la Muerte? Si el héroe macedonio envidió al fiero Aquiles la sonora trompa meónica que celebró sus hazañas[133], ¿cuánta mayor envidia te tendria ¡oh invicto Francisco de Pescara! si hubiese vivido en esta época, al ver que la más casta de las esposas, tan adorada por tí, te tributa en sus versos el honor que se te debe, y que merced á ella resuena tu ilustre nombre por el universo hasta el extremo que pudieras desear? ¡Oh! Si quisiera consignar en el papel todo cuanto pudiera ó desearia decir de tí, ilustre Victoria, mi tarea seria por demás larga y prolija, aunque no tanto que no me quedara una gran parte por manifestar, y en el ínterin dejaria en suspenso la bella historia de Marfisa y sus compañeros, que os prometí continuar si acudíais á oir este canto. Ya que estais aquí para escucharme, y yo dispuesto á cumplir mi promesa, guardaré para mejor ocasion mi propósito de cantar las alabanzas de tan esclarecida dama, no por tener la pretension de que mis versos sean necesarios á quien bastan y sobran sus propias y dulcísimas rimas, sino por satisfacer mis deseos de honrarla y alabar su virtuoso corazon.
Concluyo, pues, adorables mujeres, afirmando que en todos los tiempos han existido muchas de vuestro sexo dignas de figurar en la Historia; pero cuyos nombres han quedado sepultados en el olvido por efecto de la envidia de los escritores, lo cual no sucederá ya en adelante pues, que vosotras mismas sabeis inmortalizar vuestras virtudes. Si las dos cuñadas hubieran sabido hacer otro tanto, hoy conoceríamos con mayor exactitud todas sus hazañas: me refiero á Bradamante y á Marfisa, cuyas ínclitas proezas procuro sacar á luz, aunque me esfuerzo en vano, pues solo he podido averiguar la décima parte de ellas: en cuanto á las que conozco, ya veis cuán voluntariamente las canto, no solo porque es un deber el descubrir toda heróica accion donde quiera que se halle oculta, sino tambien porque mi mayor anhelo es el de hacerme agradable á vuestros ojos, ¡oh encantadoras mujeres, á quienes amo y venero!
Como os decia, preparábase Rugiero á emprender su marcha, y se habia despedido ya de sus compañeras y sacado su espada del ciprés sin que el árbol se lo estorbara como anteriormente, cuando oyó gritos lastimeros y cercanos que llamaron poderosamente su atencion; y seguido de las dos jóvenes, se lanzó hácia el sitio de donde al parecer salian aquellos gemidos, con objeto de prestar el auxilio que el caso requiriese. Cuanto más avanzaba, más claras y distintas llegaban las quejas á sus oidos: una vez en el valle, vieron tres mujeres desconsoladas y llorosas y en una situacion algo extraña; pues una mano atrevida y criminal les habia cortado las faldas de sus vestidos hasta el ombligo, y no sabiendo cómo ocultar su desnudez, se mantenian sentadas sin atreverse á levantarse. Así como aquel hijo de Vulcano que salió del polvo sin auxilio de madre alguna, y fué despues confiado por Palas á los cuidados de la curiosa Aglaura, ocultaba la deformidad de sus piés permaneciendo constantemente sentado en el carro, del que fué inventor[134], del mismo modo ocultaban aquellas tres jóvenes las cosas que debian tener secretas, permaneciendo sentadas en el suelo.
Aquel espectáculo increible y deshonesto hizo que en los rostros de las dos magnánimas guerreras apareciera el color que suele tener en la Primavera la rosa de los jardines de Pesto. Bradamante contempló con alguna atencion á aquellas jóvenes y conoció en una de ellas á Ulania, la embajadora que habia venido á Francia desde la isla Perdida; y conoció tambien á las otras dos jóvenes por haberlas visto en otra ocasion acompañando á la primera. Se dirigió, sin embargo, á la embajadora, y le preguntó qué mano impía y menospreciadora de toda ley y toda costumbre habia podido descubrir á los ojos de los demás los secretos que la misma Naturaleza al parecer se esfuerza en encubrir. Ulania que conoció al instante, por sus armas y por su voz, á la guerrera que pocos dias atrás habia derribado de la silla á tres campeones, le refirió que los moradores de un castillo próximo, gente perversa y despiadada, además de inferirles la afrenta de cortarles los vestidos, las habian azotado y causado otros daños: añadió que ignoraba lo que habia sido del escudo de oro, y de los tres reyes que la venian acompañando á través de tantos países, cuya suerte desconocia por completo; y terminó diciendo que se dirigia por aquel camino, no obstante lo mucho que le pesaba caminar á pié, para denunciar tal ultraje á Carlomagno, con la esperanza de que no lo dejaria impune.
Al llegar al valle vieron tres damas con los vestidos cortados.
(Canto XXXVII.)
Esta narracion, y la vista de aquella grave injuria, excitó la indignacion de Rugiero y de las dos guerreras, cuyos corazones eran tan compasivos como fuertes y valientes; y olvidando sus propios asuntos, y sin aguardar siquiera á que la afligida Ulania les rogara que tomasen á su cargo su venganza, emprendieron inmediatamente el camino del inhospitalario castillo. Pero antes se quitaron de comun acuerdo las sobrevestas con las cuales pudieron cubrir la desnudez de aquellas desdichadas: Bradamante no quiso tolerar que Ulania siguiera caminando á pié, y la hizo montar á la grupa de su caballo, y Rugiero y Marfisa hicieron lo mismo con las otras dos jóvenes.
La embajadora indicó á Bradamante la via que más directamente conducia al castillo, y en cambio la hija de Amon procuró consolarla, asegurándole que castigaria al que la habia ofendido. Salieron del valle, y empezaron á subir una montaña por un sendero largo y tortuoso: el Sol se habia ocultado ya tras los mares, y nuestros caminantes no se habian concedido aun el menor reposo, cuando en la empinada cumbre de un monte de difícil acceso vieron una pequeña aldea, en donde hallaron el mejor albergue y cena que era compatible con las condiciones de aquel lugar. Examinaron atentamente cuanto les rodeaba, y observaron que por todas partes habia mujeres, ya viejas, ya jóvenes, pero no vieron el rostro de un solo hombre. No fué tan grande el asombro de Jason y de los argonautas que con él iban, al ver que en toda la extension de la isla de Lemnos no existian siquiera dos varones, por haber dado muerte las mujeres de la misma á sus esposos, padres, hijos y hermanos[135], como el que experimentaron en aquella aldea Rugiero y sus compañeras.
Bradamante y Marfisa hicieron que se proporcionasen á Ulania y á las doncellas de su servidumbre tres vestidos, si no tan lujosos como los que llevaban, á lo menos completos. Rugiero llamó á una de las mujeres que habitaban allí, y le manifestó sus deseos de saber dónde estaban los hombres de aquella tierra, puesto que no veia ninguno. La interrogada satisfizo su curiosidad de esta manera: