—Lo que tal vez es para vos un motivo de asombro, es una pena aguda é intolerable para nosotras, que vivimos en la soledad más triste; y como si sus rigores no fueran ya bastantes, nuestros padres, esposos é hijos, á quienes tanto amamos, se hallan muy lejos de nosotras, condenados á una triste separacion por un dueño tan tirano como cruel. Este bárbaro señor nos ha relegado á los confines de sus tierras, donde hemos nacido, y que apenas distan dos leguas de aquí, despues de habernos hecho sufrir mil dolorosas injurias, amenazando con la muerte y los suplicios más terribles á nuestros parientes y á nosotras mismas, si ellos se atreven á venir á nuestro lado, ó si llega á su noticia que nosotras nos permitimos recibirles. Hasta tal extremo nos ódia, que no tolera nuestra proximidad á él, ni que se nos reuna alguno de los nuestros, como si le emponzoñara el olor del sexo femenino. Dos veces se han despojado los árboles de su verde cabellera, y otras dos se han engalanado con ella, desde que ese infame señor se entrega impunemente á su furor sombrío: sus vasallos le temen como á la misma muerte; porque á su mal corazon ha añadido la naturaleza un vigor sobrenatural. Su cuerpo, de estatura gigantesca, está dotado de más fuerza que cien hombres juntos: y su crueldad no se limita á nosotras, que somos sus vasallas, sino que se ensaña doblemente con las extranjeras. Si apreciais vuestro honor y el de esas tres damas que os acompañan, os será mucho más útil, bueno y seguro no pasar adelante y seguir otro camino; pues este conduce al castillo del hombre de que os hablo, en donde os será forzoso someteros á la infame ley que ha establecido, con daño y vergüenza de las damas y caballeros que pasan por su territorio. Marganor el felon (así se llama el señor, el tirano de aquel castillo) supera en crueldad al mismo Neron y á cuantos se hayan hecho famosos por sus iniquidades: su deseo de saciarse con sangre humana, y en especial con la de las mujeres, es mayor que el del lobo ansioso de beber la sangre del cordero; y cuantas damas llegan, por su mala estrella, á su castillo, son arrojadas de él, despues de haber tenido que soportar la afrenta más vergonzosa.

Rugiero y sus compañeras manifestaron deseos de conocer la causa de aquel ódio implacable, y suplicaron á su huéspeda que les hiciera la merced de continuar, ó más bien de relatarles la historia por completo.

—«El señor del Castillo, dijo la aldeana, fué siempre de instintos crueles, inhumanos y feroces; pero durante algun tiempo supo ocultarlos tan bien, que nadie los pudo adivinar. Mientras vivieron sus dos hijos, cuya índole era muy distinta de la de su padre, pues acogian benignamente á los extranjeros, y en su corazon no tenia entrada la crueldad ni demás villanas inclinaciones, florecian en aquella mansion la hidalguía, las suaves costumbres y las acciones honrosas. Su padre, á pesar de su avaricia, jamás quiso privarles de cuanto les era grato. Los caballeros y las damas que pasaban por este camino, recibian tan halagüeña hospitalidad, que se alejaban prendados de la amabilidad y galantería de los dos hermanos. Ambos habian recibido al mismo tiempo las sagradas órdenes de caballería, y ambos eran gallardos, ardorosos y de régio continente: llamábase el uno Cilandro, y Tanacro el otro. Por sus hechos merecian toda clase de elogios y distinciones, como los hubieran seguido mereciendo sin duda, á no haberse dejado dominar por ese deseo que llamamos amor, por culpa del cual se apartaron del camino recto y se intrincaron en el laberinto del error, mancillando de un golpe la honrosa conducta de su vida entera.

»Llegó cierto dia al castillo de Marganor un caballero de la corte del Emperador de Oriente con una dama de recatado porte, y tan bella como pudiera anhelar el más exigente deseo. Cilandro se apasionó de ella hasta tal punto, que temió morir, si no alcanzaba su posesion: le parecia que, al alejarse aquella dama, se iria con ella su existencia. Conociendo que por medio de los ruegos no conseguiria nada, se decidió á hacerla suya por la fuerza. Armóse, y se emboscó á corta distancia del castillo, por donde debian pasar al partir: su acostumbrada audacia y el fuego que ardia en su corazon no le dieron tiempo para reflexionar en lo que iba á hacer; así fué que en cuanto divisó al caballero, salió á atacarle frente á frente. Creia poder vencerle al primer encuentro y alcanzar de un solo golpe la victoria y la conquista de la dama; pero el caballero, que era más diestro en el manejo de las armas, le hizo pedazos la coraza, cual si fuera de vidrio. No tardó Marganor en saber la triste nueva, y ordenó que trasladaran á su hijo en un féretro al castillo: al contemplarle muerto, prorumpió en acerbo llanto, é hizo que enterraran el cadáver en el sepulcro de sus antepasados.

»Esta desgracia no influyó para nada en la hospitalidad que se concedia á los caballeros y damas transeuntes; porque Tanacro no era menos galante ni menos gentil que su hermano. En el mismo año llegó de lejanas tierras un magnate con su esposa; él maravillosamente apuesto; ella tan donosa y bella cuanto es presumible, y digna de todo encomio, lo mismo por su belleza, que por su honestidad y su esforzado ánimo. Aquel caballero descendia de una estirpe ilustre y generosa; era tan valiente como el guerrero de mayor fama, y bien necesitaba reunir tan envidiables dotes quien poseia el amor de una dama de tan excelentes y valiosas prendas. Olindro de Longueville era el nombre del guerrero: Drusila el de su esposa. Tanacro sintió por ella una pasion tan violenta como la que concibiera su hermano por la dama, causa de su desastrosa muerte. Lo mismo que él, buscó todos los pretextos imaginables para violar la sagrada y santa hospitalidad, antes que resignarse á sufrir la muerte que indudablemente le ocasionarian sus irresistibles deseos; pero recordando el triste ejemplo de su hermano, víctima de su poco meditada resolucion, se propuso robar á la dama de modo que Olindro no pudiera vengar su deshonra. Pronto se extinguió en él aquel virtuoso y digno proceder que guiaba todos sus pasos, y pronto tambien se vió envuelto en las cenagosas aguas del vicio, en cuyo fondo habia permanecido constantemente su padre. Durante la noche reunió sigilosamente veinte hombres armados, y se emboscó con ellos en cierta gruta que habia en el camino del castillo y algo apartada de él. Apenas se presentó Olindro al dia siguiente, le cerraron el paso, le cortaron la retirada por todas partes, y á pesar de su heróica y tenaz resistencia, perdió la vida y la mujer á un tiempo mismo.

»Muerto Olindro, Tanacro se llevó cautiva á la hermosa dama, cuya desesperacion era tal, que se negaba resueltamente á vivir y pedia por favor que le arrancasen la existencia.

»Decidida á no sobrevivir á su esposo, se arrojó al fondo de un precipicio; mas no pudo conseguir su intento, aun cuando quedó herida en la cabeza y lastimosamente magullada. Tanacro la hizo conducir al castillo en unas parihuelas: mandó que se la asistiera cuidadosamente, pues no queria perder tan codiciada presa, y en tanto que se acercaba su restablecimiento, lo iba preparando todo para celebrar la boda, resuelto como estaba á ofrecer el título de esposa á una tan bella y honesta dama.

»En esto se cifraban los pensamientos, los deseos, los cuidados y las conversaciones todas de Tanacro. Conociendo que la habia ofendido, confesaba su culpa y hacia cuanto le era posible por enmendarla; pero todo en vano: cuanto mayor era su cariño y más se esforzaba en demostrárselo, mayor era y más intenso el ódio que Drusila le tenia, y más firme su resolucion de vengarse de él matándole; pero este ódio no la cegaba hasta el punto de desconocer que, si queria ver logrado su propósito, le era fuerza disimular, apelar á la astucia, hacer ver á Tanacro lo contrario de lo que sentia, y fingir haber olvidado su primer amor, aceptando el que el asesino de su esposo le ofrecia. Su rostro afectaba una completa calma, pero en su corazon hervia el deseo de venganza, único que la animaba. Muchos planes formó: adoptó unos, desechó otros y aplazó algunos. Por último, juzgó que realizaria mejor su intento, sacrificando ella misma su existencia; porque ¿qué suerte más venturosa podria apetecer que la de perder su vida por vengar á su adorado esposo? Mostróse, pues, sumamente gozosa, fingiéndose impaciente por efectuar el matrimonio proyectado: lejos de manifestar repugnancia, procuraba allanar cuantos obstáculos podian demorarle, y hasta se adornaba y engalanaba con cierta coquetería, ni más ni menos que si hubiera entregado á su Olindro al más completo olvido. Sin embargo, una condicion impuso: la de que las bodas se celebrasen al uso de su país. Nada menos cierto que la costumbre que, segun indicó, existia en su patria; pero no ocurriéndosele otro medio de matar á Tanacro, imaginó un pretexto engañoso para conseguir el buen éxito de su plan. Esta costumbre era la siguiente: La que vuelve á contraer matrimonio, antes de unirse á su nuevo esposo, debe aplacar los manes del difunto á quien ofende, haciendo celebrar misas y honras, en remision de sus pasadas culpas, en el templo en que descansan los restos de su primer esposo; y una vez terminado el sacrificio, recibe el anillo nupcial de mano de su nuevo cónyuge; pero en el intermedio, el sacerdote que celebra la ceremonia ha de pronunciar algunas oraciones apropiadas al caso sobre el vino preparado á tal efecto; y despues de bendecirlo y escanciarlo en una copa, lo ha de presentar á la esposa, que debe ser la primera en beber, pasándolo despues al esposo.

»Tanacro, á quien importaba muy poco que se hicieran las bodas como ella deseaba, dijo:—«Con tal de acelerar el término venturoso de nuestra union, consiento gustoso en cuanto quieras.»—El insensato no podia sospechar que Drusila procuraba vengar por este medio la muerte de Olindro, y que entregada á sus ideas de venganza, no hallaba cabida en su mente otro pensamiento.