»Acompañaba á Drusila una anciana, que habia sido aprisionada al mismo tiempo que ella: llamóla y le dijo recatadamente á fin de que nadie pudiera enterarse:—«Prepárame un tósigo rápido y violento, de esos que sabes componer, y tráemelo en un pomo; pues he hallado el medio de quitar la vida al infame hijo de Marganor, y el de que ambas huyamos de este castillo, medio que te explicaré cuando estemos más despacio.»—La anciana salió, preparó el veneno, lo puso en un pomo y volvió al palacio. Drusila vertió en un frasco de dulce vino de Candía aquel jugo emponzoñado, y lo guardó para el dia de las bodas, que estaba ya próximo.
»Vestida lujosamente y engalanada con ricas joyas, se dirigió al templo el dia designado: siguiendo sus órdenes, se habia colocado sobre dos columnas el ataud de Olindro. Inmediatamente se cantó un solemne oficio con asistencia de una concurrencia numerosa. Marganor, más alegre que de costumbre, formaba parte de ella, colocado al lado de su hijo y rodeado de sus amigos. En cuanto terminaron las fúnebres exequias, el sacerdote bendijo el vino con el tósigo que contenia, y lo echó en una copa de oro, tal como Drusila habia dicho. Esta bebió cuanto era compatible con su decoro y podia surtir el efecto deseado, y ofreció en seguida la copa con rostro sereno á su nuevo esposo, el cual apuró su contenido. Apenas Tanacro devolvió la copa al sacerdote, abrió los brazos para estrechar entre ellos á Drusila; pero esta, abandonando entonces su fingida dulzura y su apacible aspecto, le rechazó violentamente, prohibiéndole que pusiera en ella sus manos. Inflamados los ojos y el rostro por su furor, oculto por tanto tiempo, esclamó con voz terrible y desentonada:
—»¡Traidor, apártate de mí! ¿Cómo has podido imaginar que te concediera momentos de júbilo y placer en cambio de las lágrimas, de las penas y martirios que me has ocasionado? Mi propósito ha sido otro: el de que murieras á mis manos; porque has de saber que ese licor que acabas de beber era un veneno. Lo que me pesa es que hayas tenido un verdugo demasiado honroso para lo que tú mereces, y que tu muerte sea tan rápida y fácil; pues tu delito es tan grande, que no sé dónde pudiera hallar manos y penas bastante afrentosas para castigarlo. Duéleme tambien no haber podido proporcionarte una muerte comparable á mi sacrificio; pues si me hubiera sido dable matarte á medida de mi deseo, mi venganza seria completa. ¡Perdóneme mi dulce esposo, si no lo he hecho así, y ojalá acepte mi buena voluntad; bien ve que, si no he podido hacerte morir como hubiera deseado, he empleado á lo menos cuantos medios han estado á mi alcance! Pero me consuela la esperanza de ver sufrir á tu alma en el otro mundo el castigo que en este no he logrado imponerte segun mis deseos; y entonces, ¡con cuánto gozo presenciaré tu tormento!»
»Despues añadió con alegre rostro y elevando al Cielo sus ojos empañados por la proximidad de la muerte:
—»¡Acepta benigno, Olindro mio, esta víctima que te ofrece tu esposa en venganza de tu muerte, é impetra del Eterno la gracia de que me permita estar hoy contigo en el Paraiso! Si te dice que no pasa á vuestro reino ningun alma que no haya contraido algun mérito especial, dile que me he hecho acreedora á tal merced, ofreciéndole en su santo templo los ópimos despojos de este mónstruo perverso y detestable, y que no hay obra más meritoria que la de purgar la Tierra de seres tan abominables é impíos.»
«Al decir estas palabras apagóse su voz y su vida al mismo tiempo: aun despues de muerta, parecia brillar en su rostro la alegría de haberse vengado del cruel que la privara de su esposo. No sé si Tanacro exhaló su postrimer aliento antes ó despues que ella; aunque sospecho que fué antes, por cuanto los efectos debieron ser más rápidos en él en atencion á que habia bebido mayor cantidad. Marganor, que vió caer á su hijo moribundo, y le contempló despues sin vida entre sus brazos, estuvo próximo á expirar del inmenso dolor que laceró su corazon. ¡Tenia dos hijos, y á la sazon le rodeaba la más espantosa soledad! Dos mujeres les condujeron á tan triste fin: la muerte del primero habia sido causada por apoderarse de la una: la otra se la habia dado al segundo por su propia mano. El amor, la compasion, el enojo, el dolor, la ira, el desesperado deseo de muerte y de venganza producian una violenta tempestad en el corazon del desgraciado y solitario padre, que se estremecia como las furiosas olas agitadas por el viento. Fuera de sí, se arrojó sobre Drusila sin tener en cuenta que era un cadáver yerto; y arrebatado por la cólera, empezó á ultrajar aquel cuerpo inanimado. Cual la serpiente que en vano muerde el hierro que la tiene clavada en la arena, ó como el mastin que corre tras el guijarro que le arroja el viandante, y mordiéndole inútilmente con rabia, se resiste á alejarse sin venganza, así Marganor, más irritado que todas las serpientes y los mastines juntos, procuraba saciar su furor en el exánime cuerpo de Drusila; pero viendo que los destrozos que en él ocasionaba no podian mitigar su vengativa saña, acometió á las mujeres que habia en el templo, sin respetar á unas más que á otras, y desnudando cruel é impío el acero, hizo con nosotras lo mismo que el labrador hace en la yerba con su hoz. Nada pudo detenerle, y en un momento mató á treinta é hirió á más de ciento. Marganor era y es tan temido de sus vasallos, que ninguno se atrevia á afrontar su cólera: así es que mujeres, grandes y pequeños, todos huyeron de la iglesia, considerándose dichoso el que lograba escapar.
«Los amigos de Marganor lograron al fin con sus súplicas y sus esfuerzos contener su furor insensato, y le hicieron entrar en su castillo, situado en la cima de un peñasco, mientras en el valle quedaba el pueblo poseido de la mayor consternacion. Duraba aun su rabia contra nosotras, pero como sus amigos y sus vasallos le rogaban que no nos inmolase, determinó espulsarnos á todas, y aquel mismo dia hizo publicar un bando previniéndonos que abandonásemos el país y pasáramos á habitar los confines de sus dominios. ¡Desgraciada de la que en adelante intentara aproximarse al castillo! De este modo fueron separadas las mujeres de sus maridos; las madres de sus hijos; y si algunos son tan atrevidos que se arriesguen á venir á vernos, deben procurar que no lo sepa quien pueda avisar á Marganor; pues ha castigado con gravísimas multas á muchos de los que han infringido sus órdenes, y á otros muchos les ha hecho perecer cruelmente.
«Además de ésta, ha establecido en su castillo otra ley, la más inícua de que pueda haber noticia. Toda mujer á quien se encuentre en el valle (y esto acontece algunas veces), debe ser azotada con mimbres y arrojada ignominiosamente del país; pero antes han de cortársele los vestidos, obligándola á ir enseñando lo que la naturaleza y la honestidad ordenan que se oculte. Las que llegan acompañadas por caballeros perecen irremisiblemente, porque el tirano las conduce como víctimas propiciatorias al panteon donde yacen sus hijos, y las degüella por su propia mano sobre sus tumbas. Los caballeros son despojados vergonzosamente de sus armas y corceles, y sepultados en un lóbrego calabozo. Tanto de dia como de noche tiene mil soldados á sus órdenes: así es que siempre está en disposicion de cumplir tan impía costumbre. Pero aun hay más: si por ventura deja á algun caballero en libertad, le obliga á jurar préviamente sobre la hostia consagrada que tendrá un ódio implacable al sexo femenino mientras dure su vida. Si no os importa perder á esas damas, y perderos vosotros con ellas, id enhorabuena á ver los muros en que se guarece el felon, y entonces sabreis cuál es mayor, si su fuerza ó su crueldad.»
Este relato excitó en un principio la compasion de las guerreras; pero luego sintieron tal indignacion, que si así como era de noche hubiera sido de dia, habrian corrido al castillo, sin detenerlas consideracion alguna. Pernoctaron, pues, en aquella aldea, y en cuanto la Aurora apareció indicando á las estrellas que debian ceder su puesto al Sol, tomaron las armas y montaron á caballo. En el momento en que iban á emprender la marcha, oyeron resonar á sus espaldas un prolongado rumor de pisadas de caballos, que les obligó á dirigir sus miradas hácia el fondo del valle, y vieron á la distancia de un tiro de piedra un grupo como de veinte hombres armados, unos á caballo y otros á pié, que se adelantaban por un estrecho sendero conduciendo sobre un corcel á una mujer, cuyo rostro indicaba su mucha edad, á la que llevaban del mismo modo que si fuera un delincuente condenado á las llamas, al cepo ó á la horca. A pesar de la distancia, todos conocieron á aquella mujer por su aspecto y por su traje, y segun dijeron las de la aldea, era la camarera de Drusila; la misma que, segun he dicho, fué aprisionada con la desgraciada dama por el infame Tanacro, y á quien esta confió el encargo de que le compusiera el veneno, tan cruel en sus efectos. Sospechando lo que iba á suceder, no quiso entrar en el templo con las demás mujeres, sino que, aprovechando la ocasion en que se celebraba el matrimonio, salió de la ciudad, y fué á refugiarse donde creyó estar con toda seguridad. Algunos espías dijeron despues á Marganor que se habia retirado á Austria, y desde entonces el vengativo señor empleó todos los medios imaginables para apoderarse de ella, con objeto de quemarla viva ó empalarla.
Sus regalos y promesas sedujeron á un baron austriaco, en quien pudo más la avaricia que el honor; el cual entregó á Marganor aquella anciana, á pesar de haberle asegurado que nadie la molestaria en su país. La envió hasta Constanza, atada sobre una acémila, como si fuera un fardo de mercancías, y encerrada en una caja, con objeto de impedir que hablara con sus conductores: obedeciendo estos las órdenes de un hombre tan despiadado como Marganor, se la llevaban para que desahogara en ella su desenfrenada rabia.