Así como el gran rio que nace en Vésulo[136], cuanto más avanza y más se dirije hácia el mar, recibiendo en su curso las aguas del Lambra, del Tesino, del Adda y de otros muchos afluentes, tanto más crece en caudal é impetuosidad, así tambien Rugiero y las dos guerreras sentian aumentar su ódio y enojo contra Marganor á medida que iban teniendo noticia de sus contínuas crueldades. Bradamante y Marfisa ardian en tanta cólera y tal ira contra el felon por sus incesantes delitos que determinaron castigarle, á pesar del crecido número de sus satélites; pero les pareció que una muerte rápida seria una pena harto dulce é indigna de tantos crímenes, y por lo tanto resolvieron hacerle sufrir un suplicio prolongado y doloroso. Sin embargo, se propusieron salvar á la anciana antes de que aquellos esbirros la condujeran á la muerte. Con la brida y el acicate excitaron de tal modo el ardor de sus corceles, que en breve alcanzaron á los soldados de Marganor. Jamás tuvieron que resistir los acometidos un choque tan impetuoso y violento, y huyeron atemorizados, abandonando sus armas, sus escudos y hasta la prisionera: así como el lobo que se dirije hácia su cueva llevando la presa codiciada entre sus dientes, al ver que el cazador y sus perros le cierran el paso cuando más seguro se creia, abandona su carga, y huye presuroso por donde conoce que los matorrales son más espesos, así los acometidos fueron tan prestos en huir como sus acometedores en atacarles. No solo abandonaron su prisionera y sus armas, sino tambien una porcion de caballos, y corrieron á ocultarse en los torrentes y en las grutas, creyendo que huirian mejor cuanto más desembarazados estuviesen.

Rugiero y las dos jóvenes se alegraron sobremanera de aquella dispersion, que les proporcionaba tres caballos para las tres damas, á quienes el dia anterior habian tenido que llevar á la grupa de los suyos. Libres ya de aquel cuidado, siguieron su camino hácia la infame é inhospitalaria ciudad, haciendo que la anciana les acompañara para que fuese testigo de su modo de vengar á Drusila: la vieja, temerosa de que el éxito no correspondiera á sus esperanzas, se resistió cuanto pudo, prorumpiendo en gritos, lamentos y chillidos; pero Rugiero la colocó por fuerza á la grupa de Frontino, que partió en seguida á galope.

Llegaron por fin á un valle, donde vieron un pueblo bastante grande y accesible por todos lados, pues no estaba rodeado de muros ni de fosos. En medio de él se levantaba una empinada roca, y sobre esta una elevada fortaleza. Sabiendo que era el castillo de Marganor, se encaminaron hácia él con gran decision. Apenas llegaron al pueblo, algunos soldados que estaban de guardia en la entrada, cerraron una barrera que los tres guerreros acababan de atravesar, mientras que otros acudian á interceptarles todas las salidas: á los pocos momentos se presentó Marganor, acompañado de algunos de los suyos á pié y á caballo, todos completamente armados; y con frases breves, pero arrogantes, intimó á los recien llegados que observaran la impía costumbre establecida en sus dominios.

Marfisa, que habia concertado de antemano con Rugiero y Bradamante el modo cómo habian de obrar, en vez de contestar á Marganor, lanzó su caballo contra él; y desdeñando servirse de la espada ó de la lanza, pues solo confiaba en su vigor y en su esforzado ánimo, le descargó en el yelmo tan terrible puñetazo, que le hizo caer sin sentido sobre la silla del caballo. Bradamante se precipitó al mismo tiempo que Marfisa sobre sus adversarios; y Rugiero, imitando á las dos guerreras, empuñó su lanza, y sin quitársela del ristre, atravesó con ella seis hombres; uno herido en el vientre, dos en el pecho, otro en el cuello, otro en la cabeza, y al sexto que huia le entró el agudo hierro por la espalda, y le salió por el pecho, quedando rota el asta. La hija de Amon iba derribando á cuantos tocaba con su lanza de oro, cuyos efectos eran tan terribles como los de un rayo abrasador desprendido del Cielo, que arrolla, destroza y anonada cuanto encuentra á su paso.

Mientras tanto Marfisa habia amarrado fuertemente á Marganor con los brazos á la espalda, abandonándolo á la merced de la anciana camarera de Drusila, que se mostró sumamente alborozada con tal presa. Los vencedores trataron despues de incendiar el pueblo, á no ser que sus habitantes prometieran enmendar su falta, aboliendo la impía ley de Marganor y aceptando la que ellos se propusieron á su vez establecer. Poco trabajo les costó obtener su asentimiento; porque aquella gente, además de temer que Marfisa hiciera mucho más de lo que decia (y lo que la guerrera pretendia, era nada menos que incendiar el pueblo y exterminar á todos sus habitantes), odiaba profundamente á Marganor y su cruel y fementida costumbre; pero le obedecia resignada, imitando la conducta de muchos, que prestan mayor obediencia y sumision al que más ódian: por otra parte, vivian en una desconfianza perpétua unos de otros, y como nadie se atrevia á manifestar en alta voz sus deseos, toleraban que Marganor desterrara á este, diera muerte á aquel, se apoderara de los bienes de uno, y deshonrara á otro. Mas si su corazon permanecia callado en la Tierra, las quejas secretas que de su fondo salian se elevaban hasta el Cielo, implorando la venganza del Eterno y de los santos; la cual, si bien es lenta en llegar, compensa despues su tardanza con la intensidad del castigo. Ebrio entonces el pueblo de furor y ódio, procuró vengarse del tirano llenándole de improperios y de golpes, y realizando el proverbio que dice, que del árbol caido todos hacen leña.

Sirva Marganor de saludable ejemplo á los que reinan; porque quien mal anda, mal acaba. Chicos y grandes, todos se complacian en presenciar el castigo de sus nefandos pecados. Muchos de los que lloraban la pérdida de sus esposas, sus hermanas, sus hijas ó sus madres, corrian á darle muerte, sin cuidarse de ocultar la intencion que los guiaba. Rugiero y las dos magnánimas guerreras le arrancaron con sumo trabajo de las manos del pueblo irritado, porque su intencion era la de hacerle perecer de hambre, de angustia y de dolor. Entregáronlo desnudo á aquella vieja que sentia hácia él todo el ódio de que es susceptible el corazon de una mujer, y tan fuertemente atado, que no podria romper sus ligaduras á pesar de todos sus esfuerzos: la anciana, dando inmediato principio á su venganza, empezó á pincharle el cuerpo con un penetrante aguijon que le proporcionó un campesino, espectador de aquellos sucesos. Por su parte, la embajadora de Islandia y sus dos doncellas, que no podian olvidar la vergonzosa afrenta recibida, no quisieron permanecer inmóviles, y se precipitaron sobre él con un encarnizamiento semejante al de la vieja; pero aquel género de venganza no satisfacia por completo sus deseos, y aun cuando le herian á pedradas, le arañaban, le mordian y le clavaban agujas, no veian satisfecha su rencorosa saña. Así como el torrente que, hinchado por las lluvias ó por el deshielo, emprende una marcha destructora, y precipitándose desde las montañas, va arrastrando en su impetuoso curso los árboles, los peñascos, las cosechas y las casas, pero inclinando al fin su orgullosa frente, se debilita tanto, que una mujer, un niño, lo pueden atravesar por todas partes, y muchas veces á pié enjuto; así tambien Marganor, cuyo solo nombre habia hecho temblar hasta entonces á cuantos lo oian, una vez abatida su soberbia arrogancia, quedó reducido al extremo de que hasta los muchachos se burlaban de él, y se atrevian á arrancarle las barbas y los cabellos.

Rugiero y sus jóvenes compañeras subieron en seguida al castillo, situado en la cima del peñasco. Penetraron en él sin que opusieran la menor resistencia los que le custodiaban, y permitieron que el pueblo se apoderara de una parte de los ricos arneses que en él habia, entregando la otra á Ulania y á sus ultrajadas doncellas. Recobraron el escudo de oro, y pusieron en libertad á los tres reyes aprisionados por el tirano, los cuales, al dirigirse al castillo, iban á pié y desarmados, como creo haberos dicho; pues desde el dia en que Bradamante los venció, habian caminado constantemente á pié y sin armas, en compañía de la dama que desde tan apartadas regiones se dirigiera á Francia. No sé si fué una felicidad ó una desgracia para Ulania el que los tres reyes carecieran de armas; hubiera sido lo primero, porque llevándolas habrian podido defenderla; pero si hubiesen quedado vencidos en la demanda, su derrota habria causado la muerte de la embajadora; pues Marganor, llevándola al panteon en que yacian los dos hermanos, como solia llevar á cuantas damas iban protegidas por caballeros armados, la hubiera ofrecido en sacrificio á los manes de sus hijos. Preferible fué por lo tanto verse obligadas á enseñar lo que el pudor manda tener oculto, antes que arrostrar la muerte; además de que su oprobio quedaba disminuido en gran parte por la circunstancia de haber tenido que ceder á la fuerza.

Antes de alejarse las guerreras, exigieron á los habitantes el juramento de que los maridos confiarian á las mujeres el gobierno del país y de todo en general, diciéndoles que seria castigado con las penas más severas el que se atreviese á infringir esta disposicion. En una palabra, los hombres deberian ceder á las mujeres todas las prerogativas de que en otras partes disfrutaba el sexo viril. Despues les hicieron prometer que no darian hospitalidad, ni permitirian que traspasasen el umbral de una sola casa cuantos transitaran por aquel país, fuesen nobles ó plebeyos, si no juraban por Dios y por los Santos, ó por aquello que más pudiera obligarles, que serian siempre leales defensores de las mujeres y enemigos de sus enemigos, y que si tarde ó temprano estaban dispuestos á casarse, obedecerian sumisos los menores caprichos de sus mujeres, á las cuales deberian permanecer enteramente sujetos. Marfisa les anunció que volveria por allí antes de que terminara el año y de que los árboles perdieran sus hojas, y les amenazó con saquear y quemar el pueblo como no encontrase puesta en vigor aquella costumbre.

No quisieron ausentarse de allí sin sacar antes el cadáver de Drusila del sitio inmundo en que yacia, depositándolo juntamente con el de su esposo en un sepulcro que hicieron construir lo más ricamente que fué posible. La vieja no cesaba de acribillar el cuerpo de Marganor con su inseparable aguijon, y se lamentaba de que su edad no le permitiera continuar sin descanso en semejante tarea.