Las animosas guerreras vieron una columna erigida en la plaza del pueblo, al lado del templo, en cuya columna habia hecho inscribir el impío Marganor su ley insensata y cruel: en ella colocaron, á guisa de trofeo, el escudo, la coraza y el yelmo del tirano, y debajo de este trofeo hicieron grabar la ley cuya observancia previnieron á su vez, no habiendo consentido Marfisa en alejarse hasta ver terminada esta inscripcion, totalmente contraria á la anterior que ordenaba la muerte y la deshonra de toda mujer.

Rugiero, Bradamante y Marfisa se separaron allí de la embajadora de Islandia, la cual no quiso seguirles, con objeto de arreglarse otros nuevos vestidos; pues no creia decoroso presentarse en la corte de Carlomagno si no iba tan suntuosamente engalanada como de costumbre. Quedóse, pues, Ulania, conservando á Marganor en su poder; pero temerosa de que pudiera escaparse, y á fin de evitar en lo sucesivo que llegara á ultrajar á otras damas, le hizo arrojar desde lo alto de una torre. Este fué el mejor salto que dió en toda su vida.

Pero dejemos ya de hablar de Ulania y de sus compañeras, y volvamos á los viajeros que se dirigian á Arlés. Caminaron todo aquel dia y el siguiente hasta la hora de tercia[137], y cuando llegaron á un sitio en que el camino se dividia en dos, conduciendo el uno al campamento francés y yendo á terminar el otro al pié de las murallas de Arlés, volvieron los amantes á abrazarse y á repetir su dura y triste despedida. Por último, las doncellas se alejaron en direccion del campamento, Rugiero en la de Arlés, y yo pongo aquí fin á mi canto.


CANTO XXXVIII.

Rugiero regresa á Arlés.—Marfisa y Bradamante se presentan á Carlomagno: la primera abraza la fé cristiana.—Astolfo se aleja de las regiones celestiales y devuelve la vista al Rey de Nubia. Despues entra con los suyos en el reino de Agramante.—Este monarca hace un pacto con el emperador Cárlos, mediante el cual confian á dos guerreros la decision de sus contiendas.

En vuestros ojos leo, ¡oh amables damas! que os dignais escuchar benévolas mis versos, el disgusto que os causa la nueva y repentina separacion de Rugiero y Bradamante; observo que sentís casi la misma pena que sintió esta última al ver alejarse al guerrero, y tal vez llegais á sospechar que en el corazon de este no debia arder con mucha intensidad la llama del amor. Tambien yo participaria de vuestra opinion, si la razon que tuvo para abandonar á su amada contra su expresa voluntad hubiera sido otra, aun cuando esperara alcanzar un tesoro mucho más valioso que los que Craso y Creso[138] poseyeron, pues un gozo tan puro, un contento tan inefable no puede comprarse con oro ni con plata; pero se trataba de salvar su honor, y en este caso, no tan solo es digno de disculpa, sino de elogios: portándose de otro modo, se habria hecho acreedor al mayor baldon é ignominia, y si Bradamante se hubiese empeñado en detenerle por más tiempo, habria dado pruebas evidentes de amarle poco ó de tener poco discernimiento; pues si bien es verdad que la mujer enamorada debe tener la vida del hombre á quien ama en tanta ó en más estima que la suya propia (me refiero á aquellas en cuyo corazon han penetrado profundamente las flechas del amor), tambien lo es que á la felicidad de verle, debe anteponer siempre el honor de su amante; el honor, más preciado que la misma vida, por más que prefiramos esta á todos cuantos placeres existen. Volviendo al lado de su soberano, hizo Rugiero lo que debia; porque no podia abandonar su servicio sin incurrir en una ignominiosa bajeza. Si Almonte habia hecho morir á su padre, Agramante era completamente ajeno á este crímen, aparte de que habia enmendado las faltas de sus ascendientes con las atenciones que de contínuo prodigó á Rugiero. El jóven guerrero cumplió, pues, con su deber yendo á reunirse con el monarca sarraceno, así como Bradamante cumplió con el suyo, no procurando detenerle á su lado, como hubiera podido, con sus insistentes ruegos. Tiempo vendrá en que á Rugiero le sea posible satisfacer los deseos de su amada y los suyos propios, si ahora no los ha atendido: pero el que empaña su honor, aunque no sea más que un momento, no puede borrar la mancha en él producida, aun cuando viva cien y cien años.

Rugiero volvió á Arlés, donde Agramante habia reunido las tropas que le quedaban. Mientras tanto Marfisa y Bradamante, que unidas casi por los vínculos del parentesco, habian contraido una estrecha amistad, llegaron al sitio en que Cárlos, apelando á todos los medios de que disponia, reunia un numeroso ejército, con la esperanza de terminar en una sola batalla ó en un asalto general aquella guerra, tan prolongada como enojosa. Bradamante fué conocida en cuanto se presentó en el campamento, y acogida con las mayores muestras de alegría y solicitud. Todos la saludaron y honraron á porfía, mostrándose ella á su vez afable y bondadosa con todo el mundo. Reinaldo corrió á su encuentro apenas tuvo noticia de su llegada; Riciardo, Riciardeto, sus demás parientes, todos, en fin, se apresuraron á felicitarla por su regreso.

No bien circuló la noticia de que su compañera era Marfisa, aquella guerrera tan famosa por sus hechos de armas y que tan preciados laureles habia conquistado desde el Catay hasta las fronteras de España, todos los guerreros, desde el más poderoso hasta el más humilde, salieron de sus tiendas: la multitud, deseosa de ver aquellas dos hermosas guerreras, acudia por todas partes á su paso, y se agolpaba, se empujaba y se oprimia en tropel en su afan por contemplarlas. Presentáronse á Carlomagno con gran reverencia. Segun dice Turpin, aquel fué el primer dia que se vió á Marfisa arrodillada; pues el hijo de Pepino le pareció el único mortal digno de semejante homenaje, entre cuantos reyes ó emperadores, así cristianos como sarracenos, eran celebrados por sus virtudes ó sus riquezas. Cárlos las acogió benignamente; salió á recibirlas fuera de su tienda, y quiso que se sentaran á su lado con preferencia á todos los reyes, príncipes y señores de su corte. Ordenóse á la multitud que se retirara, y en presencia de lo más selecto del séquito del Emperador, de los paladines y de los principales magnates, empezó Marfisa á hablar de esta suerte con halagüeña voz: