—Excelso, invicto y glorioso Augusto, que desde los mares de la India al Tirintio estrecho[139], y desde la nevada Escitia hasta la abrasada Etiopía haces respetar tu cándida cruz; ¡oh tú, el más sábio y justo de todos los reyes! sabe que vengo desde el más apartado confin de la Tierra, atraida por el rumor de tu fama ilustre, para la que no hay límite alguno. Hablándote con entera ingenuidad, te diré que únicamente la envidia me obligó á emprender tan largo viaje, y que solo he venido para luchar con tus guerreros, proponiéndome que no existiera en el mundo un rey tan poderoso cuya religion fuera opuesta á la mia. Por esta razon he enrojecido los campos con sangre cristiana, y estaba dispuesta á darte otras y más terribles pruebas de mi cruel enemistad, si no hubiera ocurrido una circunstancia que ha trocado en amistad mi ódio. Cuando pensaba causar mayores daños á tus huestes, supe (más adelante te diré cómo) que fué mi padre el bravo Rugiero de Ris, engañado y vendido traidoramente por su pérfido hermano. Mi madre me llevó en su seno á través de los mares, y dióme á luz en medio de la mayor miseria. Fuí criada por un mágico, hasta que una horda de árabes me arrebató de su lado, cuando apenas contaba siete años: mis raptores me vendieron en Persia como esclava á un rey, á quien dí muerte cuando llegué á la pubertad, por haber pretendido arrancarme mi virginidad. Exterminé con él á todos sus secuaces; arrojé del reino á su perversa estirpe, y me apoderé del trono. Fué tal mi buena estrella, que me hice dueña de siete reinos, á pesar de que mi edad no pasaba uno ó dos meses de los diez y ocho años. Envidiosa, como he dicho, de tu fama, formé el decidido empeño de debilitar el brillo de tu ínclito renombre: tal vez hubiera realizado mi propósito, ó quizás tambien me habria engañado. Pero habiendo sabido, despues de estar en Francia, que me unen á tí los lazos del parentesco, forzoso me ha sido domar mis insanos designios, y hacer que mi furor plegara sus alas. Así como mi padre fué tu pariente y servidor, tambien lo soy yo, por lo cual doy al olvido aquella envidia y aquel ódio protervo que un tiempo sentí contra tí, ó más bien lo reservo para hacerlo recaer sobre Agramante y sobre todos los parientes de su padre y su tio, que con tanta perfidia asesinaron á mis padres.

Marfisa continuó diciendo que queria abrazar la fé cristiana, y regresar despues de haber inmolado al rey Agramante, y con el beneplácito de Cárlos, á sus dominios de Oriente, con objeto de bautizar á sus súbditos y empuñar sus armas contra todas las naciones que adoraran á Mahoma y Trivigante, prometiendo que todas sus conquistas serian para el imperio y en beneficio de la religion de Cristo.

El Emperador, cuya elocuencia igualaba á su valor y sabiduría, prodigó mil elogios á Marfisa, así como á su padre y á todo su linaje: contestó con la mayor benignidad á cuanto habia dicho la guerrera, y concluyó declarando que la acogia gustoso, no solo como á pariente, sino como á su propia hija.

Al decir estas palabras, se levantó, abrazóla de nuevo y la besó en la frente en señal de adopcion. Todos los caballeros de las casas de Mongrana y Claramonte se adelantaron entonces á felicitar á Marfisa. Fuera prolijo referir las consideraciones que le prodigó Reinaldo, el cual habia tenido muchas veces ocasion de admirar sus proezas, cuando fué con los suyos á asediar á Albracca. No lo seria menos manifestar la alegría que al verla tuvieron Guido, Aquilante, Grifon y Sansoneto, que pelearon con ella en la ciudad de las mujeres homicidas, así como Malagigo, Viviano y Riciardeto, para quienes habia sido tan fiel é intrépida compañera, cuando los dos primeros escaparon de las manos de los pérfidos maguntinos y de los impíos moros españoles que iban á venderlos.

Dispúsose para el dia siguiente, cuidando el mismo Cárlos de todos los preparativos, un paraje lujosamente adornado, donde Marfisa recibiera el bautismo. El Emperador llamó á los obispos y á los doctores de la religion cristiana, encargándoles que instruyesen á la doncella en los misterios de nuestra Santa Fé. El arzobispo Turpin, revestido de pontifical, derramó sobre su cabeza las purificadoras aguas del bautismo, siendo Carlomagno su padrino en la sagrada ceremonia.

Pero ya es tiempo de llenar el cerebro vacío del insensato Orlando con el contenido de la botella, de que el duque Astolfo iba provisto al descender en el carro de Elias desde el cielo más bajo[140]. Al descender Astolfo de la luciente esfera, se posó en la montaña más alta de la Tierra, llevando el precioso frasco que debia sanar el juicio del valiente entre los valientes. San Juan indicó en aquella montaña al Duque de Inglaterra una yerba de propiedad maravillosa, con la cual quiso que frotara los ojos del rey de Nubia y le devolviera la vista, á fin de que dicho rey, en agradecimiento de este inmenso favor y de los ya recibidos, le proporcionara tropas suficientes para asaltar á Biserta. El santo anciano le enseñó despues punto por punto el medio de armar y disciplinar á aquellas tropas inexpertas, para que pudiera atravesar sin peligro los desiertos de arena que tan funestos eran á los hombres.

Montando de nuevo en el caballo alado que fué primero de Atlante y de Rugiero despues, dejó el Paladin aquellas regiones bienaventuradas, despidiéndose de San Juan, y siguiendo las orillas del Nilo, llegó en breve al país de los Nubios, y descendió en la capital, pasando en seguida á visitar á Senapo. Extraordinario fué el júbilo que causó al Rey su regreso, pues no habia podido olvidar el gran beneficio de que le era deudor por haberle librado de las molestas arpías; pero cuando Astolfo hizo desaparecer de sus ojos aquel espeso humor que le privaba de la luz, y le devolvió la vista, le adoró y reverenció como si fuera un dios, y no solo le proporcionó la gente que le pedia para llevar la guerra al reino de Biserta, sino que puso á sus órdenes cien mil hombres más, ofreciéndose tambien él á marchar con la expedicion. El ejército era tan numeroso, que apenas cabia en una llanura extensa; estaba formado exclusivamente de infantería, porque en aquel país hay mucha escasez de caballos, aunque los camellos y elefantes se encuentran en gran abundancia. Durante la noche que precedió al dia en que debia emprender la marcha el ejército de Nubia, montó el Paladin en su hipogrifo, se dirigió con raudo vuelo hácia el Mediodia hasta llegar al monte donde tiene su orígen el viento austral que sopla contra las Osas, y encontró la caverna, por cuya estrecha boca se escapa furioso aquel viento, siempre que se despierta. Siguiendo las órdenes de su maestro, habia llevado un odre vacío, que colocó tácita y cautelosamente en el respiradero del antro donde dormia fatigado el fiero Noto; el cual cayó tan bien en aquel lazo, para él desconocido, que cuando al dia siguiente quiso salir de la caverna, quedó cautivo y encadenado en el odre.

Contento el Paladin con tal presa, volvió á la Nubia, y en el mismo dia emprendió la marcha al frente de aquel ejército negro, seguido de un gran convoy de provisiones. El glorioso Duque llegó al pié del Atlas con toda felicidad y sin haber perdido un solo hombre; pues aunque tuvo necesidad de atravesar los desiertos de arena, no pudo molestarle el viento, puesto que lo llevaba aprisionado. Cuando hubo traspuesto la montaña, y llegado á un sitio desde el que se descubria una extensa llanura y las costas, eligió las tropas más escogidas y mejor disciplinadas de su ejército, y formando con ellas dos cuerpos, las colocó á uno y otro lado de la falda del monte. Dejándolas allí, subió á la cumbre, absorto al parecer en elevados pensamientos; y cayendo de rodillas, dirigió á su santo maestro una ferviente oracion, seguro de que sus ruegos serian atendidos; despues de lo cual se puso á arrojar á la llanura una gran cantidad de piedras.

¡Oh! ¡cuánto le es dado hacer al que deposita toda su confianza en Jesucristo! Aquellas piedras, al rodar por la montaña, iban creciendo de un modo sorprendente y extraordinario; formaban vientres, patas, cuellos y hocicos, y á medida que se alejaban de la cumbre, se las oia relinchar clara y distintamente: en cuanto llegaban á la llanura, sacudian las grupas, y quedaban convertidas en caballos bayos, castaños ó tordos. Los soldados que estaban apostados á la entrada del valle, se apoderaban inmediatamente de ellos; de suerte que en pocas horas estuvieron todos perfectamente montados, pues cada caballo habia aparecido con su silla y su freno correspondiente. Así fué como Astolfo en un dia convirtió á ochenta mil ciento dos infantes en otros tantos ginetes, con los cuales recorrió toda el África, talándolo é incendiándolo todo á su paso y haciendo innumerables prisioneros.