Agramante habia confiado la custodia del país, hasta su regreso, al rey Brancardo y á los de Fez y de los Algazeres, los cuales acudieron á oponerse á las correrías del Paladin; pero antes despacharon al Rey de África un mensajero embarcado en una nave lijera, con encargo de que hiciera fuerza de remo y velas, á fin de informar á Agramante de los ultrajes y daños que sufria su reino por parte del Rey de Nubia. El enviado navegó dia y noche sin descanso, hasta llegar á las costas de Provenza, donde encontró á su Rey cercado en Arlés por Carlomagno, que estaba acampado á una milla de distancia. Al tener noticia el monarca africano del peligro á que dejaba expuesto su reino por conquistar el de Pepino, reunió en un consejo general á los reyes y príncipes del pueblo sarraceno, y despues de fijar atentamente sus excrutadoras miradas en Marsilio y en Sobrino, los dos reyes más ancianos y prudentes de cuantos habian acudido á su llamamiento, se expresó en estos términos:
—Por más que esté convencido del mal efecto que produce el oir lamentarse á un general en jefe de su falta de prevision, no tendré reparo en confesar la mia, mucho más cuando mi sinceridad puede servir de legítima excusa á un error, orígen de males que no estaban al alcance de la inteligencia humana. Confieso, pues, ingénuamente que cometí un error al dejar el África indefensa sin prever que el ejército nubio podia invadirla. Pero ¿quién, sino Dios, único que conoce el porvenir, hubiera podido pensar que viniese á talar nuestros Estados el ejército de un país tan apartado del nuestro, y del que nos separan inmensos desiertos de movediza arena? Sin embargo, nada más cierto: aquella nacion enemiga ha puesto sitio á Biserta, despues de dejar el África despoblada en su mayor parte. Ahora bien: deseo saber vuestra opinion sobre tan importante asunto. ¿Debo alejarme de aquí sin recoger el fruto de nuestros trabajos, ó proseguir esta empresa hasta llevarnos á Cárlos prisionero? ¿Creeis que sea posible salvar mi trono de África y destruir el imperial á un tiempo mismo? Si alguno de vosotros lo cree así, le ruego que hable, á fin de adoptar el mejor partido, y ponerlo en ejecucion sobre la marcha.
Así dijo Agramante, y fijó su vista en el Rey de España, que estaba sentado junto á él, como si quisiera darle á entender que esperaba su respuesta á cuanto habia dicho. Marsilio dobló la rodilla, inclinó la cabeza en señal de reverencia, volvió á ocupar su elevado asiento, y pronunció estas palabras:
—Señor: la fama acostumbra exajerar todas las noticias que propaga, ya sean buenas ó malas Persuadido de esta verdad, jamás me abandono á la desesperacion ni redoblo mi audacia ó me entusiasmo más de lo que es debido, por malos ó buenos que sean los casos en que la fama me haya puesto: por el contrario, siempre temo ó espero que su importancia sea menor, y nunca creo que sucedan del modo cómo llegan á nuestros oidos á través de tantas bocas. Cuanta menos verosimilitud haya en lo que se nos anuncia, tanto mayor debe ser nuestra incredulidad. Ahora bien: ¿es siquiera presumible que un rey de tan apartada nacion haya sentado su planta en la belicosa África, seguido de un innumerable ejército y teniendo que atravesar las arenas por las que Cambises hizo marchar á su ejército con funesto presagio?[141] Más bien estoy dispuesto á creer que sean árabes bajados de las montañas, que se hayan puesto á talar y saquear el país, cometiendo algunas muertes aisladas y haciendo algunos cautivos, por haber encontrado poca ó ninguna resistencia, y que Branzardo, lugarteniente y virey de aquellos países, haya abultado los sucesos á fin de hacer más disculpable su falta de celo y actividad. Pero quiero conceder más: doy por supuesto que sean en efecto los nubios, milagrosamente llovidos del cielo, ó trasladados ocultamente entre las nubes, como lo hace creer el no haberles visto nunca por el camino. ¿Puedes recelar que una gente como esa saquee el África, aun cuando no envies tropas en su socorro? ¡Menguado por demás seria el valor de tus súbditos, si temieran á un pueblo tan pusilánime! Bastará que envies algunas naves, y que se vean los colores de tus banderas, para que esos insensatos, ya sean nubios ó árabes, á quienes la circunstancia de encontrarte aquí con nosotros, separado por el mar de tu reino, ha infundido el atrevimiento de declararte la guerra, huyan de nuevo á sus guaridas tan pronto como aquellas zarpen de estas costas. Aprovecha, pues, la ocasion que te ofrece para vengarte la ausencia del sobrino de Carlomagno. No estando Orlando aquí, ni un solo cristiano podrá resistir tu acometida. Mas si por negligencia ó imprevision dejas perder la honrosa victoria que te espera, puedes tener por cierto que la fortuna te volverá las espaldas, con gran vergüenza y eterno baldon para nosotros.
Con estas y otras razones se esforzaba el rey Marsilio en persuadir al Consejo que no salieran de Francia los sarracenos hasta arrojar á Carlomagno de sus estados. Pero el rey Sobrino, que conocia claramente la intencion del de España, y sabia que hablaba en pró de su interés personal y no en el de sus aliados, respondió así:
—¡Ojalá hubiera sido un falso adivino, cuando te aconsejaba, Señor, que no rompieras la paz! ¡Ojalá hubieras creido á tu fiel Sobrino, ya que mis presentimientos no me engañaban, en vez de escuchar al soberbio Rodomonte, á Marbalusto, á Alzirdo y á Martasino, á los cuales quisiera tener ahora frente á frente, pero en especial al primero, para recordarle su presuntuosa promesa de romper la Francia cual si de frágil vidrio fuera, y de seguir al Cielo ó al Infierno tus banderas, ó más bien, la de abrirles el camino de la victoria. Y ahora, ¿qué es lo que hace? En el momento en que más necesaria es su ayuda, se entrega á un ócio indigno y despreciable, mientras yo, que fuí entonces tachado de cobarde por predecirte la verdad, no te he abandonado un momento, como no te abandonaré hasta perder esta vida, que, aunque agobiada por el peso de los años, arriesgaré uno y otro dia en tu favor, combatiendo contra todo el que de francés lleve el nombre. Ninguno, sea quien fuere, se atreverá á decir que he cometido una sola accion villana: antes bien, muchos que se han jactado más que yo, no han hecho más ni siquiera tanto como tu leal Sobrino. Hablo de este modo para demostrar que lo que dije entonces, y lo que voy á decirte, no debe atribuirse á perfidia ni á cobardía, sino que es fruto de una verdadera amistad y de una sincera adhesion.
»Yo te aconsejo que vuelvas á los estados de tu padre sin demora alguna, pues el que pierde lo propio por conquistar lo ajeno no da pruebas de tener el juicio sano. Si esto puede llamarse conquista, harto lo sabes. Treinta y dos reyes feudatarios tuyos salimos contigo de las costas africanas: si intentas ahora contarlos, los verás reducidos á una tercera parte: los demás han perecido. Plegue al Dios Todopoderoso que no caigan más; porque si intentas proseguir la guerra, mucho temo que no quede la cuarta ni siquiera la quinta parte, y que tu pueblo sea exterminado completamente. Es indudable que la ausencia de Orlando redunda en beneficio nuestro; porque, si él estuviera con los suyos, tal vez no quedáramos los pocos que aun vivimos; pero esta circunstancia no aleja de nosotros el peligro, por más que prolongue nuestra triste suerte. Acaso ¿no está contra nosotros Reinaldo, cuyas hazañas le colocan á tanta altura como á su primo? ¿No tenemos que combatir contra todos sus parientes y contra los paladines, terror eterno de nuestros soldados? ¿No cuentan con el apoyo de ese segundo Marte (y advierte que alabo á mis enemigos bien á pesar mio), con el valeroso esfuerzo de Brandimarte, tan intrépido como Orlando, y cuya pujanza he tenido ocasion de esperimentar en parte, y en parte la he conocido á costa de otros? Muchos dias hace que ha desaparecido Orlando, y sin embargo, hemos perdido más de lo que hemos ganado.
»Y si hasta aquí llevamos la peor parte, temo que en adelante nuestros reveses sean mayores. Mandricardo ha perecido; Gradasso nos ha privado de su auxilio; Marfisa nos ha abandonado en la ocasion más crítica, y lo mismo ha hecho el Rey de Argel, del cual puedo decir que si fuese tan leal como valiente, poco nos importaria la pérdida de Gradasso ó de Mandricardo. Mientras nos hemos quedado sin auxiliares tan poderosos, y los nuestros han perecido á millares, y nuestras provincias, haciendo el último esfuerzo, nos han enviado todos sus guerreros y no esperamos ya naves con refuerzos, han venido á colocarse bajo las banderas de Cárlos cuatro campeones, tenidos, y con razon, por tan valientes como Orlando ó Reinaldo; pues desde aquí hasta Batrun[142], con dificultad se encontrarán otros cuatro que se les igualen. Ignoro si sabeis quiénes sean Guido el Salvage, Sansoneto y los hijos de Olivero; en cuanto á mí, me inspiran más admiracion y más recelo que todos los príncipes y caballeros que de Alemania ó de otro cualquier país extranjero han venido á militar á las órdenes del Emperador en contra nuestra. Por lo mismo, no creo que estemos en el caso de tener en poco los refuerzos que llegan sucesivamente al campamento cristiano.
»Cuantas veces salgas al campo, otras tantas llevarás la peor parte ó serás derrotado. Si África y España tuvieron con frecuencia que ceder cuando eran diez y seis contra ocho, ¿qué sucederá despues que la Italia y la Alemania se han unido con la Francia y el ejército anglo-escocés, y cuando tengamos que pelear seis contra doce? ¿Qué otra cosa podemos esperar sino baldon y daño? Si pretendes continuar obstinado esta empresa, perderás al mismo tiempo tus soldados aquí, y allá tu corona; pero si te decides á regresar, salvarás nuestros intereses y tambien tu trono. Comprendo que seria una cosa indigna de tí abandonar á Marsilio, y que si tal hicieras todos te calificarian de ingrato; pero queda un remedio: ajusta la paz con Cárlos, cosa que debe agradarle, si á tí te agrada. Si te avergüenzas de pedir la paz, tú que has sido el primero en recibir la ofensa, y no desistes de combatir, á pesar del resultado que estás viendo, procura á lo menos quedar vencedor; lo cual podrá suceder, si me das crédito, si confias á uno de tus caballeros el cuidado de dirimir tus querellas, y si el elegido es Rugiero. Bien sabes, como yo, que nuestro Rugiero con las armas en la mano vale tanto como Reinaldo ú Orlando ó cualquier otro caballero cristiano; pero si te empeñas en dar una batalla general, por más que el valor de ese jóven sea sobrehumano, él no será nunca más que uno solo, al paso que tus enemigos serán muchos. Mi opinion es la de que envies á decir al Rey cristiano, si así te parece, que para terminar de una vez la guerra, y con objeto de que cese el derramamiento de sangre de uno y otro ejército, le propones un combate entre el más valeroso de sus caballeros y uno de los tuyos, y que reasuman ambos en sí toda la guerra, hasta que el uno venza y el otro sucumba; pero con la condicion de que el rey del vencido haya de ser tributario del rey del vencedor. No creo que Cárlos rechace esta condicion, aun cuando conozca la ventaja. Fio tanto en el vigoroso denuedo de Rugiero que espero que salga vencedor; y como por otra parte nos asiste la razon, estoy seguro de que vencerá, aunque tuviese que pelear con el mismo Marte.»
Con estas y otras razones no menos eficaces, logró Sobrino que se adoptara su parecer, nombrándose acto contínuo los intérpretes, que pasaron en el mismo dia á llevar á Cárlos la embajada. El Emperador, que contaba con tantos guerreros intrépidos, dió por suya la victoria, y nombró para llevar á cabo aquella empresa al paladin Reinaldo, en quien, despues de Orlando, tenia mayor confianza. Uno y otro ejército acogieron con júbilo este acuerdo, pues ambos estaban ya cansados y pesarosos de una guerra que fatigaba á la vez su cuerpo y su espíritu. Cada cual se habia propuesto pasar en el reposo el resto de sus dias, y cada cual maldecia interiormente la ira y el furor que tantas riñas y contiendas habian suscitado.