—¿Hay alguno de vosotros, dijo, que quiera probar si vale más que yo, peleando á lanza ó espada, hasta que uno de los dos, firme en la silla, arroje de la suya á su adversario?
—Aceptando tu reto, contestó Aldigiero, cruzaria de buena gana la espada contigo ó romperia una lanza, si no fuera porque estamos preparados para llevar á cabo otra empresa, de la cual podrás ser testigo si te detienes un momento; y esta empresa reclama en tan alto grado nuestra atencion, que apenas nos da tiempo, no ya para luchar contigo, sino ni siquiera para dirigirte la palabra. Estamos esperando seiscientos hombres ó quizá más, con los cuales hemos de medir nuestras fuerzas, á fin de arrancar de sus manos á dos hermanos nuestros, á quienes traerán cargados de cadenas por este mismo sitio. El cariño fraternal y la compasion nos darán el valor que necesitamos.
Y prosiguió exponiendo los motivos que les hicieron venir apercibidos para el combate.
—Es tan justa la razon que alegas, respondió el guerrero, que no puedo menos de aceptarla; estando además persuadido de que sois tres caballeros cual hay pocos. Yo deseaba cambiar dos ó tres golpes con vosotros, para saber hasta donde alcanzaba vuestro esfuerzo; pero desisto de ello por parecerme suficiente que lo demostreis á costa de otros. Quisiera hacer más aun: desearia unir á los vuestros mi casco y mi broquel, seguro de probaros, si en vuestro favor lucho, que no soy indigno de tal compañía.
Me parece observar que alguno de mis lectores desea saber el nombre del recien llegado, que ofrecia á Rugiero y á sus dos compañeros participar de los peligros de tan arriesgada aventura. Aquella (ya no debo decir aquel) era Marfisa, la guerrera que obligó al mísero Zerbino á acompañar á la malvada vieja Gabrina. Los dos Claramonte y el buen Rugiero la aceptaron gustosos en su compañía, creyendo que era un caballero y no una doncella, y mucho menos una doncella cual Marfisa.
No tardó Aldigiero en descubrir y señalar á sus compañeros una bandera que ondeaba al viento, en torno de la cual caminaba una muchedumbre numerosa: cuando esta se fué aproximando y pudieron distinguir los trajes árabes de los que se acercaban, vinieron en conocimiento de que eran sarracenos: poco despues vieron en medio de ellos á los prisioneros, á quienes conducian atados sobre dos malos caballos, para entregarlos al de Maguncia á cambio de oro.
—¡Ya están ahí! exclamó Marfisa. ¿Qué esperamos para dar principio á la funcion?
Rugiero respondió:
—No han llegado aun todos los convidados, y faltan los mejores. Prepárase un magnífico baile, y debemos hacer todo cuanto esté de nuestra parte para que sea más solemne. Ya no pueden tardar mucho.