Despues de haber forjado mil distintos pensamientos, se decidió á escribir á Bradamante cuanto le ocurria, y aun cuando no sabia cómo enviarle la carta de modo que llegara á sus manos con toda seguridad, no quiso dejar de hacerlo, esperando que por el camino podria fácilmente encontrar algun mensajero fiel. Sin más tardanza, saltó del lecho y pidió papel, tinta, plumas y luz. Los cautos y discretos escuderos del castillo facilitaron á Rugiero cuanto les habia pedido, y él se puso á escribir, empezando su carta por los cumplimientos de costumbre: en seguida hizo la relacion del mensaje que habia recibido de Agramante reclamando su auxilio y asegurándole al propio tiempo que si no se apresuraba á prestárselo quedaria muerto ó en poder de los enemigos. Continuó luego haciendo ver á su amada el baldon eterno que caeria sobre él si se negaba á prestar á su rey el auxilio que le pedia en su peligro inminente, y añadió que, debiendo ser su esposo tarde ó temprano, le era forzoso preservar su honor de toda mancha, que le haria indigno de ella, modelo de virtud y lealtad. Procuró despues persuadirla de que, si habia dedicado su vida entera á adquirir un ilustre renombre por medio de sus acciones virtuosas, y si, una vez conseguido tan levantado objeto, lo tenia en mucho y anhelaba conservarlo á toda costa, ahora lo procuraba más y más á fin de hacerla partícipe de él, puesto que cuando les uniera el dulce yugo de himeneo no formarian sino una sola alma unida en dos distintos cuerpos. Reprodujo en su carta la promesa que hiciera verbalmente á Bradamante, ofreciéndole de nuevo que en cuanto finalizara el plazo durante el cual estaba obligado á servir lealmente á su rey, y dado caso de que no muriese, se convertiria á la fé cristiana tan ostensiblemente como en secreto y por su voluntad habia creido siempre en ella, y que inmediatamente pediria su mano á Reinaldo, á su padre y á sus demás parientes.

«Te suplico, añadió, que me concedas permiso para salvar al ejército de mi Señor, á fin de sellar los lábios del vulgo ignorante, que no dejaria de decir, para vergüenza y baldon mio:—«Mientras la fortuna se mostró favorable á Agramante, Rugiero no le abandonó un solo momento; pero ahora que ha pasado á favorecer á Cárlos, él se ha puesto al lado del vencedor!»—Solo te pido quince ó veinte dias de término; el tiempo necesario para presentarme en el campamento sarraceno, y poder romper el grave asedio que le oprime. Una vez libres los africanos, buscaré un pretexto justo y conveniente para volver á tu lado. A esto se reduce cuanto solicito de tí para salvar mi honor; despues te consagraré el resto de mi vida.»

Con estas ó semejantes frases fué Rugiero expresando en su carta cuantos pensamientos se agolpaban á su imaginacion, los cuales fueron tantos que no me es posible reproducirlos. Baste decir que no dió fin á su epístola sino cuando hubo escrito todo el pliego. Despues de concluida, la cerró y guardó en su pecho despues de sellarla, esperando encontrar al dia siguiente quien la entregara en secreto á su dama. Cuando tuvo cerrada la carta, cerró más tranquilo los ojos en el lecho, hasta que acudió el sueño, rociando su cuerpo con las ramas empapadas en el licor del Leteo: durmió hasta la hora en que se ven vagar esas nubecillas blancas y sonrosadas, que van esparciendo por todos los risueños límites del Oriente las más brillantes y matizadas flores.

No tardó en salir el dia de su áurea morada, y en cuanto los pájaros, ocultos en la enramada, empezaron á saludar á la nueva aurora, saltó del lecho Aldigiero, deseoso de servir de guia á Rugiero y á su primo, para conducirlos cuanto antes al sitio en que debian arrancar á sus dos hermanos del poder del infame Bertolagio. Al oirlo sus huéspedes, se levantaron tambien con la mayor presteza. Luego que estuvieron vestidos y bien armados, se puso Rugiero en marcha con los dos primos, despues de haberles rogado en vano repetidas veces que le confiaran á él solo el cuidado de aquella empresa; pero ellos, ardiendo en deseos de salvar á sus hermanos, y no pareciéndoles decoroso abandonar á Rugiero, se negaron á ello más firmes que las rocas, y no quisieron consentir en que partiese solo.

Llegaron en el mismo dia al sitio en que debian ser vendidos los dos hermanos: era una vasta llanura, abrasada por los ardientes rayos del Sol: no se descubrian en ella mirtos, laureles, cipreses, fresnos ni hayas: tan solo se veian plantas raquíticas ó alguno que otro humilde arbusto, jamás molestado por el azadon ó por el arado. Los tres audaces guerreros hicieron alto en un sendero que atravesaba la llanura y vieron venir hácia ellos un caballero, que llevaba una armadura con adornos de oro, y por enseña, en campo verde, el ave hermosa y peregrina que vive más de un siglo. Pero basta ya, Señor; que he llegado al final de este canto, y necesito descansar algunos momentos.


CANTO XXVI.

Malagigo explica á sus compañeros la significacion de las esculturas que ven en una fuente.—Llegan Mandricardo y Rodomonte y emprenden luchas parciales con unos y otros.—La Discordia vaga en torno de ellos, y les infunde nuevos deseos de pelear.—El valiente Rey de Sarza vuela en seguimiento de Doralicia, y Mandricardo tras él.

Hubo en la antigüedad mujeres dignas, que prefirieron la virtud á las riquezas: en nuestros dias, por el contrario, se encuentran muy pocas que no sobrepongan á todo el interés. ¡Cuán dignas son de alcanzar la felicidad en esta vida y una fama gloriosa é imperecedera despues de su muerte aquellas que, inspiradas por la pureza de su alma, rechazan los ejemplos de avaricia de las otras! Digna de eterno renombre fué Bradamante por no haber puesto su amor en las riquezas y poderío, sino en la virtud, en el esforzado ánimo y en la sin par gallardía de su Rugiero, mereciendo que tan valeroso jóven cifrara en ella todo su cariño é hiciera en su obsequio cosas que pasmarán á las futuras generaciones.

He dicho antes que Rugiero, acompañado de los dos vástagos de la casa de Claramonte, Aldigiero y Riciardeto, se habia puesto en marcha para rescatar á los dos hermanos prisioneros. Dije tambien que habian visto dirigirse hácia ellos á un caballero de arrogante aspecto, el cual llevaba por enseña la imágen del ave, única siempre en el mundo, que renace de sus propias cenizas. En cuanto el recien llegado conoció, por los ademanes de los tres caballeros, que estaban allí preparados para combatir, deseó probarse con ellos, á fin de conocer si su valor correspondia á su marcial apostura.