Cuantos vieron aquellos incendios, aquellos naufragios, el apresamiento de la escuadra enemiga, y las escenas de muerte y desolacion tan variadas que acontecieron en venganza de los estragos causados en nuestras ciudades, podrán formarse una idea de los destrozos y la matanza que sufrieron los míseros africanos con su rey Agramante, durante la noche oscura en que fueron atacados por Dudon.
Cuando se empeñó el combate, era ya de noche, y todo estaba rodeado de profundas tinieblas; pero en cuanto el azufre, la pez y el alquitran, lanzados en gran cantidad, comunicaron el fuego desde la proa á la popa, y las voraces llamas empezaron á abrasar y consumir las galeras y naves mal defendidas, se veian con tal claridad todos los objetos, que no parecia sino que la noche hubiese dado paso á la luz del dia. Mientras duró la oscuridad, no le inspiró gran cuidado á Agramante el enemigo, ni le creia tan fuerte que, como lograra prolongar su resistencia, no pudiera rechazarlo; pero en cuanto se disiparon las tinieblas, y vió contra lo que esperaba, que las naves contrarias eran dos veces más numerosas que las suyas, opinó de muy distinta manera. Seguido de algunos de sus guerreros, saltó á una lancha, á la que habian trasbordado á Brida-de-oro y sus objetos más preciados, y se fué deslizando con el mayor silencio por entre las naves de su flota, hasta llegar á un sitio más seguro y lejos de los suyos á quienes Dudon seguia acosando con encarnizamiento y reduciéndolos al más lamentable extremo. Mientras se escapaba el Monarca africano, causa principal de tantos desastres, el fuego, el mar y el hierro abrasaba, absorbia y exterminaba á sus infelices soldados. Sobrino acompañaba en su fuga á Agramante, que se lamentaba con aquel prudente rey de no haberle dado crédito, cuando previó con inspiracion profética y divina los males que á la sazon le abrumaban con su doloroso peso.
Pero volvamos al paladin Orlando: comprendiendo este héroe la necesidad de apoderarse de Biserta, para que no volviera á molestar con nuevas guerras á la Francia, aconsejó á Astolfo que la arrasase, antes de que que pudiera recibir auxilios; y en su consecuencia, se ordenó al ejército que lo tuviera todo dispuesto para el amanecer del tercer dia. El Duque inglés habia preparado muchos buques con este objeto, pues no quiso que toda la escuadra siguiese á Dudon, y confió su mando á Sansoneto, tan buen guerrero en el mar como en la tierra, el cual fué á anclar frente á Biserta, á una milla de la entrada del puerto. Cumpliendo cual verdaderos cristianos, que no se determinan á acometer empresa alguna sin implorar la gracia de Dios, Astolfo y Orlando dispusieron que el ejército dedicase á la oracion y al ayuno los dias que faltaban para el ataque, y que al llegar el tercero, estuviesen todos preparados para marchar á la primera señal sobre Biserta, que una vez conquistada, deberia ser entregada al pillaje y al incendio. Despues de haber cumplido con las prácticas piadosas ordenadas por sus jefes, los parientes, amigos y conocidos pasaron reunidos á disfrutar de los modestos banquetes que debian restaurar sus fuerzas, y á su conclusion se abrazaron repetidas veces derramando lágrimas y dirigiéndose las tiernas palabras de despedida que suelen usarse entre personas amadas en el momento de una separacion.
Dentro de Biserta, los sacerdotes y el afligido pueblo sarraceno hacian tambien oracion, golpeándose el pecho y llamando entre interrumpidas lágrimas á su Mahoma, que no podia escucharlos. ¡Cuántos ayunos, cuántas promesas, cuántos donativos se ofrecieron privadamente al falso profeta, y cuántos templos, altares y estátuas se le prometieron como recuerdo de aquel apurado trance! Despues de recibir la bendicion del Cadí, el pueblo tomó sus armas y volvió á guarnecer las murallas.
Descansaba aun la bella Aurora en su lecho al lado de su esposo Titon, y la oscuridad reinaba todavía por todas partes, cuando Astolfo por un lado, y Sansoneto por otro, se apercibieron para el combate, y en cuanto oyeron la señal dada por el Conde acometieron con irresistible ímpetu á Biserta. Bañaba el mar dos lados de la ciudad: los otros dos se asentaban sobre tierra firme, y estaban defendidos por elevados muros de construccion antigua y singular. Estas eran sus únicas fortificaciones; pues desde que el rey Branzardo se vió obligado á encerrarse en ella, no pudo disponer de tiempo y brazos suficientes para aumentar los medios de defensa.
Astolfo encargó al Rey de Nubia que causara en las almenas el mayor daño posible con faláricas[146], hondas y ballestas, á fin de quitar á los sitiados las ganas de asomarse á ellas, y de que pudieran circular sin dificultad ninguna los ginetes y peones que llevaban al pié de las murallas piedras, tablas, vigas y máquinas de guerra. Pasábanse de mano en mano los materiales necesarios para cegar los fosos, cuya agua se habia cuidado de cortar el dia antes, por lo cual en muchos sitios quedaba descubierto su cenagoso fondo: los soldados de Astolfo trabajaron con tal ardor, que en breve los dejaron obstruidos y llenos, y completamente nivelado el suelo hasta el mismo muro. Astolfo, Orlando y Olivero dieron entonces la señal del asalto.
Los nubios, poseidos de una febril impaciencia, arrastrados por la esperanza del saqueo, y sin hacer caso del peligro á que se exponian, arremetieron los primeros contra la ciudad, cubiertos con testudos[147], y llevando sus arietes y demás instrumentos bélicos á propósito para destruir las torres ó derribar las puertas; pero no hallaron desprevenidos á los sarracenos, que haciendo llover sobre ellos, á manera de tempestad, hierro, fuego, piedras y enormes trozos de almenas, desencajaban las tablas y las vigas de las máquinas de guerra construidas en su daño. Mientras reinó la oscuridad y durante las primeras acometidas, sufrieron dolorosas pérdidas los soldados cristianos; pero en cuanto salió el Sol de su espléndido palacio, la Fortuna volvió la espalda á los sarracenos.
El conde Orlando hizo que se renovara el asalto con más furia, tanto por mar como por tierra: Sansoneto, que habia permanecido hasta entonces en alta mar con sus buques, entró en el puerto, se acercó á la ciudad, y desde bordo molestaba al enemigo con hondas, arcos y varios tormentos, y al propio tiempo hacia desembarcar lanzas, escalas, pertrechos de guerra y marineros, que auxiliaran á los de tierra. Olivero, Orlando, Brandimarte y Astolfo combatian valerosamente en la parte de la ciudad que se extendia tierra adentro. Cada uno de ellos iba al frente de uno de los cuatro cuerpos en que habian dividido sus huestes, y llevaban á cabo las más brillantes proezas, ya en los muros, ya en las puertas ó en varias partes á la vez. De este modo se podia apreciar el valor de cada cual mucho mejor que si hubiesen estado reunidos: de este modo podian conocer los numerosos testigos de sus hazañas cuál de ellos era más digno de premio ó de alabanza.
Empujáronse hácia las murallas torres de madera construidas sobre ruedas, é hicieron que se adelantaran los elefantes, llevando otras torres sobre sus anchos lomos, las cuales llegaban á tanta altura, que excedian en elevacion á las almenas. Acudió Brandimarte, apoyó una escala contra el muro, y subiendo por ella, excitó á sus soldados á imitar su ejemplo. Los más intrépidos se lanzaron tras él, bastándoles para creerse seguros el tenerle en su compañía: nadie se tomó el cuidado de reparar si la escala era ó no bastante sólida para soportar tanto peso: en cuanto á Brandimarte, no se ocupaba más que del enemigo; llegó combatiendo hasta lo alto de la escala, y al fin logró asirse de una almena. Ayudándose con piés y manos, saltó á ella, y empezó á esgrimir en torno suyo su terrible acero, y á hendir cráneos y atravesar pechos, magullando y derribando á cuantos se le oponian, y haciendo prodigios de valor: pero en aquel momento, no pudiendo resistir la escala el enorme peso que gravitaba sobre ella, se rompió, y excepto Brandimarte, fueron á caer en el foso unos sobre otros todos cuantos subian.
A pesar de este contratiempo, ni perdió el intrépido paladin su audacia, ni pensó en retroceder, por más que se encontraba solo y siendo blanco de los sitiados. Sus compañeros le gritaban que volviese atrás, pero no quiso hacerles caso; y dando un salto desde el muro, que tendria más de treinta brazas de altura, cayó en el interior de la ciudad, sin hacerse daño alguno y como si hubiese hallado el duro terreno lleno de pluma ó paja. Acometiendo en seguida á cuantos vió en su derredor, les hizo morder el polvo, atravesándolos ó rajándolos con su acero, como se atraviesa ó corta un delgado paño. En su incansable ardor, lo mismo embestia á unos que á otros, y tanto unos como otros procuraban ponerse fuera de su alcance. Sus compañeros, que le habian visto saltar al interior de la ciudad, temieron no poder llegar bastante pronto para socorrerle. El rumor del riesgo que corria circuló en breve de boca en boca por todo el campo; la Fama, con rápido vuelo, fué difundiendo la noticia y acrecentando el peligro, y llegó sin plegar un momento sus voladoras alas á los diferentes sitios en que Orlando, el hijo de Oton y Olivero se hallaban combatiendo. Estos guerreros, y en especial el Conde, que amaban á Brandimarte y le tenian en singular estima, sabiendo que el menor retraso podria hacerles perder tan excelente compañero, se abalanzaron á las escalas; subieron á las murallas por distintos puntos á la vez, y rivalizando en audacia, se mostraron tan resueltos y animosos á la par, que su solo aspecto hizo temblar á los enemigos.