Así como en medio de una deshecha tempestad, acometen las olas á un temerario bajel, procurando entrar por la proa ó por los costados con rabia y con furor, mientras el piloto suspira, gime y pierde el valor y las fuerzas en el momento en que deberia echar mano de todos sus recursos, hasta que una ola más poderosa que las demás logra penetrar en el buque, y da libre paso á las otras, que se precipitan por donde entró aquella, así tambien, en cuanto escalaron los muros los tres paladines, abrieron tan ancho camino, que sus soldados pudieron seguirles con toda seguridad, subiendo por las mil escalas que habian fijado al pié de las murallas. Entre tanto, los macizos arietes abrian numerosas brechas con tan buen éxito, que por más de un sitio podian acudir los sitiadores en socorro del animoso Brandimarte.
Con un furor igual al que anima al altivo rey de los rios, cuando rompe sus márgenes y diques y se abre ancho paso á través de los campos ocneos, arrastrando entre sus turbias ondas los feraces surcos, las fecundas mieses, las cabañas, los rebaños, los perros y hasta los pastores, y haciendo que los peces naden sobre las copas de los olmos en donde poco antes solian revolotear los pajarillos, con un furor semejante se precipitó la impetuosa hueste cristiana por las distintas brechas de las murallas, entrando con la tea incendiaria y con el hierro á destruir la mal defendida ciudad. El asesinato, el saqueo, el incendio y todos los excesos imaginables consumaron en un momento la ruina de la rica y triunfal Biserta, de aquella ciudad reina de toda el África. El suelo estaba sembrado de cadáveres por todas partes: la sangre derramada por infinitas heridas formaba un lago más súcio y cenagoso que el que ciñe en torno la ciudad de Dite: el fuego, comunicándose de unos edificios á otros, devoraba palacios, pórticos y mezquitas: los lamentos, los alaridos y el rumor de los golpes con que cada cual se heria el pecho en su desesperacion, resonaban lúgubremente en las estancias vacías y saqueadas.
Veíase salir á los vencedores por las funestas puertas cargados de rico botin; unos con vasos preciosos, otros con riquísimas telas y otros con objetos de oro y plata dedicados desde tiempo inmemorial al servicio de las mezquitas: muchos soldados se llevaban cautivos á los niños, otros á sus madres desconsoladas; se cometieron, por fin, estupros, violaciones y otros actos de barbarie, que ni Orlando ni el Duque inglés pudieron evitar, á pesar de haber llegado á su noticia una gran parte de ellos.
El bravo Olivero dió la muerte á Bucifar, rey de los algaceres: Branzardo, reducido al último extremo y perdida ya toda esperanza, se quitó la vida por su propia mano: el duque del Leopardo hizo prisionero á Fulvo, que murió á consecuencia de las tres heridas que recibiera. Tal fué la suerte de los tres guerreros á quienes el Rey de África confió al partir la custodia de sus estados.
Entretanto Agramante habia abandonado su escuadra y huido con Sobrino: al ver desde lejos el incendio que se extendia por la costa, lloró y suspiró por su Biserta; pero cuando supo al saltar en tierra los desastres que habian acontecido en su reino, quiso suicidarse, y hubiera llevado á cabo su intento si Sobrino no lo impidiera, diciéndole:
—No podrian alcanzar tus enemigos una victoria más grata que la de saber que te habias dado la muerte, porque de este modo alimentarian la esperanza de gozar tranquilamente de sus conquistas. Tu vida impedirá semejante alegría, pues mientras existas tendrán siempre motivos de temor: harto conocen que no pueden enseñorearse por mucho tiempo del África, como no sea por muerte tuya. Al morir, privarias á tus súbditos de la esperanza, único bien que nos queda. Si vives, confio en que nos salvarás, alejando los males que pesan sobre nosotros, y restituyéndonos la tranquilidad y la alegría. Muriendo tú, estoy persuadido de que seremos esclavos del vencedor, y el África su desolada tributaria. Vive, pues, Señor, si no para tí, á lo menos para no agravar la desesperada situacion de los tuyos. Tienes la seguridad de que el Soldan de Egipto, con cuyos estados confina tu reino, te auxiliará con gente y dinero; pues nunca sufrirá que el hijo de Pepino adquiera tal predominio en África: además, tu pariente Norandino vendrá con todas sus fuerzas para devolverte lo perdido, y en cuanto llames á los turcos, armenios, persas, árabes y medos, acudirán veloces en tu socorro.
Con estas y parecidas frases procuraba el prudente anciano avivar en el corazon de su señor la esperanza de reconquistar en breve el África, por más que él mismo careciera de ella. Demasiado sabia cuánto gime y suspira en vano y cuán apurada y extrema es la situacion del que se deja arrebatar su reino y acude al auxilio de los Bárbaros para rescatarlo. Una prueba de esta verdad nos la ofrecieron Annibal y Yugurta en los tiempos antiguos[148]; y en los modernos, Luis el Moro, cautivo de otro Luis. Escarmentado con tales ejemplos vuestro hermano Alfonso (á vos me dirijo, Señor mio), ha considerado siempre como un loco al que fia en los otros más que en sí mismo; y por esta razon, cuando la cólera implacable de un pontífice irritado le declaró la guerra, supo resistir á las promesas y á las amenazas, y no quiso ceder á otros sus estados, aunque en sus escasos medios de defensa no le fuera posible extenderse demasiado, y á pesar de ver arrojados de Italia á sus defensores y dueños del reino á sus enemigos[149].
El rey Agramante habia mandado hacer rumbo hácia Levante, é iba navegando por alta mar, cuando se vió sorprendido por una violenta tempestad producida por un impetuoso viento de tierra. El piloto que gobernaba el buque exclamó:
—Veo que se prepara una tormenta tan borrascosa, que la nave no podrá resistirla. Si quereis seguir mi consejo, señores, será conveniente arribar á una isla próxima que está á la izquierda, y en la que podremos esperar á que pase el furor de la tempestad.
Consintió Agramante en ello, y se salvó de aquel peligro refugiándose en la isla, que para abrigo de los navegantes está situada entre el África y las fraguas del Vulcano[150]. No se veia habitacion alguna en toda la isla, cuyo suelo estaba cubierto de humildes mirtos y de enebros: retiro plácido y favorito de los ciervos, de los gamos, liebres y cabritos, era conocida tan solo de los pescadores, que solian tender y secar sus húmedas redes en las peladas zarzas, concediendo mientras tanto algun reposo á los pescados en el fondo del mar.