Allí encontraron otro bajel que por fortuna suya habia podido guarecerse de la tempestad: á su bordo se hallaba, procedente de Arlés, el gran guerrero que ceñia la corona de Sericania. Cuando los dos monarcas se vieron en la playa, corrieron á abrazarse con alegría y deferencia, pues ambos eran muy amigos, y poco antes habian peleado juntos ante los muros de París. Gradasso escuchó el relato de las desventuras de Agramante con verdadero disgusto, y procuró consolarle, ofreciéndose en persona á auxiliarle; pero le disuadió de ir al desleal país de Egipto en demanda de socorro.
—Pompeyo enseña á los reyes fugitivos, le dijo, si es ó no peligroso pasar á aquel país[151]; y como me has dicho que Astolfo ha venido á arrebatarte el África con la ayuda de los etíopes, súbditos del rey Senapo, que ha reducido á cenizas la capital, y que á su lado pelea Orlando, cuya cabeza estaba hasta hace poco tan exhausta de razon, se me ha ocurrido un magnífico remedio para hacerte salir de situacion tan angustiosa. Acometeré en favor tuyo la empresa de retar al Conde á combate singular; y aunque su cuerpo fuese de cobre ó de hierro, estoy seguro de que no podrá resistirme.
»Muerto el Conde, las huestes cristianas huirán ante nosotros como los corderillos ante un lobo hambriento: despues me será muy fácil obligar á los nubios á que evacuen el África; haré que los otros nubios, separados de tus enemigos por el Nilo y por la diferencia de religion, y los árabes y macrobios, ricos de oro y de gente los primeros y de caballos los segundos, los persas, los caldeos, pueblos todos á los que con otros muchos alcanza mi cetro, lleven de tal modo la guerra á la Nubia, que sus habitantes no permanecerán por mucho tiempo en sus estados.»
Parecióle muy oportuno á Agramante el segundo proyecto del rey Gradasso, y dió mil gracias á la Fortuna por haberle llevado á la isla desierta; pero no quiso consentir bajo ningun concepto que Gradasso peleara con Orlando por su causa, aunque la reconquista de Biserta fuese el premio de su victoria, pareciéndole que su aquiescencia menoscabaria su honor.
—Si se ha de desafiar á Orlando, respondió, soy yo quien debe pelear con él: pronto me verás dispuesto á retarle; despues, haga Dios lo que mejor le parezca de mí.
—Hagamos otra cosa mejor que se me ha ocurrido ahora, repuso Gradasso; luchemos los dos á la vez con Orlando y con otro cualquiera de los suyos.
—Con tal de que yo tome parte en el combate, replicó Agramante, poco me importa ser el primero ó el segundo: por lo demás, confieso que no podria encontrar en el mundo un compañero de armas mejor que tú.
—Y yo, ¿dónde me quedo? preguntó entonces Sobrino. Si os parezco demasiado viejo, tengo en cambio más experiencia, y en el peligro, es conveniente en alto grado unir la pericia á la fuerza.
Era Sobrino un anciano que, á pesar de su avanzada edad, conservaba todo su vigor y robustez, y era capaz de llevar á cabo todavía famosos hechos de armas: él mismo aseguraba que sentia circular la sangre por sus venas con igual ardor que en sus verdes y juveniles años.