Admitieron su demanda como justa, y acto contínuo se procuraron un mensajero que pasase á la costa africana á desafiar de su parte al conde Orlando, el cual deberia pasar con otros dos caballeros armados á Lampedusa, pequeña isla bañada en todo su derredor por el Mediterráneo. El mensajero navegó sin cesar haciendo fuerza de vela y remo, y llegó en breve á Biserta, donde encontró á Orlando ocupado en repartir entre sus soldados el botin y los cautivos.
El enviado desempeñó públicamente la comision que le confiaran Gradasso, Agramante y Sobrino, oyéndola con tanto júbilo el príncipe de Anglante, que le colmó de espléndidos y honoríficos regalos. Habia sabido por sus compañeros que Gradasso llevaba ceñida su excelente Durindana, y en su afan de recobrarla, tenia resuelto ir hasta la India, creyendo que el Rey de Sericania no podria estar en otra parte despues de haberse ausentado de Francia. Al recibir la noticia de que se hallaba tan cerca de él, se apresuró á aceptar el reto, esperando recobrar su espada, la hermosa trompa de Almonte y el excelente Brida-de-Oro, que, segun supo tambien, habia ido á parar á poder del hijo de Trojano.
Eligió por compañeros de aquel combate al leal Brandimarte y á su cuñado, cuyo valor habia tenido ocasion de conocer, y le constaba asimismo que ambos le amaban en extremo. Dedicóse á buscar por todas partes buenos caballos, buenas corazas, buenas mallas, y espadas y lanzas para sí y para sus compañeros; pues segun debeis saber, no contaban en África con sus armas habituales. Os he dicho muchas veces que el señor de Anglante fué arrojando por el suelo todas las suyas cuando se sintió acometido por su furor insensato, y que Rodomonte se habia apoderado de las de los otros dos caballeros, que estaban depositadas en la torre contigua al sepulcro de Isabel. En África no podian proporcionarse muchas, tanto por haberse llevado Agramante todo lo que era á propósito para combatir en Francia, como tambien porque en aquel país siempre habia pocas. Sin embargo, Orlando ordenó que se reunieran todas las que pudieran hallarse, bruñidas ó mohosas, y mientras tanto paseaba por la playa hablando con sus compañeros de la lucha futura.
Sucedió que habiéndose alejado del campamento más de tres millas, al tender la vista por el mar, vió un buque que se dirigia á toda vela hácia la costa de África. Aquel bajel se adelantaba solo, sin piloto ni marineros, y á merced del viento ó de la suerte: así es que, al llegar cerca de la costa, encalló en la arena.
Pero antes de seguir ocupándome de este asunto, el cariño que siento por Rugiero me obliga á continuar su historia, ordenándome que prosiga narrando lo que á él y al señor de Claramonte se refiere. Dejé á entrambos guerreros en el momento en que suspendian su combate, al ver rotos los convenios y los pactos y trabada la batalla entre los dos ejércitos. En seguida procuraron inquirir por medio de sus respectivos compañeros de armas quién habia sido el primero en violar sus juramentos y dado lugar á tanto daño, si el emperador Cárlos ó el rey Agramante.
En tanto, uno de los escuderos de Rugiero, jóven fiel, astuto y perspicaz, que no habia perdido de vista á su señor á pesar de lo confuso y encarnizado de la batalla, se llegó á él, presentándole su espada y su caballo, para que pudiese socorrer á los africanos. El héroe montó en su palafren, cogió la espada, y no queriendo tomar parte en la pelea, alejóse del campo de batalla, despues de ratificarse en el convenio que habia hecho con Reinaldo; esto es, de que si Agramante era realmente el perjuro, le abandonaria con su infame secta.
Durante todo aquel dia no quiso Rugiero hacer uso de sus armas: cuidóse tan solo de detener á unos y á otros, preguntándoles quién fué el primero en acometer, si su monarca ó el de los cristianos. Oyó confesar á todos que fué Agramante quien violó sus juramentos; pero como el jóven guerrero amaba á su señor, creia cometer una grave falta dejando su servicio por esta causa. He dicho antes que el ejército sarraceno fué dispersado, deshecho y precipitado desde lo alto de la voluble rueda de la Fortuna, como plugo á Aquel que hace girar el mundo. Recogido en sí mismo Rugiero, se puso á reflexionar en si deberia quedarse ó seguir á su señor: por una parte, el amor de Bradamante refrenaba sus deseos de regresar al África, y le incitaba á quedarse, amenazándole con una pena dolorosa, si no observaba estrechamente el juramento y el pacto que habia hecho con el paladin Reinaldo: por otra parte le estimulaba con no menos fuerza la consideracion de que, si abandonaba á Agramante en situacion tan crítica, podrian tacharle de vil y de cobarde, y de que si para muchos seria buena la causa de su permanencia, otros muchos la admitirian con dificultad, y no pocos dirian que no debe observarse un juramento ilícito é injusto.
Todo aquel dia, la noche siguiente y el otro dia estuvo á solas, y sin que su fatigada mente le sacara de aquella perplejidad. Por último, resolvió reunirse á Agramante, y pasar al África con este objeto. Mucho podia en él el amor conyugal; pero era mayor el imperio del deber y el honor.
Volvió á Arlés, esperando encontrar todavía la armada que le trasportara al África; pero no halló bajel alguno en el mar ni en el rio, ni vió ningun sarraceno, como no fuesen los muertos en la batalla. Agramante se llevó al partir todas sus naves mejores, é incendió en el puerto las demás. Viendo Rugiero burlada esta esperanza, dirigióse á Marsella, siguiendo el camino de la costa, y llevando el propósito de apoderarse de un buque que de grado ó por fuerza le condujera á las playas africanas. Ya habia llegado allí el hijo del danés con la armada de los bárbaros cautiva: el inmenso número de embarcaciones ancladas en el puerto y cargadas de vencedores y vencidos cubria de tal modo las aguas, que no se hubiera podido echar en ellas un grano de mijo. Dudon habia conducido á Marsella todas las naves de los paganos que pudieron escapar del fuego y del naufragio aquella terrible noche, excepto unas pocas que consiguieron huir: entre los cautivos figuraban siete reyes de diferentes países de África, que al ver destrozada la flota, se rindieron con sus siete navios, y estaban agobiados por un profundo sentimiento, mudos y llorosos.
Dudon habia saltado en tierra con el objeto de ir aquel mismo dia á presentarse al Emperador: desembarcó con toda pompa, seguido de los cautivos y del botin conquistado, de modo que su entrada en Marsella fué una marcha triunfal: despues colocó los prisioneros á lo largo de la playa, en torno de los cuales circulaban alegres los nubios vencedores, haciendo resonar el aire con el nombre glorioso de Dudon.