Rugiero, que se hallaba todavía á alguna distancia, supuso que aquella era la armada de Agramante, y para saber la verdad, clavó el acicate á su caballo; pero al llegar más cerca, conoció entre los cautivos al Rey de los nasamones, á Bambirago, Agricalte, Farurante, Rimedonte, Manilardo y Balastro, que tenian la cabeza inclinada derramando tristes lágrimas. Rugiero sentia hácia ellos un afecto sincero, y por lo mismo no pudo tolerar que estuvieran reducidos á tan miserable suerte: comprendiendo que en aquella ocasion era preciso recurrir á la fuerza, pues los ruegos serian completamente inútiles, bajó la lanza, acometió á los guardias que los custodiaban, y empezó á hacer sus proezas acostumbradas: empuñó en seguida la espada, y en un instante tendió á más de cien contrarios á sus piés. Dudon oyó los gritos, vió el estrago que en los suyos hacia Rugiero, aunque sin conocer al que lo causaba; contempló á los nubios que huian sin aliento y sobrecogidos de temor y de angustia, y requiriendo su escudo, su yelmo y su corcel, montó á caballo, empuñó la lanza y voló animoso al combate, cual convenia á un paladin de Francia. Ordenó á los suyos que se retirasen, y clavando los acicates al caballo, llegó donde estaba Rugiero, que entre tanto habia hecho otras cien víctimas y reanimado la esperanza de los cautivos: al ver á Dudon que se dirigia hácia él, solo y á caballo, mientras que los demás estaban á pié, juzgó que era el jefe de aquellas tropas, y le embistió á su vez.
Al observar Dudon, en medio de su veloz carrera, que Rugiero le acometia sin lanza, arrojó la suya, desdeñando la ventaja que le proporcionaba sobre su adversario. Rugiero, comprendiendo toda la delicadeza de aquella accion, dijo entre sí:—«Mi enemigo no puede menos de ser uno de esos guerreros esforzados á quienes se llama Paladines de Francia. Antes de pasar adelante, quiero saber su nombre, si tiene á bien decírmelo.»—Preguntóselo así, y supo que era Dudon, hijo de Ogiero el danés. Igual pregunta dirigió este á Rugiero, el cual satisfizo su curiosidad con no menor cortesía. Una vez conocidos sus nombres, se desafiaron y empezó el combate.
Dudon empuñaba la ferrada maza, que en mil empresas le habia dado eterno renombre: al esgrimirla, demostraba claramente que era digno hijo del valeroso danés. Rugiero desenvainó aquella espada que no tenia rival en el mundo para abrir cascos y corazas, y en breve hizo conocer que su valor en nada desmerecia al del paladin Dudon; pero, como tenia constantemente fija en su imaginacion la idea de ofender á su dama lo menos que le fuese posible, y le constaba que hiriendo á su contrincante, la ofenderia (pues conocedor de las casas más ilustres de Francia, sabia que la madre de Dudon era Armelina, hermana de Beatriz y tia de Bradamante), procuraba por esta razon no herirle de punta, y se limitaba á dirigirle escasísimas cuchilladas, y á defenderse de los golpes de la maza, ya parándolos, ya esquivándolos.
Turpin es de opinion de que la victoria habria quedado por Rugiero, pues á los pocos golpes le hubiera sido fácil dar muerte á Dudon; pero todas las veces que este quedó al descubierto, se contentó con herirle de plano. Rugiero podia usar tanto de plano como de filo su espada, que era bastante gruesa; y en esta ocasion la vibraba con tanta fuerza y agilidad, que deslumbrado y aturdido Dudon por el contínuo martilleo, apenas podia sostenerse en la silla.
Pero á fin de ser más agradable al que me escucha, aplazaré mi canto para otra ocasion.
CANTO XLI.
Dudon cede á Rugiero los siete reyes cautivos.—El campeon sarraceno se embarca con ellos: una deshecha tempestad echa á pique su nave.—Rugiero se salva á nado.—Un verdadero siervo de Dios le convierte al cristianismo.—Combate de Orlando, Brandimarte y Olivero con los tres reyes moros, en el que queda herido Sobrino y muertos Gradasso y Agramante.
Los perfumes que un apuesto jóven ó una hermosa doncella, á quienes el amor causa con frecuencia apasionado llanto, esparcen en sus cabellos ó en sus elegantes trajes, exhalan y desprenden en derredor sus aromáticos efluvios, y durante muchos dias conservan su fragancia, dando un testimonio claro y evidente de su excelencia primitiva. El benéfico licor que, por desgracia suya, hizo Icario probar á sus pastores[152], y en cuya busca pasaron los Alpes en otro tiempo los celtas y los boios sin sentir el cansancio[153], manifiesta que si al principio es dulce, lo es mucho más pasado un año. El árbol que no pierde sus hojas durante el rigor del invierno, demuestra que al llegar la primavera conservaba todavía su verde ramaje. La ínclita estirpe que de tan diversos modos se mostró siempre rodeada de la auréola de la hidalguía, cuyo brillo y esplendor aumenta sin cesar, atestigua y hace presumir claramente que el progenitor de la ilustre casa de Este debia brillar, como el Sol entre las estrellas, por esas obras virtuosas y laudables que remontan á los hombres hasta el Cielo.