Acostumbrado Rugiero á imprimir en todas y cada una de sus notables acciones el ostensible sello de su valor sublime y de su cortesía, y á patentizar la magnanimidad siempre creciente de su corazon, se mostró del mismo modo en su combate con Dudon, absteniéndose de emplear todo su vigoroso esfuerzo por temor de darle muerte. Dudon sospechó con verosimilitud que Rugiero no queria matarle, porque habiéndose quedado más de una vez á descubierto, y estando tan cansado que apenas podia resistir á su adversario, este renunció á hacer uso de su superioridad. Cuando se persuadió de que Rugiero respetaba su vida y procuraba no herirle, resolvió igualarle en delicadeza, ya que en fuerza y vigor era muy inferior á él.
—Por Dios, le dijo, dejemos el combate, ya que la victoria no puede ser mia. Así lo reconozco, y me confieso vencido y á merced de tu generosidad.
Rugiero le respondió:
—Tambien yo deseo la paz, pero con la condicion de que me entregues en libertad á esos siete reyes que tienes ahí encadenados.
Y le mostró los siete reyes que estaban cargados de cadenas y con la frente inclinada, segun dije antes, exigiendo que no le estorbara su regreso al África con ellos. El Paladin accedió á tal demanda, y le concedió además que eligiese el buque que fuera más de su agrado para pasar á su país. Rugiero lo hizo así; se desataron las amarras de la nave, desplegáronse las velas y se entregaron á merced del viento, que al principio impulsó con soplo favorable la hinchada lona con gran contento del piloto. Fué huyendo la costa de la vista de los navegantes, y al poco tiempo acabó por desaparecer de tal modo, que no parecia sino que el mar se habia quedado sin límites ni orillas.
Hácia la caida de la tarde dió á conocer el viento claramente su perfidia y sus malas artes: desde la popa saltó á la proa, en la que no permaneció fijo mucho tiempo, sino que fué dando vueltas en derredor del buque, y burlando los esfuerzos del piloto; pues tan pronto soplaba por delante como por detrás ó por los costados: elevábanse las olas arrogantes y amenazadoras, produciendo montañas de mugiente espuma: cada una de ellas parecia mostrarse pesarosa ó indecisa de tantas muertes como todas juntas iban á producir.
Los vientos continuaban encontrados: unos hacian avanzar la embarcacion, otros la obligaban á retroceder y otros la acometian de través, amenazándola todos con sumergirla. El piloto que dirigia la maniobra, lanzaba fuertes suspiros; pálido y turbado gritaba ó indicaba inútilmente por medio de señas que virasen ó amainasen las velas; pero de poco le servian sus señas y sus gritos, pues la lluvia y las sombras de la noche impedian que se distinguieran los más próximos objetos, y la voz iba á perderse sin dejarse escuchar por el aire, herido entonces con mayor fuerza por los gritos unánimes de los navegantes y por el fragor que producian las olas al romperse, de suerte que en la popa, en la proa ó en una y otra banda era absolutamente imposible oir las voces de mando.
El viento despedia horribles silbidos al chocar contra el aparejo: inflamaban el aire frecuentes relámpagos: en el Cielo rimbombaban truenos espantosos. Corrian los marineros aterrados, unos al timon, otros á los remos; otros se esforzaban en atar ó desatar las cuerdas, segun la necesidad, y muchos se dedicaban á extraer el agua de la embarcacion, devolviendo el mar al mar. El soplo incesante del Bóreas, cada vez más furioso, daba nuevo aliento al fragor creciente de aquella horrible tempestad: las velas azotaban á los mástiles, produciendo estridentes sonidos: las olas se elevaban cada vez más, y casi llegaban al Cielo: hiciéronse pedazos los remos, y la implacable borrasca desató su impetuoso furor hasta tal extremo, que se inclinó el buque por la proa, tocando en la superficie del mar su desarmada borda. Toda la banda derecha fué á parar debajo del agua, y el buque estuvo á punto de quedar con la quilla hácia arriba; al verse los tripulantes expuestos á caer en el profundo abismo, lanzaron gritos de terror, encomendándose al Todopoderoso. Juguetes de la Fortuna, libráronse de aquel peligro para precipitarse en otro no menos terrible; pues la nave empezó á abrirse por muchas partes, dando paso á las enemigas olas.
El impetuoso temporal no cedia en sus embates crueles y aterradores. A veces veian los navegantes que avanzaban las olas tan desmesuradamente elevadas, que parecian tocar con su espumosa cresta en los cielos: otras veces se veian ellos mismos levantados á tanta altura, que al mirar abajo creian ver los abismos infernales. Poca ó ninguna era ya su esperanza, y si acaso les quedaba alguna, se desvanecia ante el espectáculo de una muerte inevitable.
Toda la noche fueron recorriendo errantes los distintos mares adonde les arrojó el viento, que, en vez de cesar, redobló su furia al amanecer. De pronto descubrieron un pelado escollo: hicieron desesperados esfuerzos para esquivarlo, pero no les fué posible, porque el tempestuoso mar y el aquilon les echaban sobre él á pesar suyo. El piloto, pálido de espanto, apeló tres ó cuatro veces á todo su vigor para dar vuelta al timon; pero rompiéndose este, fué arrebatado por el mar. El viento hinchaba las velas con tanta fuerza, que no era posible calarlas poco ni mucho: próximos á estrellarse contra aquel fatal peñasco, no tenian ya tiempo para deliberar ni para evitar su ruina.