Conociendo que no habia remedio para la irreparable pérdida de la nave, cada cual se atuvo á su interés particular; cada cual atendió exclusivamente á salvar su vida, y todos á porfía se precipitaron en la lancha, que repentinamente cargada con el peso de tanta gente como en ella procuraba refugiarse, amenazaba zozobrar. Rugiero, que vió al cómitre, al contramaestre y al resto de la tripulacion abandonar en tropel el buque, quiso asimismo salvarse en la frágil barquilla, sin armas y en jubon como se hallaba; pero la encontró tan cargada ya, y eran tantos los fugitivos que sucesivamente la invadian, que fué hundiéndose por momentos hasta desaparecer enteramente bajo las olas, sepultando en ellas á cuantos esperaron librarse de la muerte abandonando el bajel. Entonces se oyeron angustiosos y lastimeros gritos implorando el socorro del Eterno; pero estos gritos no llegaron hasta las celestiales regiones, porque precipitándose el mar lleno de furiosa rabia, cerró de improviso toda salida á los quejidos y lamentos. La mayor parte de los náufragos quedó para siempre en el fondo del abismo; los otros pudieron salir, flotando á merced de las olas; otros sacaban la cabeza y procuraban salvarse á nado: por un lado veíanse brazos luchando con la muerte; por otro piernas desnudas.
Rugiero, despreciando el furor de la tempestad, se remontó desde el fondo á la superficie de las aguas, y vió á corta distancia el pelado escollo de que él y sus compañeros habian procurado huir inútilmente. Esperando hallar un refugio en la roca, se puso á nadar vigorosamente, despidiendo fuertes resoplidos á fin de rechazar las importunas olas que inundaban su rostro.
Mientras tanto el viento y la tempestad iban empujando la vacía embarcacion, totalmente abandonada por aquellos que, en su afan de salvarse, corrieron por desgracia suya á la muerte. ¡Cuán falaz es la esperanza humana! Salvóse la nave que debia perecer, en cuanto el piloto y los marineros la dejaron flotar sin rumbo ni gobierno. No parecia sino que el viento hubiese cambiado de opinion al ver la fuga de todos los tripulantes; pues apenas evacuaron estos el buque, hizo que siguiera mejor rumbo, sin tocar tierra y deslizándose por mares más tranquilos: mientras que bajo la direccion del piloto fué incierto su derrotero, apenas careció de ella, lo enderezó directamente al África, fué á parar cerca de Biserta, dos ó tres millas más hácia Egipto, y faltándole el viento y el agua, quedó encallado en la estéril y desierta arena.
La casualidad hizo que Orlando se paseara por aquella playa cuando varó la nave. Deseoso el Paladin de saber si venia sola, vacía ó cargada, saltó en un ligero esquife, acompañado de Brandimarte y Olivero, y los tres pasaron á su bordo. Pusiéronse á registrar la embarcacion por todas partes, y quedaron sorprendidos al no ver en ella ningun ser humano: tan solo encontraron el caballo Frontino, la armadura y la espada de Rugiero, el cual, en su precipitacion por salvarse del naufragio, no habia tenido tiempo de recoger sus armas. Orlando conoció en seguida aquella espada, llamada Balisarda, por haberle pertenecido en otro tiempo. Tengo noticia de que habeis leido la historia en que se manifiesta cómo se la arrebató á Falerina, cuando destruyó sus magníficos jardines; cómo Brunel se la robó despues al Conde, y cómo la regaló el astuto africano á Rugiero al pié del monte de Carena.
Orlando habia tenido frecuentes ocasiones de experimentar las maravillosas propiedades de aquel acero: por eso se llenó de júbilo al verle de nuevo en su poder, y dió fervorosas gracias al Eterno, persuadido (como lo manifestó despues repetidas veces) de que Dios se lo enviaba para que se sirviese de él en su próximo combate con el señor de Sericania, que á su incontrastable valor, reunia la doble ventaja de poseer á Bayardo y Durindana. En cuanto á la armadura, como ignoraba su procedencia, no le pareció una cosa tan sublime como se lo parecia al que acostumbraba á resguardarse con ella; y aun cuando la creyó buena, admiró mucho más su adorno y su riqueza. Siendo su cuerpo invulnerable, poca falta le hacian las armas defensivas: así es que cedió todas aquellas á Olivero, menos la espada, que tuvo buen cuidado de ceñirse: Brandimarte se quedó con el corcel. De esta suerte, quiso el Conde que se repartieran entre los tres compañeros de armas los objetos hallados en el buque.
Deseando todos ellos presentarse el dia de la batalla con magnificencia, procuraron engalanarse con trajes nuevos y ricos. Orlando hizo bordar en su divisa la torre de Babel destruida por el rayo. Olivero quiso ostentar un perro de plata echado, con la trailla sobre el lomo, y estas palabras: Hasta que venga: quiso además que la veste fuese de oro y digna en un todo de él. Brandimarte determinó vestir una sobrevesta oscura y triste, en señal de luto por la muerte de su padre, y tambien por su propia dignidad. Flor-de-lis se esforzó cuanto pudo en hacerla más bella y airosa, añadiéndole en derredor una franja de paño sencillo entretejida de piedras preciosas, que resaltaban sobre el color oscuro del ropaje.
La tierna amante hizo por su mano aquella sobrevesta, digna de armadura más lujosa, que el caballero debia vestir sobre su coraza, é hizo tambien la gualdrapa que habia de cubrir la grupa, el pecho y las crines del caballo. Pero desde el dia en que empezó aquel trabajo hasta el en que le terminó sin interrupcion y aun mucho despues, desapareció de su rostro la alegría. Oprimia su corazon el temor, el continuado tormento de que su Brandimarte fuese arrebatado á su cariño. Más de cien veces le habia visto arrostrar los peligros de las batallas, y sin embargo, nunca sintió el temor que entonces le helaba la sangre y marchitaba los hermosos colores de su rostro. Esta zozobra, desconocida para ella, redoblaba la angustia de su corazon.
Cuando los tres caballeros tuvieron listas sus armas y sus arneses, se hicieron á la mar, dejando á Astolfo y Sansoneto encargados del ejército y de la prosecucion de la conquista. Flor-de-lis, entregada á la desesperacion y dirigiendo al Cielo sus querellas, fué siguiendo con la vista el bajel hasta que desapareció en el horizonte. Astolfo y Sansoneto no pudieron arrancarla de la playa sino á costa de mucho trabajo, y la acompañaron al palacio, dejándola tendida en su lecho temblorosa y desconsolada.
Mientras tanto una aura favorable impulsaba el bajel á cuyo bordo iban los tres escogidos caballeros, que tardaron poco en llegar á la isla en donde debia tener efecto el combate. El caballero de Anglante, su cuñado Olivero y Brandimarte saltaron en tierra, y levantaron su tienda hácia el lado oriental de la isla. Agramante llegó el mismo dia y acampó en el lado contrario; pero como se acercaba la noche, aplazaron la lucha para la siguiente aurora. Por una y otra parte se apostaron centinelas armados que custodiaron las tiendas hasta el nuevo dia.
Durante la noche pasó Brandimarte, con permiso de Orlando, al alojamiento de los sarracenos, con objeto de hablar al Rey de África, de quien habia sido amigo, y bajo cuyas banderas pasó en otro tiempo á Francia. Despues de haberse cambiado recíprocos saludos y muestras de deferencia, procuró el leal caballero, con amistosas razones, disuadir al Rey pagano del proyectado combate, prometiéndole en nombre de Orlando que se le restituirian todas las ciudades situadas entre el Nilo y las columnas de Hércules, con tal que creyese en el Hijo de Maria.